jueves, 19 de junio de 2008

el miedo

La abeja había sobrevolado nuestras cabezas durante un rato. Todos estábamos atentos a su vuelo, y Araceli, la maestra, había tenido que interrumpir la clase.
Hoy la recuerdo de proporciones enormes, aunque a lo mejor era sólo una abeja, sobredimensionada por mi percepción infantil.
Había pasado dos o tres veces cerca de la mesa que compartía con tres compañeros; la más próxima a la ventana por la que había entrado al aula. La vi acercarse. Comenzó a revolotear alrededor de mi cara. Cerré los ojos. Se hizo un silencio - de esos que hacen los chicos frente a las cosas importantes-, y durante unos segundos sólo hubo el calor del sol sobre la piel, y las patitas recorriendo la frente, la nariz.
"Si no hago nada no me va a picar". Me lo había explicado mi viejo alguna vez. Y no hice nada.
Un momento después la abeja volvió a zumbar las alas, y salió directamente hacia la ventana abierta. Mis compañeros y compañeras volvieron a alborotarse, y lanzaban exclamaciones de admiración. Araceli me dijo que era el niño más valiente que conocía. Yo estaba perdidamente enamorado de Araceli.
Ahora entiendo que muchas de las cosas que hice en mi vida tuvieron el secreto fin de invocar aquellas palabras; de volver a tener esa extraña y dulce sensación.

fragmentos de un inexistente diario de viaje


27/5


Nada que decir. Solamente un desconcierto.

Hoy me pareció reconocer una cara. No la de alguien conocido; me refiero al reconocimiento de algo en una cara. Seguramente lo que estaba buscando.

Es gracioso que llegue ahora, casi al final, y tan fugazmente que apenas me animo a asegurarlo.

Probablemente aquella cara sólo me ayudó a reconocer una carencia. A sospecharla.

No era un rostro particular - y que conste que escribo "rostro" sólo porque ya hubo varias "caras"...-. Un chico, casi un adolescente, viajaba en el mismo colectivo que nosotros, en un asiento orientado hacia atrás.

Supe que no vería a alguien así en mi lugar. Supe que el muchacho era genuinamente extraño a mi universo. Y lo era naturalmente, sin exceso; fuera de lo previsible.

A su lado viajaba también un viejo. Lo había visto antes, cuidando coches en el pueblo, junto a la playa. Siempre con una gorra dada vuelta sobre la cabeza, apenas calzada. Estando tan cerca pude distinguir dos escarbadientes apretados bajo la tela de la gorra, uno en cada sien. Un tercer palillo se movía de un lado a otro de la boca.

Después de notar lo genuino del muchacho, se me hizo evidente también lo real en el viejo. Lo real en el conductor del colectivo, en los otros pasajeros, en el pueblo que ya aparecía atrás de una curva. Todo empezó a resultarme evidentemente ajeno. Todo volvió a interesarme desde ese lugar.