viernes, 28 de septiembre de 2007

james tate: profanador de tumbas




Querido lector

Estoy intentando forzar tu ataúd
con este ardiente montón de nieve.

Resignaré mi sueño por ti.
Esta helada nevisca sigue cayendo
y apenas puedo ver.

Si el truco funciona, podremos frotar nuestras manos, tal vez

hacer un pequeño fuego con nuestros documentos.
No lo sé, pero sigo trabajando, trabajando

a medias odiándote,
a medias devorado por la luna.






De The Oblivion ha-ha (1970). Recogida en James Tate. Selected poems, Wesleyan University press. University press of New England, Hanover and London.

otros blogs (II): los días del tipo

"Tranquilo el tipo"

Pintado en negro sobre fondo amarillo, en la parte de atrás de un carro de cartonero. Se pudo leer en las inmediaciones del Parque San Martín de La Plata.

jueves, 27 de septiembre de 2007

Las conquistas de Valentino VI: El viaje del héroe


Viene de acá.

La noche en que comencé la persecución llovía y tronaba como si se tratara del Apocalipsis. Para darme valor, me puse tres vasos de la sangre de Cristo entre el pecho y la espalda, me abrigué con la tricota que me había tejido la buena de Zulma – antes de perder la mano izquierda en un confuso episodio acaecido en un canil de dogos-, calcé el impermeable amarillo de ir a Mar Chiquita, y me lancé a la calle con una resolución que casi había olvidado, entre cirios y coronas de espino.
Caminé hacia las afueras de la ciudad, guiado por una intuición inexplicable, y por el aroma salobre del puerto. Llegué, después de andar durante un par de horas, hasta un barrio de callejuelas estrechas y casas de chapa pintadas a mano. El aguacero no me permitía ver a más de tres metros, pero distinguí una luz amarillenta y el murmullo de una musiquita zumbona que atrajeron mi marcha como si no hubiese tenido otro destino.
Abrí la puerta del antro y los agudos de la cumbia entraron por mis oídos, electrificándome el cuerpo. El lugar estaba en penumbras, y dos o tres luces blancas caían sobre la escasa ropa de las señoritas, que constituían así enigmáticos bultos parcialmente iluminados. Caminaban cansinamente entre la barra y las mesas.
Bajo mis pies se había comenzado a formar un charco, llovido desde el impermeable. Tenía los zapatos mojados, y los dedos fríos. Desde el extremo de la barra, aún sin distinguir sus rasgos, me di cuenta de que una de las señoritas había acusado mi entrada. Se incorporó y caminó hacia mí, balanceándose como una leona veterana. Me quedé inmóvil, como un cervatillo desgraciado. Llegó hasta donde yo estaba y estiró su mano de uñas postizas para recorrer con ellas el costado de mi cuello. Una media sonrisa perversa, de evidente inspiración diabólica, prometía lacerantes placeres que distaban, sin embargo, de resultarme tentadores: una sola cosa tenía yo en mente.
- Busco a Aura, dije, sorprendido de mi propia determinación. Mis palabras se articularon solas, como si fueran conscientes, en su autonomía, de que aquella mujer conocía a Aura, y podría informarme de su paradero.
Ya estaba ella levantando sus hombros y una ceja, en inconfundible gesto de “quién es Aura”, cuando un manotazo la corrió de mi campo visual y, precedido de una indiscreta exclamación (“¡Padre!”), hizo su aparición el dueño de la brusca mano. Conocía yo bien su cara, pero más conocía su fétido aliento: ante mis ojos, brazos en cruz y gesto campechano, Arturo me ofrecía su abrazo, evidentemente afectado por una excesiva ingesta de Baileys.

jueves, 13 de septiembre de 2007

Las conquistas de Valentino V: Pequod

Viene de acá.


- ¿Cuál es tu nombre, hija mía?
- Aura
Aura. Mi dulce Aura. Mi enigmática, resplandeciente Aura. Luz cegadora que irrumpió, extrañamente etérea, en las sombras de mi cavernosa soledad. Hermosa gorda mía. Quise acariciarla en el instante, sin mayor espera. Creí entender que sus ojos me animaban a hacerlo, y latieron mis dedos en arrebatado impulso. Pero me contuve: mis deslices habían buscado hasta entonces contextos alejados de la parroquia.
La penumbra y el aroma del barniz, dentro ya del confesionario, llevaron paz a mi espíritu. Todavía era posible.
- Ave María purísima...
Breve calidez de tu aliento, Aura hermosa.
- Sin pecado concebida.
- Confieso que he pecado, Padre.
Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra... gorda pía, el pecado en tu boca es el cáliz de mis venas henchidas. – Te escucho, hija.
- No sé cómo...
No te calles ahora, manzana del demonio, ahora que veo tras el dibujo de esta madera inoportuna tu blanca piel temblando, agitándose, exudando el perfume dulce de la presa acechada.
– Como puedas, hija, no temas.
- He deseado...
Habla, perra, habla de una buena vez, rasga tus vestiduras de rodillas a los pies de mi poderosa y palpitante cruz, clava mis manos al madero y lanza dentelladas a mi anhelante costado, animal de boca sangrante y almibarado vientre.
– En cierto modo, hija mía, todos....
- No como todos, Padre, he deseado... en exceso...
No, no, no, no. Sé lo que viene. Conozco la tensión de la frente, los rojos labios contraídos. No es el momento, no respires tan profundo. No todavía, no aquí dentro. No llores, aún, mi arpón no llega tan lejos.
– Hija...
- Discúlpeme, Padre.
La entera estructura de madera se conmovió cuando Aura, la blanca Aura, se puso de pie y, sin darme tiempo a reaccionar, salió atropelladamente del confesionario. Sus pasos cortos pero veloces atravesaron la capilla antes de que terminara yo de incorporarme, e intentara detenerla. “Hija mía”, la llamé. “Aura”, casi en un grito. Sólo su estela quedaba.
Tuve que sostenerme en uno de los bancos y, tambaleante, casi ebrio, me derrumbé sobre mis rodillas, cerrando los ojos y buscando entender. Por qué. Qué sentido tenía la angélica presencia de Aura en mi parroquia, si iba a desaparecer tan misteriosamente como había llegado. Era evidente que allí había una misión. Si ella no venía a mi Pequod, tendría yo que salir a cazarla.

miércoles, 12 de septiembre de 2007

superposiciones


¿Es Deprisa, deprisa de Carlos Saura la Pizza, birra, faso del cine español postfranquista?

lunes, 10 de septiembre de 2007

las hormas del éxito


Son singulares, a veces, las hormas del éxito. Como los zapatos, cada hombre calza la suya.
Conocí una vez a un hombre feliz. Era feliz porque, según su horma, era exitoso. Diría que era escritor, pero en rigor no vivía de eso. Digo, entonces, que le gustaba escribir. Escribía. Alguna vez leí sus textos, y admito que no los entendí. No sé si eran buenos o malos, si lindos o feos; eran largos y, sobretodo, densos... pesados. Eso era, para él, lo importante: el sentido era un detalle, pero los textos debían ser pesados.Llegó, exaltado, un día a mi casa. "¡Soy un genio!", gritaba sin vergüenza; "¡soy un genio!". Entendí el motivo de su alegría cuando, con el rostro del triunfo irrefutable, dejó caer sobre mi mesa su último cuento, de diez kilos.

Las conquistas de Valentino IV: Segunda tentación.

Viene de acá.


En los domingos sucesivos, no volví a ver a aquella mujer por la parroquia. Los sábados por la noche dormía intranquilo, y buscaba la calma tratando de prever mis movimientos del día siguiente: si la gorda me mira, finjo serenidad; si me habla, le pregunto su nombre y le doy, naturalmente, la bienvenida a nuestra pequeña familia; si me toca, la arrastro hacia un rincón oscuro y la poseo con vehemencia, sin mayor solemnidad. Llegado a este punto volvía a sentirme inquieto, pero pensaba luego en lo improbable de un contacto en la primera aproximación; ya habría tiempo para eso. Aún así, la gorda no apareció durante varias semanas.
Llegué yo a retomar el control sobre lo que sucedía en la misa, y al poco tiempo las miradas de Nélida volvieron a tener el candor y la reverencia que habían perdido después del, para ella, extraño episodio. Nunca se animó a mencionarlo, sin embargo, y se limitaba a mostrarse esquiva y esconder los ojos durante nuestras cortas reuniones para decidir qué pasajes de la Biblia leería.
Habrán pasado cuatro o cinco semanas hasta que la obesa mujer volvió a derrumbar mi trabajosa tranquilidad.
Había terminado ya el oficio, y quedé durante un rato conversando con el pobre Arturo, que acostumbraba a agradecerme “mis luminosas oraciones” al final de cada misa. Recibí, como siempre, sus cumplidos con una prudente distancia; no tanto por temor a lo engañoso de sus empalagosas palabras, como por la repugnancia que su aliento, de productos lácteos mal procesados, me provocaba. Era un buen hombre, con un deficiente sistema digestivo.
Se había ido, por fin, y me ocupaba yo de recoger mi cuaderno y otras cosas para llevarlas al cuartito del fondo, cuando una voz cristalina, mágica, me hizo girar rápidamente. Ahí estaba ella, más blanca aún que la primera vez, apenas a dos metros de mí, ahora, y tomando entre sus rechonchas manos un minúsculo bolso de cuero, tan ridículo, en contraste con ella, que resultaba candoroso. “Padre”, me había dicho, y había quedado esa palabra flotando en las ondas de mi cerebro aturdido, imposibilitado yo de mirar otra cosa que no fuera su boca de labios carnosos, rojos como el fuego que sentía en las entrañas. “Padre”, repitió, mirándome ahora de frente. “Quiero confesarme”.

viernes, 7 de septiembre de 2007

Las conquistas de Valentino III: El libro de Job

Viene de acá.


Aquel día terminé el oficio temblando.
Cuando se acercó Nélida a la tarima, con su pequeña Biblia encuadernada, me aparté yo torpemente, golpeando con el antebrazo el pie del micrófono y enredándome luego con el cable. Cada movimiento para salir del embrollo me llevaba a una nueva complicación, y terminé tirando el micrófono al piso. Al agacharme para recogerlo golpeé con mi frente el atril, que comenzó a tambalearse y se habría caído de no ser por Nélida, cuya pequeña pero firme mano estabilizó primero la estructura, y se tendió luego hacia mí, auxiliando mi incorporación.
Sin levantar la vista, pero sabiéndome observado, fui hasta donde estaban preparados el cáliz y las hostias, y permanecí apoyado allí, de espaldas al salón, mientras escuchaba la aguda voz de Nélida, leyendo el pasaje seleccionado del libro de Job.
“Llegome calladamente un hablar; mis orejas percibieron sólo un murmullo...”, había comenzado la piadosa, la servicial, la esperpéntica Nélida. Agitado, sentía yo sobre mi nuca la mirada de aquella nueva gorda. ¿Quién es?, me preguntaba. ¿Qué hace aquí? ¿Por qué no deja de mirarme? Un calor sofocante me inundaba el cuerpo y me obligaba a secar con el pañuelo la frente y el labio superior. No era vergüenza por mi evidente torpeza. Era otro calor; ya lo conocía.
“¿Podrá el hombre presentarse como justo ante Dios?”, continuaba la perra de Nélida. “¿Será puro el varón ante su Hacedor?”.
- Suficiente, alcancé a murmurar mientras le arrebataba el libro de las manos, cerrándolo enérgicamente. La mujercita me miraba sin comprender: apenas había leído dos párrafos, con lo que a ella le gustaba sufrir.
- Levantarse, dije, subrayando la orden con una mano mientras con la otra desplazaba a Nélida, que se resistía a abandonar la tarima. Noté la confusión entre la concurrencia, que sin embargo me obedeció sin chistar. Dije apuradamente todo aquello de las alabanzas y los agradecimientos, un par de amenes y los mandé a sus casas, a vivir la vida.
Quería estar solo. Necesitaba el húmedo silencio de mi pequeña parroquia. Escuché sin ver el movimiento de bancos y los pesados tacones de domingo sobre las baldosas. Resistí, haciendo fuerza para no mirar. Dejé pasar un rato. Cuando, finalmente, pude girarme y alzar la vista hacia el salón, no quedaba nadie. Ni rastro de la blanca gorda.

jueves, 6 de septiembre de 2007

Las conquistas de Valentino II: Aquella gorda

Viene de acá.



A la mujer que cambió todo la vi por primera vez en la iglesia. Llegó tarde al oficio de aquel domingo, y se acomodó ruidosamente en la anteúltima fila de bancos. Jessica y Doris tuvieron que ponerse de pie para permitirle el paso, porque la inmensidad de aquella mujer ocupaba la totalidad del estrecho pasillo.
Su llegada no había pasado desapercibida, y todos en el salón se dieron vuelta para verla. No la conocíamos; nunca se había mostrado entre la feligresía.
Yo quedé inmediatamente prendado. Su entrada, en mitad de una frase del sermón, me ganó por completo. No pude ver, oir o pensar en otra cosa.
Un vestido blanco cubría livianamente una piel no menos blanca. Los hombros, redondeados, se mostraban sin vergüenza sobrepasando los delgados breteles, y hacia abajo nacían dos brazos rollizos, que se descolgaban en pliegues hasta hundirse, a la altura del codo, como si estuviese la piel cosida por un botón invisible. Bajo un delicado escote de encaje, el pecho enorme, descomunal, glorioso. Era deliciosa; una campana sagrada en la más hermosa de las catedrales.
Tomó finalmente asiento, ocupando medio banco. Jessica y Doris no atinaban a sentarse, debiendo ahora entrar las dos en el espacio que antes había ocupado sólo una.
La blanca mujer, como si no se hubiera percatado de su posición en aquella escena, alzó un mentón redondo y pequeño, como una magdalena, y me miró directamente a los ojos. Súbitamente, volviendo al motivo que allí nos convocaba, sorprendidos tal vez por el silencio que, de golpe, se volvió pesado, evidente, todos los presentes se giraron hacia el púlpito y me miraron, expectantes. Al fin y al cabo, yo era el capitán de aquel barco, el faro en la noche cerrada de sus conciencias, el buen pastor de aquel manso rebaño.

miércoles, 5 de septiembre de 2007

otros blogs (I): vida de RARB

"Cojí una bolita de 10
de cara es refea en la cama es una máquina
hace poco me cojí una rubia
no merecía pagar un helado por ella
Divina pero coje un desastre
Bueno chicos
los dejo me bajo en Alpargatas

RARB 2006

Cojan a full
a pleno"

Escrito en el respaldo de un asiento, en un micro de la línea Plaza.
Yendo de La Plata a Buenos Aires (5 de septiembre de 2007).

Nota: la inscripción iba acompañada de un dibujo que por cuestiones técnicas no se reproduce aquí.

nocturna

Hay historias que se cuentan por la noche. Que nacen del negro; del insomnio. Son historias de personas solas, y en algún momento hay un disparo. Siempre, o casi siempre.
Será que la noche magnifica, que el sueño agrava. Lo cierto es que la piel de los personajes de estas historias suele estar cubierta de una capa de sudor. Y se pega la liviana tela de la camisa al cuerpo. Y tal vez haya el humo de un cigarrillo, claro.
No hay luz, hay claridad, penumbra. Hay persianas americanas que tarde o temprano serán estrujadas por una mano que cae. Quizás después de todo, cuando esté por terminar.
Antes hay una espera. Una espera consciente. No es lo mismo morir cuando se sabe que es inevitable. Cuando se sabe cuándo. No es lo mismo morir si hay, por ejemplo, una cuenta regresiva. La cadencia del tiempo es otra.
Hay, entonces, un cuarto con persianas americanas. Por algún motivo, tiene que ser un cuarto de hotel – seguramente porque los hoteles tienen sábanas blancas, y heladeritas con refrescos y chocolates: ilusiones de una vida distinta que podría haber sido, o hasta podría llegar a ser, si ahora no estuviera tan cerca el final.
Pensemos, pues, en una habitación par, de un hotel de diez pisos. Alto, pero no tanto como para no distinguir que ahí están, que ya llegaron, que bajan – todos menos uno- del auto, y silenciosos e implacables caminan hasta desaparecer por la entrada. Lo suficientemente alto, sí, para apurar el cigarrillo, mientras se escucha cómo el ascensor se pone en marcha y comienza a subir lenta, fríamente. Bastante alto, para tener tiempo de acercarse una vez más a la cama revuelta, y volver a mirar esas fotos, tiradas en desorden.
Las puertas del ascensor se deslizan, y los pasos se acercan, apagados, sobre la alfombra roja del pasillo. Como en una coreografía repetida, dos de ellos se colocan junto a la puerta y el tercero la abre con una patada. Como en una coreografía repetida, el revolver apunta hacia la ventana y hace fuego. Es el momento de la mano aferrando la cortina, y luego un charco de sangre que se expande.
De nuevo los pasos apagados. De nuevo las puertas del ascensor. De nuevo diez pisos: lo necesario para una última pitada aquí, en la habitación impar, sabiendo que al lado alguien ha muerto, en el final de una de esas historias que se cuentan por la noche.

martes, 4 de septiembre de 2007

Las conquistas de Valentino I: Gordas

Viene de acá.


Me gustan las gordas. No digo pulposas, o rellenitas, digo gordas. Arriba de cien kilos. Gordas, gordas.
Me gusta sentirme chiquito entre sus brazos, perderme a los pies de una montaña, asfixiarme bajo el peso de una mole galopante. Que cada salto de la muchacha me sacuda todos los huesos, me estire las coyunturas, amenace con soltarme los tendones y hacer de mí una marioneta sin uso. Me gusta, al fin y al cabo, salir ileso.
Pero mi predilección por las gordas no es sólo física – no especialmente- : encuentro un placer inmenso, cercano a la locura, en verlas llorar.
Cuando una mujer de ciento veintitrés kilos, embutida en un vestido de lycra, imagino, de un fucsia encendido, comienza a arrugar los labios y las cejas, y a emitir un particular silbidito pectoral, agudo, casi imperceptible, sé que se aproxima un momento sublime. Pronto una lágrima corre por los cachetes rozagantes, sortea las combadas comisuras de payaso triste, y se descuelga desde la curva de la primera papada hacia el oscuro, infinito canal que se forma entre los pechos enormes.
Cuando eso sucede, cuando la primera lágrima ha terminado su recorrido, las que vienen detrás son incontenibles, y sé entonces que esa mujer es mía. Que podré, si es mi deseo, decirle unas palabras de consuelo – tal vez tocarla con un dedo-, y recomponer un mundo que ella creerá igual al que segundos antes parecía perdido, pero del que ahora seré el centro, el único sostén. Después de eso, seré libre para irme cuando quiera. Porque abandonar gordas, deben saberlo, me causa tanto placer como conquistarlas.

domingo, 2 de septiembre de 2007

cosa de mujeres




A través del blog de Funes, llego a una nota de Fogwill sobre ciertos conceptos alrededor de la actividad de leer.
Dice en uno de los pasajes: "El siglo XIX, del cual es tributario el mito de la cultura letrada, concibe la lectura tal como la representa el afiche de Grasset: una actividad nocturna, burguesa, urbana, doméstica, pasiva y femenina..." .
La mención de Fogwill me recuerda un breve diálogo con un amigo, que me llamó la atención entonces, y ahora entiendo por qué. Hablábamos sobre las reseñas que recién comenzaba yo a escribir para un suplemento cultural.
- Te gusta leer novelas, ¿no?, me preguntó.
- Sí, me gusta.
- Yo nunca les di mucha bola, siempre me parecieron cosa de mujeres.
Desde luego, su intención no era ofenderme.

sábado, 1 de septiembre de 2007

el azar y la escritura (II)


En una entrada anterior de este blog, se hablaba de la habilidad de ciertos autores para introducir el (aparente) azar en la escritura. En un comentario a esa entrada aparecía Jim Jarmusch mencionado como uno de ellos.
Para profundizar en el asunto, pueden leer esta nota de Paul Auster, revelando un costado poco conocido de Jarmusch.
"Aunque sus diálogos tienen una cualidad espontánea e improvisada (a la manera de la escuela de los poetas de Nueva York), de hecho están elaboradamente escritos, con gran sensibilidad a los matices de la oralidad, obra de un verdadero escritor", dice Auster.
La cursiva es mía, pero la presto.