miércoles, 27 de agosto de 2008

estafeta postal



Los pasos, sobre el ripio, cada vez más espaciados. El edificio parece abandonado. Eso al principio lo desconcierta, pero después entiende que no podría ser de otro modo.
Da una mirada más al papel amarillento, de bordes rotos. Alguna mano lo arrancó de una porción de papel mayor. Alguna mano, la misma, escribió con trazos inclinados y caligrafía anticuada, el nombre del pueblo, la estafeta postal, el número de casilla.
Atrás, el tren vuelve por la vía que lo trajo. Sólo él bajó. El roce de aceros se ha ido apagando, y ahora quedó solo con el silencio.
Sube el cuello de la campera, y camina hasta la entrada del edificio. En el bolsillo, el puño apreta el pedazo de papel. El viento sobre la espalda parece empujarlo hacia dentro. Todo lo empuja hacia allí últimamente, piensa. Sus piernas no son más sus piernas, piensa.
Podría creerse que recibió el sobre sin remitente un par de días atrás, en la mañana posterior al sueño. Pero sería más acertado decir que él llegó hasta el sobre. Cerrado, doblado por la mitad, cortando el espacio entre su nombre y su apellido, tan amarillento como el pequeño papel que contenía, parecía haber estado en el piso del departamento durante años, esperando.
Vincular el sueño -la pregunta inquietante del final, la angustia de despertar antes de tiempo- con la aparición del sobre, era casi una obviedad. Lo aceptó como se aceptan las evidencias.
Dos días después, camina lentamente hacia la puerta de madera podrida. Dentro del cuarto, un escritorio destartalado y una humedad de siglos. La cal que alguna vez estuvo en las paredes, se reparte ahora por el piso de la sala. Al fondo, dos marcos sin puertas: uno hacia cada lado del edificio. Atraviesa el de la izquierda.
Detrás de un mostrador, una veintena de casilleros con manchas de óxido. No necesita volver a mirar el papel para recordar el número. 5051. Lo encuentra abajo, a la derecha; tiene que agacharse para verlo. Está cerrado con llave.
En el lado interno del mostrador, junto a un cenicero lleno de polvo y un marco de anteojos con un solo vidrio, un manojo de llaves. Busca su número.
Abre la casilla. Tantea con la mano adentro. Toca lo que esperaba encontrar. Saca una hoja doblada dos veces. Acerca el pequeño papel del sobre a un ángulo incompleto de la hoja. Los bordes coinciden.
Con igual caligrafía, está escrita su respuesta.

viernes, 22 de agosto de 2008

si yo fuera detective privado


Si yo fuera detective privado habría sabido qué hacer con esa información de apariencia insignificante.
El llavero estaba ahí, sobre la mesa. 5051, decía, y abajo "Solcito". Después vino un compañero y le pidió permiso para usar su clave. 5051, le dijo ella.
Una clave y un nombre. Si yo fuera detective privado, o hacker, o un muchachito ingenioso y transgresor, habría sabido qué hacer con esa información.

domingo, 10 de agosto de 2008

cajón


Hay algo raro cuando se carga el cajón de un muerto. Hay algo raro en la gestualidad ritual de cargarlo.
Camino la entrada a la capilla sosteniendo una de las manijas. Me duele el metal en los huesos de la mano, y pienso que deberían hacer manijas distintas, más cómodas.
Tomé el cajón porque entre todos los hombres que asistimos a la ceremonia, apenas llegamos a seis.
Dos hombres de traje han dirigido nuestros movimientos. Dan sus indicaciones con una sutileza notable, con gestos rutinarios, pensados para resultar efectivos y distantes.
Al entrar a la capilla veo de costado varios cables amontonados, y alguna herramienta; como si hubiésemos llegado en mal momento, pienso. Noto que, sordamente, puede percibirse un olor desagradable. Alguna rejilla tapada, algo así.
Mientras caminamos hacia el frente del altar, el cura reza un padrenuestro. Escucho a mi viejo, adelante, seguir el rezo del cura. Creo que es la primera vez que lo escucho rezar. Trato de recordar otras veces, pero no encuentro ninguna.
El cura nos invita a sentarnos en los bancos. Hace dos minutos ha preguntado el nombre del fallecido (así dijo, fallecido); ha pedido permiso para referirse a él por su nombre de pila.
Desde mi lugar, en la segunda fila, se ve el ataúd mal cerrado en uno de sus costados. El breve velatorio se hizo con la tapa cerrada porque, dijeron, el cadáver estaba hinchado y despedía líquidos.
Lo depositaron en una sala pequeña, con sillones de cuero claro, entre dos candelabros y bajo un crucifijo con luces azules de neón. El hermano se acercó y acarició la madera durante unos minutos. Creo que no hablaban desde hacía años. El hijo lloró, sentado a los pies del cajón. Lo hizo con dignidad, sin escándalo. Luego salieron todos de la sala y entraron los dos hombres de traje. Nos invitaron a formar el cortejo fúnebre con nuestros autos particulares.
Sentado en la capilla, ahora, veo la tapa mal cerrada, forzada. Imagino la cara del cadáver aplastándose contra la madera desde dentro.
El cura habla sus palabras de siempre. Son, evidentemente, sus palabras de siempre, aunque intente decirlas con un tono espontáneo, titubeante, como los malos actores cuando quieren parecer naturales. Lo veo sin la sotana, vendiendo lapiceras mágicas en los trenes del conurbano.
Dice que no venimos a despedir a un hombre. Lo llama por su nombre de pila. Dice que venimos a acompañarlo. Que su vida no ha terminado; que ha cambiado de forma. Ahora está en un viaje hacia dios, con quien se reunirá. Miro a mi padre y me pregunto en qué está pensando.
Detrás del cura hay dos velas. La llama de la vela izquierda tiembla, se mueve. La de la vela derecha permanece quieta. También hay un ventanal por el que se ve el parque, con palmeras. No hay cipreses.
En las dos o tres filas detrás de la mía hay algunas personas más. Un hombre mayor que no conozco permanece de pie, en la última fila del costado opuesto. No lo he visto hablar desde que llegó a la funeraria. Entre todos, no ocupamos más de cuatro hileras de bancos.
El cura habla del dolor, del esfuerzo que hay que hacer para continuar, de la misión de los que quedamos de este lado. Nos invita a quedarnos a la misa que comenzará en unos minutos, aunque nos disculpa si no lo hacemos: "el dolor cansa", dice.
Volvemos a tomar el cajón. Lo cargamos hasta el auto fúnebre.
Por un camino angosto, lleno de piedras, caminamos hasta la sala de cremación. El auto fúnebre ha ido por otro lugar, y llegó antes que nosotros. Los hombres de traje descargan el cajón sin pedirnos ayuda. Lo introducen en una sala y nos invitan a decir nuestro último adiós.
Algunos se acercan para preguntar al chofer del auto fúnebre por el camino de vuelta. Lo imagino sonriendo y diciendo, entre siniestro y torcido, que sólo sabe de caminos de ida.
Detrás, el ataúd permanece en la sala, solo. Se me hace pequeño: el hombre que ahora está dentro era corpulento.
La explicación del chofer no es clara. Un empleado del cementerio intenta ayudarlo, pero él habla más fuerte y el otro se retira.
Saludamos a los familiares del muerto. El hombre callado responde a desgano, con cierta antipatía en la mirada.
Mientras nos vamos, ya en la ruta, pienso en el cajón, en su tapa forzada y en un segundo entiendo de dónde salía el mal olor.

abriendo la ventana

Oh, al fin un poco de aire fresco...


viernes, 8 de agosto de 2008

no tan lejos, se ve Urania

Corren las ratas sobre la pared sucia del callejón. Es fría la noche, y los dos hombres se encogen bajo el peso de las mantas raídas. Expiran el vaho hacia la oscuridad, y fijan la vista sobre el piso barroso, más allá de sus pies.
Uno de ellos, el más viejo, levanta su cara de barba rala hacia el cielo y observa. Está un rato observando.
El otro comienza a jugar, automáticamente, con una ramita sobre el piso de tierra. Dibuja círculos que luego borra con la misma rama. La rama sale desde debajo de la manta, sin mostrar la mano que la sostiene.
- Tengo hambre.
El primero apenas lo mira de costado, y vuelve su vista hacia el cielo, tratando de ver las estrellas que no están. Permanecen un rato en silencio.
- Tengo frío.
La voz del primero suena grave, extraña. - En algún lugar deben estar... -murmura. Su compañero lo mira-. Creo que alguna vez las vi.
Sostiene su mirada en alto; la manta ha caído hacia su nuca, dejando al descubierto la cabeza, con círculos sin pelo, y mechones irregulares. Su respiración es serena, y entrecierra los párpados, sin que el crudo frío lo afecte en apariencia.
- Ya ni me acuerdo -el otro vuelve a la ramita sobre la tierra-. Sí me acuerdo de lo que contaban –sigue-. De las historias de guerreros y heroínas... Había un viejo que las conocía todas, y nosotros lo escuchábamos. Hablaba de gente que había vivido acá mucho tiempo antes... siglos... no sé. Gente que se había matado. Que la tierra estaba regada de su sangre, decía, y que todavía nos manchaba los pies. Eso me daba miedo. Yo era un chico.




Los días de Urania, parece, están por llegar.