lunes 12 de octubre de 2009
doce minutos
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viernes 9 de octubre de 2009
fierrazo al mentón
Por ahí, abajito, prendidito de la estela, anda uno que yo me sé... y todavía no sabe con qué pata saltar primero.
viernes 25 de septiembre de 2009
jugando con las palabras...
Claramente, la movida fue organizada por algún grupo de publicistas o políticos de pura cepa. La estrategia es conocida, y no por ello menos pérfida: una voltereta lingüística construye una realidad que nadie podría negar. Se trabaja para que la victoria retórica sustituya patéticas derrotas en el terreno de lo concreto.
El juego con las palabras parece ser nuestra última oportunidad, o tendremos, al menos, la conquista del pronóstico.
Chillen señores, pero el hecho es irrefutable... el 30 de septiembre, pase lo que pase, Argentina - Ghana.
jueves 17 de septiembre de 2009
derechos
"Tengo derecho a no tener un centro de estudiantes".
Escrito con tiza en un pizarrón del colegio Illia, en Mar del Plata.
Escrito con tiza en un pizarrón del colegio Illia, en Mar del Plata.
miércoles 16 de septiembre de 2009
martes 15 de septiembre de 2009
lapsus
Estamos en un hotel de primera línea, en el que ella es jefa. Me saluda acariciándome una mejilla mientras me da un beso en la otra. Luego me hace pasar a un gabinete con una camilla, toallas, almohadas especiales y olor a cítricos. De eso habla en seguida: de aromas. Después de frutas, de terapias, de piedras tibias sobre los nudos y los chacras. Habla relajada, como si fuésemos amigos, pero mira de reojo el grabador, con su lucecita roja. Más tarde me pedirá que lo apague para hacerme una confidencia, aunque ya le expliqué que el registro es sólo para no tener que anotar todo lo que se diga.
Ella es natural, y espiritual, y comprensiva, y práctica, y seria. Ella es seria: eso es lo más importante -me cuenta-, ser serio en lo que uno hace. No importan las diferencias. "Fijate que para mí -dice-, ya no hay... ya no hay... me sale 'razas sociales', pero no es eso... ¡clases sociales!". Es un lapsus, claro.
Ella es natural, y espiritual, y comprensiva, y práctica, y seria. Ella es seria: eso es lo más importante -me cuenta-, ser serio en lo que uno hace. No importan las diferencias. "Fijate que para mí -dice-, ya no hay... ya no hay... me sale 'razas sociales', pero no es eso... ¡clases sociales!". Es un lapsus, claro.
domingo 30 de agosto de 2009
trece horas: siete y veinte (VIII, final)
Viene de acá.
La noche oscura. El lamento de la radio. Las góndolas frías. Los pies húmedos y trece horas. Fuego, él es un núcleo de fuego. Los arqueados costados de la balsa.
La mueca triste de las agujas del reloj da las siete y veinte. Falta poco.
Siete y veinte. El arma quema, y los tres chicos entran al local.
La noche oscura. El lamento de la radio. Las góndolas frías. Los pies húmedos y trece horas. Fuego, él es un núcleo de fuego. Los arqueados costados de la balsa.
La mueca triste de las agujas del reloj da las siete y veinte. Falta poco.
Siete y veinte. El arma quema, y los tres chicos entran al local.
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sábado 29 de agosto de 2009
ruido de animales salvajes
Rugen las bestias. Se contornean, misteriosamente, caricaturas de sí. La hembra se acerca oscilante, ritual. Dibuja eses y con golpes secos pega sus glúteos a mi pierna. Un orangután se abre paso en la maleza y un grupo de lemures ríe una risa macabra, una y otra vez. Una marmota duerme su sueño eterno abrazada a un daikiri, mientras aquel chimpancé le roba besos a los hipopótamos. La hembra se empeña en deletrear el abecedario: dame una y griega, te doy una y griega, dame una eme, te doy una eme, dame. Ella pide, la manada le da y, mientras, dale que te pego al meneíto zumbón. Aullidos, graznidos, balidos, siseos...
Bajo mi sombrero blanco, pequeño e indefenso, constato sin sorpresa que he perdido los instintos: la selva me doblega.
viernes 28 de agosto de 2009
trece horas: seis y once (VII)
Viene de acá.
Las farolas de la calle están encendidas. Un cono de luz cae sobre la entrada del supermercado. Poca gente. Lo bueno del invierno es que el día termina temprano.
El ruido continuado de los autos sobre el agua de la calle tiene algo adormecedor.
Trece horas, dice en voz baja y mira el reloj en su muñeca izquierda. Adentro un empleado acomoda algunas cajas vacías. Desde la fiambrería, al fondo, una radio pequeña que cuelga de un gancho canta canciones en chino. Suenan tristes. Todo lo demás es silencio; un silencio contundente, que subraya la voz aguda y extraña de la radio.
Las farolas de la calle están encendidas. Un cono de luz cae sobre la entrada del supermercado. Poca gente. Lo bueno del invierno es que el día termina temprano.
El ruido continuado de los autos sobre el agua de la calle tiene algo adormecedor.
Trece horas, dice en voz baja y mira el reloj en su muñeca izquierda. Adentro un empleado acomoda algunas cajas vacías. Desde la fiambrería, al fondo, una radio pequeña que cuelga de un gancho canta canciones en chino. Suenan tristes. Todo lo demás es silencio; un silencio contundente, que subraya la voz aguda y extraña de la radio.
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