jueves, 31 de julio de 2008

la tiranía del erudito

Así se falsea un texto clásico para que sirva de chicana política. Así se miente, explotando la imagen -prolijamente trabajada- de erudito y equilibrado intelectual. Así reviste de prestigio, el señor Aguinis, su diátriba contra el gobierno, incapaz de encontrar recursos más honestos.
Peculiar lectura, la que hace de Edipo Rey.

miércoles, 30 de julio de 2008

ella dice

De lo que se está escribiendo en estos tiempos, por acá se encuentra lo que más me gusta.

si yo fuera ghost writer



Si yo fuera ghost writer me la pasaría atravesando paredes de concreto, asustando niños, apoderándome de los cuerpos de bonitas mediums.
Si yo fuera ghost writer tendría que comenzar a fumar; tabaco negro de ser posible.
Si yo fuera ghost writer haría terribles esfuerzos para que me gustase el whisky.
Si yo fuera ghost writer escribiría, en largas noches de calor y ojos enrojecidos, una novela corrosiva y brillante, que nadie leería hasta después de mi muerte. Anagrama compraría entonces los derechos, y editaría libros carísimos, en los que gastarían la mitad del sueldo otros ghost writers, soñando que tal vez, imaginando que algún día.
Si yo fuera ghost writer me ocuparía de ajustarme, prolijamente, al cliché correspondiente.

sábado, 26 de julio de 2008

integridad

Excelente.

negro sur

El Ruso paró el auto, sin apagar el motor. Miró sobre el hombro al Mudo y le hizo un gesto vago con la cabeza. Después subió el volumen de la radio y se bajó, dejando las luces prendidas.
Bajé y me entretuve un minuto mirando el cielo estrellado. El Ruso y el Mudo sacaban al gringo del baúl, con las respiraciones agitadas. Eran buenos en su trabajo. El primero, pequeño y eléctrico, fumaba sin parar y conocía más insultos de los que yo podía imaginar. El otro tenía el cuello de un toro. Nunca lo escuché hablar. Ese era peligroso.
Sacaron al gringo y lo tiraron al pasto húmedo. Los quejidos del yanqui se escuchaban amortiguados por la tela que le cubría la cabeza. Tenía las manos atadas atrás de la espalda y ya no se resistía como cuando lo agarramos, en el bar del puerto. Ahí se había puesto arisco, y se le dio por patear y tirar trompadas. Se armó más bulla de la que teníamos prevista, pero el Mudo, aunque no hable, sabe ser convincente, y el gringo terminó mansito en el baúl.
Lo arrastraron hasta la parte de adelante del auto. Las luces caían sobre los tres cuerpos, destacándolos sobre el fondo de campo negro como si fuera una puesta en escena. El Ruso y el Mudo quedaron parados, esperando. El Ruso prendió un cigarrillo, a dos pasos del cuerpo caído. Me acerqué.
- Sáquenle la capucha.
El Mudo se agachó y de un tirón le descubrió la cabeza. Estaba colorado, con la cara empapada de sudor y sangre. El vapor se desprendía de su cuerpo caliente. Las luces del auto le daban de lleno en los ojos, y él se esforzó para vernos. Bramaba cosas en inglés aunque le costara respirar. Intuía mi presencia detrás de las luces que lo cegaban y movía la cabeza queriendo confirmar su sospecha.
Desde algún lugar, no muy alejado, llegaban los espaciados mugidos de algún grupo de vacas. El sonido de los grillos. El motor del auto y el tango que sonaba en la radio me parecieron ruidos intrusos en la noche del campo.
Me tomé tiempo para volver a verlo, resguardado en la oscuridad de mi posición. Su rostro era casi el mismo, si no fuera porque el sudor y la sangre, esta vez, lo bañaban a él y no a mí.
Cinco años siguiéndome el rastro, viajando, esperando con paciencia el momento que pensaba inevitable. Cinco años. Me pregunté qué tipo de furia animaba su persecución.
Dejó de buscar mis ojos en la oscuridad después de unos minutos, y comenzó a murmurar algo incomprensible mirando hacia el barro debajo de sus rodillas. No me pareció que tuviese miedo, estaba más bien contrariado.
El Ruso se movía, impaciente. Fumaba. El sí tenía miedo. Volví a mirar al gringo y comprendí. No era furia lo que lo impulsaba tras mis pasos: era alguna clase enfermiza de orgullo. El tipo no dejaría de seguirme hasta terminar el trabajo que no había podido terminar aquella vez, lejos de ese campo frío y oscuro.
Durante un momento sentí admiración por él. Eso fue todo. Luego, el disparo del Mudo cortó, como un latigazo, la noche.

boca




boca de gusanos
ciempiés
lombrices
boca de hombre
esperma rancio

viernes, 25 de julio de 2008

alpiste

Este señor escribe con placer. Se nota. Y escribe bien, además.
De su blog sólo recuerdo haber leído un anécdota de cuando era chico y lo llevaron a jugar al rugby. Me divirtió mucho. Me reí en voz alta, hacia fuera, y estaba sólo. Eso siempre es buena señal. Después, no sé por qué, no volví a visitarlo.
Hoy leo Orsai de nuevo, y me doy cuenta de eso: Hernán Casciari escribe con placer, y por el placer de escribir. No soy ningún adivino, lo dice él. Pero otros también lo dicen y no les creo. A él sí le creo.
Y lo bueno de encontrar gente que escribe sólo por el placer de escribir - por el placer de hacerlo bien-, y que entiende ese placer desde un lugar lúdico, es que contagia. Uno lee los textos de esa gente y siente ganas de escribir. De divertirse escribiendo.
Ya está en las librerías argentinas su último libro, "España, decí alpiste", de Sudamericana.

miércoles, 23 de julio de 2008

james tate (III): la libertad



El hombre pata de palo escapa de prisión.

El hombre pata de palo escapa de prisión. Es atrapado.
Le quitan su pata de palo. Cada día
cruza una larga colina y nada un ancho río
para llegar al campo en el que debe trabajar toda la jornada
con una pierna. Es así durante un año. En la fiesta de Navidad
le devuelven su pata. Ya no la quiere. Su escape está planeado.
Requiere una sola pierna.

De Absences (1972). Recogida en Selected poems, Wesleyan University press. University press of New England, Hanover and London.

lunes, 7 de julio de 2008

y un bar


La mujer escupe sobre el piso del bar. Se inclina un poco sobre un costado y deja caer un escupitajo espumoso, sordo.
El hombre sentado a la misma mesa mira de lado. Tiene ojos lacrimosos, enrojecidos. Los párpados pesados. Varios envases de cerveza se amontonan entre los dos.
Ella llama al mesero, que se acerca con una sonrisa estúpida y pega la pelvis a su hombro; la observa con los ojos entrecerrados. Ella juega con las llaves que cuelgan del cuello del mesero. El sólo sonríe y se hincha, como si los gordos dedos estuviesen acariciando sus genitales.
Luego se agachará, le dirá cosas al oído, tratará de besarla. Le llevará más cervezas de las que va a marcar junto al nombre de la mujer – Sabrina- en un pizarrón blanco.
El otro los mira. Durante un momento me parece que tiene algo que decir, pero enseguida se lleva una botella a los labios y bebe. Sólo eso.