sábado, 10 de mayo de 2008

paradise


Por la tarde, Sal me cuenta sus historias.

Me cuenta a mí. Habla conmigo, aunque por momentos entorne los ojos y viaje hacia imágenes de Dean, de Dénver, de la temerosa Rita.

Un rato así, por la tarde.

Por la noche me encuentro de repente trabajando en un bar. Lavo vasos, tazas; trapeo el piso. Una señora que salió con su hija me mira con insistencia mientras le sirvo cerveza. Me dice chistes que no tienen gracia. Amablemente, sonrío.
Luego pensaré en enormes carteles de neón que ya no existen. En ambientes de humo y madera pegoteada; borrachines dormitando en una barra, y así. Todos estereotipos. Durante un rato juego a sentirme como Sal, o como otro Sal.
Después, con menos épica y algo de terror - lo admito- casi puedo escuchar a Phil diciendo: "Sam, también los hay aquí". Y se rompe el encanto.

miércoles, 7 de mayo de 2008

papel


Si yo escribiese ahora sobre la gata que descansa en el techo del lavadero, si escribiera sobre su actitud contemplativa, o su desdén imperturbable - a unos centímetros de la chimenea de chapa-, los ojos que leyesen esa imagen dentro de un tiempo probablemente construirían en el vacío un lavadero más alto, o un patio más amplio, o una gata menos entrada en carnes...

El caso es que, con seguridad, la escena no tendría el espesor cotidiano, pequeño, tangible que ahora le encuentro. El desperezo del animal, o su inclinación curiosa hacia el ruido de agua en la pileta, serían fríos, distantes. Literarios.

No podría dejar de ser, condenada, una gata de papel.