domingo, 26 de octubre de 2008

Las conquistas de Valentino X: la cacería.

Este breve capítulo está dedicado a Leo, que persevera más allá de la prudencia.

Viene de acá. Toda la serie (excesiva, sin dudas) acá.




Cerré los ojos. Me sentí intrépido, y un extraño orgullo llenó mi pecho. Me concentré en el aire salobre. Estaba renaciendo. Los maderos crujían con los golpes del casco sobre el mar. Un silencio de tumba pesaba en la embarcación. Los semblantes de mis hombres - porque estaban ahí, lo juro- permanecían tensos y temibles. Manos recias sosteniendo cabos. Miradas oscuras siguiendo una estela. Paladas profundas, mecánicas.
- ¡Remad, hijos del Diablo!, tuve ganas de gritar. Grité.
El taxista me miró desde el espejo retrovisor. A dos coches de distancia, el taxi de Aura avanzaba a toda velocidad. Mi timonel no le perdía el paso.
Desde mi posición podía distinguir los hombros y la nuca de mi blanca gorda. Imaginaba los dedos redondos entrelazados sobre su regazo. Adivinaba sus mejillas bañadas por las lágrimas.
No escaparía esta vez. Ya había estado en el infierno, y ahora, ante la nueva oportunidad, me sentía fuerte. Invencible.
Nos acercábamos a la presa. Ya estaba casi a tiro.
- Bien hecho, muchacho - murmuré-, bien hecho.
- Son seis con cincuenta, maestro.
Había frenado. Miré adelante y alcancé a ver el vestido de Aura bajando de su taxi y sumergiéndose en las oscuras profundidades del oceano. Vi, entonces, dónde estábamos. No pude reprimir una sonrisa.
Pagué y bajé del auto. Acomodé mis ropas. Respiré profundo y me encaminé con paso seguro hacia el interior de mi pequeña parroquia.

lunes, 20 de octubre de 2008

dialoguitos transpirados (I)


En el gimnasio, un muchacho tirando a fornido le da consejos a otro, evidentemente novato.
- Sí, pero vos tenés cuerpo - responde el principiante, largando las palabras como si las llorara-; yo no tengo cuerpo, y tengo panza.
"Cerrá el ombligo", daban ganas de decirle.

jueves, 2 de octubre de 2008

las vidas de los otros


La mujer relata al hombre de traje el problema con su marido. Estuvo en un psiquiátrico y se escapó. No quisieron aceptarlo de vuelta, y desde entonces no sabe qué hacer con él.
El hombre de traje asiente. Sostiene una carpeta por la que asoman algunos papeles. Al principio pienso que es un abogado, a quien la mujer consulta para presentar alguna demanda. Pero al poco tiempo una chica sale del ascensor y se acerca a donde la mujer y el hombre hablan.
- Ella es la hija- dice la mujer-. El es el doctor, el psiquiatra.
Se dan la mano. La chica se queda parada un momento, mirando el piso. Titubea y después desaparece por el pasillo.
- Bueno, ahora ya tengo la orden judicial, pero igual tengo miedo de que, cuando él esté mejor físicamente, no lo quieran aceptar en el hospital.
El hombre asiente, y dice algo que no llego a oir. Parece tranquilizar a la mujer.
Una enfermera me hace señas desde lejos. El piso ya está seco. Vuelvo a la habitación. En la camilla, la respiración continúa, profunda.
En la calle, cuatro pisos abajo, se amontonan los autos en doble fila, suenan bocinas, los conductores frenan y luego vuelven a avanzar. Peatones cruzan en mitad de la cuadra, caminan por la calzada, entran y salen del edificio. Nadie levanta la cabeza. Nadie mira hacia la habitación contigua desde la que, estoy seguro, la chica observa las vidas de los otros.

ánimos

El cinismo pertenece a un estadío avanzado de la desilusión.