domingo, 27 de abril de 2008

Las conquistas de Valentino IX: la caída

Viene de acá.

El aire frío de la calle besó mis mejillas quemantes. Una fiebre que había comenzado a tomarme el cuerpo un par de días atrás, se manifestaba ahora con violencia, y me estremecía en oleadas bajo la tricota de gruesa lana.
Un sentimiento ambiguo me acechaba y enturbiaba mis pensamientos. Me debatía entre la impresión causada por la belleza inerte que acababa de acariciar, y el alivio de saber que aquella masa no era la gorda que imantaba mis pasos.
Pero pronto una idea se me hizo evidente e insoportable: Aura, mi mastodóntica y rotunda Aura, se había esfumado como una pluma arrastrada por el viento. De ella no me había quedado más que una llaga y una sed desesperantes.
Aún cuando el rastro que había seguido me llenaba de pesar y temores, al menos creía tener un rastro que seguir. Y ahora nada.
Me sumí en el más profundo de los pesimismos.
- Gorda maldita, me dije, primero en baja voz. Gorda maldita, gorda maldita, gorda maldita. Mi voz, liberada, había comenzado a aumentar en volumen, y no podía dejar de repetir aquellas palabras, casi como un mantra diabólico. ¡Gorda maldita!, gritaba, intentando contener con las manos una presión que amenazaba con estallar mis sienes desde dentro.
- No puedes vivir con ellas... - me apuntó la voz cascada de un mendigo barbado- pero sin ellas tampoco. Y una risa llena de sorna me abofeteó la cara. No pude más; vomité un líquidio bilioso, carente de sustancia... hacía dos días que no comía.
Entonces caminé. Caminé sin rumbo, con los ojos de a ratos cerrados, siguiendo la inercia de mis piernas, lejos de la geografía que transitaba. Caminé.
Pasaron los días, y yo había perdido por completo el norte. Sólo guiado por una idea difusa de Aura, sobresaltándome cuando veía una mujer de más de ochenta kilos, creyendo encontrar a mi cetáceo en cada puesto de comida callejera, en cada fitito blanco, recorrí las calles de la inmensa ciudad. Dormí cuando no tenía más fuerza para dar un paso. Comí cuando encontré restos de algo masticable en las bolsas de la basura. Lloré cuando aquel rostro angélico vino, caprichoso, a mi memoria.
No sé cuántas jornadas me habrán encontrado en aquella penosa situación. Sin duda habrán pasado varios oficios sin mi presencia, y puedo imaginar a Nélida, Doris, Jéssica y las demás mojigatas organizando cuadrillas de búsqueda por los barrios, pegando oscuras fotocopias con mi rostro en los postes de luz, asistiendo a las radios de cumbia que transmiten mensajes de los oyentes.
Mi barba creció; mi cara se puso enjuta y cenicienta. Estaba dispuesto a morir, y creo haberlo pedido más de una vez por aquel entonces, en oraciones apasionadas, sin estructura ni contemplaciones formales.
Pero si algo sé, si algo me empeño en repetir a quien quiera oírlo, es que Dios aprieta, pero no ahorca. No sé bien si era de día o de noche, si todavía hacía frío o ya había estallado la primavera florida, pero un día la vi. A diferencia de mis espejismos anteriores, su redonda figura se me presentó inconfundible ante los ojos. Me observaba con un dejo de angustia desde el otro lado de una calle transitada. Creo aún recordar una lágrima cayendo cadenciosa desde su mejilla. Sé que mencioné su nombre. Sé que lo grité. Luego me lancé sin esperar hacia la calzada, buscando su vereda. Pero, como un cervatillo alertado por el ruido de la rama partida, mi Aura ya se había introducido con sorprendente ligereza en un taxi y comenzaba a alejarse una vez más de mí.
No estaba dispuesto a aceptarlo de nuevo. Me zambullí en el interior del siguiente coche de la parada y dije lo que nunca pensé que llegaría a decir en mi vida:
- Siga a ese taxi.

viernes, 18 de abril de 2008

perdido

Se me pierde la voz. Dejo de escucharme. A veces mucho ruido alrededor; a veces no es eso.
Busco un parque, uno abierto, en el que pueda sentirme pequeño y, extrañamente, trascendente.
Sé que no todo está en los libros. No todas las voces. Pero insisto demasiado en esa búsqueda.
Podría acercarme a aquel hombre que come en silencio. Hablarle de cualquier cosa. Volver a sentir que tiene algo que decir. A veces soy capaz de hacerlo. A veces lo hago, pero últimamente me vengo perdiendo un poco.


Dejé de oir mi voz cuando más la buscaba.
Levanto la vista y el hombre ya no está.