lunes, 27 de abril de 2009

chistar

Chistar no es fácil. Hagan la prueba. Parece fácil... pero no. Y mucho menos si se quieren hacer filigranas, qué sé yo, pequeños lujitos. Para rizar el rizo, como quien dice.
Yo, por ejemplo, últimamente ando chistando en otras notas, y la cosa no camina: chisto y chisto en do mayor -pongalé- y no hay nadie que se ría.

domingo, 19 de abril de 2009

el señor rouse quiere vivir en un pueblo tranquilo

Yo buscaba otra cosa... bah, no empecé buscando lo que de hecho apareció: buscaba una música, un cantante, un clima. Encontré todo, no fue difícil. Pero había más, y aún mejor... Todo eso ocurriendo en mi pueblo.

sábado, 18 de abril de 2009

catarsis IV: ojos

Hay dos ojos. Dos ojos de los que uno no puede apartarse. Levanto una mano: los ojos observan, impasibles. Flexiono las rodillas: los ojos me siguen, implacables. Salto como un chimpancé: ahí están, juzgando.

Dos ojos. Como los de las estatuas que abren los párpados y congelan, y matan. Como los de la cobra que sisea, enrollada sobre su propia cola. Como los de. Dos ojos.

De repente pienso: pero…, y si…, a lo mejor soy yo… Y al momento son eso: dos ojos.

domingo, 12 de abril de 2009

catarsis III: ciudades

Son casi las seis de la mañana. A lo lejos suena la bocina de un tren. Es apenas diferente al resto de los sonidos de la noche: una exhalación; como el quejido de un viejo moribundo.

Toda ciudad debe tener un tren que suene a lo lejos, más allá de oscuridades y vahos, cruzando calles y avenidas desiertas. Le recuerda a uno dónde está la estación, dónde la salida. Permanecer, entonces, quedarse, puede ser una elección, y no una circunstancia o una fatalidad.

Algunos diálogos, ciertas conversaciones, son a veces comparables con pequeñas ciudades. Tienen una estructura, una arquitectura propias. Tienen anchas avenidas por las que circulan los grandes conceptos, las ideas contundentes, y callejuelas adoquinadas, que se abren perpendiculares, y en las que hay que moverse más despacio. Aquí puede uno perderse, si es medio forastero… Pero imaginemos el caso de un hombre –un hombre solo, de mediana edad, sin señas particulares destacables- que por algún motivo debe quedarse en la ciudad. Quiere irse, pero no puede. Una condena, por ejemplo. El tipo tiene que recorrer la ciudad eternamente, buscando la forma de salir. Supongamos que es siempre de noche. Supongamos que es la única persona del lugar.

Caminaría, el hombre, cada calle, cada avenida, sin descanso. Al principio, seguramente, con cierta ansiedad, casi desesperación. Y nada. Después con un plan, en el que persistiría un tiempo… y nada. Finalmente, no le quedaría más remedio que tomarlo con calma: optaría por las callejuelas y sus adoquines. Descubriría allí un mundo, un universo de infinitos matices. Olvidaría momentáneamente su objetivo original, y se entretendría en la textura pequeña de la pequeña ciudad. Entraría en las casas deshabitadas -¿abandonadas?, ¿sencillamente vacías?-, hurgaría en los muebles, robaría alimentos, se probaría zapatos de otros. Así durante semanas, meses, hasta conocerlo todo. Hasta aburrirse. Recordaría entonces que alguna vez quiso salir, y se lanzaría a las calles con renovada energía.

Imaginemos que oye, entonces, la lejana bocina de un tren. Recuerda la estación en la que alguna vez estuvo, y corre hacia allí. Tropieza con los adoquines irregulares, se cae, se levanta, corre. Salta tapias, charcos, veredas, con los zapatos de otro. Corre. Un poco más cerca, la bocina del tren. Dobla esquinas, cruza avenidas, bulevares, plazas. Corre hacia la estación, que ya puede ver, casi cerca, cuando vuelve a escuchar la bocina del tren. La tercera. La vencida. El tren se va. Lo ve irse, inalcanzable. Ultimo.

Se derrumba y llora. Se desploma en la solitaria estación y solloza como un chico. Está así un día, o dos. Finalmente se levanta y, con paso cansino, vuelve hacia la pequeña ciudad. Se pierde, caminando resignado, por sus laberínticas calles. Regresa, como un paria, a la conversación de siempre –ahora sí: una fatalidad-, alguna vez surcada por una lejana bocina de tren.

miércoles, 8 de abril de 2009

acorazado


Algunos días me siento un poco a la defensiva...

catarsis II: espiral hacia el fondo.

La locura no está tan lejos como para no temerle.


Imagino con alguna frecuencia que destrozo mi casa. Frente a los ojos atónitos, temerosos, de mi familia, destrozo objetos y estructuras de la casa. De un modo incontenible: derribo mesas, lanzo electrodomésticos contra los vidrios, rompo con los puños pedazos de pared, pateo la madera de las puertas, partiéndola en pedazos.
Mi madre grita. Mi hermana llora. Mi padre, impotente, observa.
Claro: después me llevan, agotado y ya indefenso -probablemente rendido, tal vez convencido- a un hospital psiquiátrico. Me drogan. Me atontan.
Quedo durante un tiempo internado, y vienen a verme con frecuencia, cargados de angustia e irrenunciable amor. Mi madre, abnegada, está ahí todos los días. Yo, en general, los recibo en paz: estoy dopado y, seguramente, arrepentido. Alguna vez, puede ser, los espero con desprecio, con fingida indiferencia... quiero destrozar -con igual violencia- su corazón. Pero no quedan rastros de ése por la mañana. En general, soy un interno pacífico y amable. No soy divertido. No podré volver a serlo. Eso apena mucho a mi hermana, con quien jamás volveré a tener la relación de antes. Su confianza ha muerto para siempre.
Mi padre se vuelve mucho más blando. Acepta mi locura como un designio, o algo así. Permite más, ahora, su propia ternura. Tal vez todos se sienten más unidos.
Mis amigos. Algunos de mis amigos a lo mejor vuelven a hablarme, alguna vez. Pero muchos no me buscan más. Mencionan mi nombre en algunos de sus encuentros, al principio con cierta carga de empatía, o nostalgia de quien alguna vez fui. Luego con mayor distancia. Finalmente, pasados unos años, hacen chistes ingeniosos, divertidos, sobre mí.
Salgo de la internación mucho más parco. A veces sonrío, pero tímida y fugazmente. A lo mejor con el tiempo me acercaré un poco a éste que ahora escribe. Pero en el fondo de los ojos, en el último tramo de la espiral de las pupilas, una opacidad dará cuenta de una noche, una lejana noche, de liberada violencia.

catarsis I: la no apología.

La furia es un animal caliente. Es la sangre caliente de un animal agazapado.
Furia agazapada, hambrienta de destrucción. Una destrucción purificadora: un arranque de violencia que atraviese los músculos, los huesos, las arterias, y deje tras de sí un cuerpo nuevo, un hombre nuevo, tiritando, lleno, entonces, de paz.
Violencia que, atravesando un cuerpo, construya un nuevo hombre y un mundo nuevo.

Pertinente aclaración: el texto que precede estas líneas no fue escrito con ninguna intención propositiva ni glorificadora... Es, en todo caso, la expresión -más o menos afortunada- de un impulso (o insomnio) que su autor puede reconocer y lo inquieta. Ninguna idea de Hombre Nuevo, hecho de violenta masilla, seduce al escritor de aquellas palabras, a quien sí le gusta, en cambio, hablar de sí mismo en tercera persona, como los grandes futbolistas.