viernes, 31 de agosto de 2007

respuesta


"¿Quién soy?", le habían oído murmurar. "¿Soy quien soy, o quien pregunta quién soy?".
Después dijeron suicidio, pero no fue más que un desesperado intento de entender.

jueves, 30 de agosto de 2007

una historia sencilla



Hay historias que emocionan, que convocan a las lágrimas al tiempo que invitan a aferrarse a la vida.
Julio Bazán, una vez más, nos cuenta una de ellas.

martes, 28 de agosto de 2007

morir en una cornisa


Tenía sentido decirlo de inmediato, buscar la honestidad de lo espontáneo. Pero no pudo ser: la red no encontró no sé qué cosa de Proxy. Desde hoy que no la encuentra. Pagar, pagué. Vaya uno a saber.
Una y veintisiete en la computadora. Un poco menos en el mundo real; en la noche-silencio del mundo real: la computadora está adelantada.
María duerme en la otra habitación. Miles Davis toca en el living – lo siento, me gustaría ser menos cliché, pero faltaría a la verdad-. Don Ramón no volvió hoy. Salió herido y no volvió. Debe estar en algún techo. Estuve durante todo el día pensando en la escena de “Gitano”. La del final: él tiene una hendidura sangrante en el costado, y muere despacio. Buscó su muerte. Quiso romper el círculo, y lo mejor que tenía para ofrecer era la vida. Murió sobre una máquina ruidosa. Algo muy fabril, que no para nunca. Después, la ruta de noche.
Me pregunto si Don Ramón ha ido a buscar su muerte como el gitano. Si el universo de los gatos guarda algún lugar para historias de sangre y de revancha. Si García Lorca tendría algo que decir sobre los gatos que se matan en los techos, bajo una luna a la que lo mismo le debe importar cualquier muerte.
¿Habrá agonizado, Ramón? ¿Habrá buscado, tambaleante, un lugar para morir? ¿Habrá tenido un instante de soledad, de última soledad? ¿De paz? ¿Volverá mañana? No pensé que podía sentirme tan solo sin el gato. Así me sentí esta tarde. Solo.

we're on the road


Noviembre espera.

lunes, 20 de agosto de 2007

seis rounds

El muchacho está sentado sobre una camilla, en un cuarto húmedo y frío. Los azulejos blancos llegan hasta la mitad de la pared, lamidos por la condensación del ambiente cerrado. En el cuarto no hay ventanas. Una enorme mancha de humedad decora el ángulo superior de la pared, descascarando el yeso.
El muchacho está sólo. Apoya las manos aún vendadas junto a los flecos brillantes de las bermudas. Los pies no le llegan al piso; cuelgan de la camilla con la sola oscilación que les infunden los reflejos del cuerpo cansado. Los cordones desatados de las botas rojas se llueven hacia las baldosas de la habitación.
El torso fibroso todavía suda y se agita sobre la respiración acelerada. El mira sin ver sus pies. Las gotas de transpiración bajan por el rostro anguloso. Recorren, desde el nacimiento del cabello, la frente, la nariz, y mueren en el labio superior, cubierto de un bigote apenas crecido, casi adolescente. La ceja derecha está cortada en el extremo; ya no sangra. Es un corte profundo y largo. La hemorragia ha evitado que el ojo se inflame. Varias tiras de esparadrapo mantienen la herida cerrada.
Una toalla sucia cubre los hombros morenos. Los músculos se recortan, nítidos, en los brazos. Son brazos delgados, presumiblemente rápidos. Los dorsales se abren del tronco doblado hacia delante. En el vientre, la piel se amontona en pliegues sobre los abdominales hundidos. La cabeza cae, clavándose el mentón en el pecho.
Respira hondo. Cierra, fuerte, los párpados y se inclina un poco más. Un foco sin pantalla deja caer su cono débil de luz sobre el cuerpo del muchacho.
En la camilla, junto al muchacho, una bata roja y negra. El nombre escrito en la espalda se retuerce sobre las arrugas de la tela. En el piso, un bolso deportivo abierto, con ropa en el interior. Asoma un guante de cuero negro, húmedo.
Desde afuera entra un murmullo constante, incomprensible. Risas, voces extrañas. Llegan al muchacho como a través de una cortina de acero, como un zumbido.
La puerta se abre y deja entrar, más claro, el murmullo. Se distinguen ahora palabras, frases cortadas. El muchacho levanta apenas la cara y mira hacia allá. La cabeza de un hombre calvo se asoma por el quicio de la puerta.
- ¿Aún así, chico? Apúrate, no' vamo'.
El muchacho mira al hombre calvo, sin decir nada.
- Vamo', vamo', no vamo' a estar aquí toa la noche.
El hombre mira un instante más al muchacho, luego desaparece tras la puerta, que comienza a cerrarse.
- ¡Tito!, llama el muchacho
El hombre vuelve a asomar la cabeza, con las cejas levantadas.
- Esta fue la última, brother.

sábado, 18 de agosto de 2007

viernes, 17 de agosto de 2007

frentokis

Con prosa concisa y contundente, Leonardo Oyola, adaptó a forma de relato el séptimo capítulo de su novela Chamamé, recién publicada en España por la editorial Salto de página. Lo tituló Frentokis. Se lee en El interpretador.
Pequeña crónica de una iniciación, consigue combinar una mirada infantil con otra, brutal, de vida hecha a los golpes.
Espero que la novela se distribuya pronto en Argentina; suena bien la voz de Oyola.

el azar y la escritura


Espiando blogs (enlace forzado, para justificar la foto elegida...), encontré una buena reflexión sobre el azar y la escritura. Miguel U., autor de la entrada, se pregunta cómo superar al gran guionista del mundo. "Hay una perfección inalcanzable en el azar", escribe, después de introducir con la perfecta descripción de un diálogo al que asistió como testigo mudo. Es difícil no sentir cierta impotencia al momento de sentarse a escribir, pretendiendo transmitir en la escritura las sensaciones, la secuencia, la forma exacta en que una situación real se desplegó frente a quien escribe. Hasta no hace mucho tiempo, trabajé en una librería; viví allí algunas de las situaciones y diálogos más extraños de toda mi vida. Y mi vida, afortunadamente, está llena de situaciones y diálogos extraños. Escuché durante veinte minutos de reloj las teorías de un señor que decía ser piramidólogo (me reveló secretos notables); afronté estoicamente la retahila de insultos y amenazas que una señorita tuvo la necesidad de arrojarme por haberme "encamado" con Elena. No conozco a Elena; no conocía a la señorita, y el personal de seguridad de la embajada que, anunció, vendría a encargarse de escarmentarme, aún no ha llegado. Tuve diálogos con taxistas y con la esposa de un guardacostas, mientras intentaba yo robar descaradamente la banderita de "prohibido bañarse", encaramado al mastil que la sostenía. Son diálogos inverosímiles, y me parece que ahí está el asunto: la escritura, incluso - y especialmente- la de ficción, responde al mandato de construir su verosimil, y éste rara vez viene dado por la realidad. El azar juega con ventaja, porque el verosimil lo trae sin cuidado. En ese punto encuentran su genialidad ciertos escritores y guionistas (Tarantino es uno de los mejores ejemplos): colocan elementos inesperados, inapropiados al contexto que han construido, y los hacen verosímiles. Como el diálogo sobre los peces que refiere Miguel U.. Son escritores que captan la cuota necesaria de irrealidad, que la realidad tiene. Los envidio.

viernes, 10 de agosto de 2007

el escritor y su público


Todo aquel que pretenda ser escritor profesional, debe ocuparse de construir su propio público lector. Cualquiera lo sabe. Yo hace años que me ocupo de construir el mío. Mi mamá, mi novia y mi hermana ya están dentro. A mi viejo casi lo tengo.

Nota: si querés ser parte de mi público lector escribí un mail a quierosertupublicolector@quierosertupublicolector.com.ar. No te lo pierdas, a partir del mes que viene se sortean bicicletas...

jueves, 9 de agosto de 2007

diario cero


diario.

y un día abrí los ojos

entonces escuché una voz que decía:

si las palabras ya no explotan

entonces...

que explote el hombre


De Julián Axat, en "médium (poética belli)", editado por Paradiso.

diario uno



diario ii.

al cerrar los ojos

escuché la voz:

... y los pedazos del poeta

repartidos

para alimentar niños

con fusiles en la boca

También de Julián Axat, en "médium (poética belli)", editado por Paradiso.

viernes, 3 de agosto de 2007

geografías


"Vengo de una enfermedad", me dijo. Hasta entonces nunca había pensado la enfermedad como un lugar.

miércoles, 1 de agosto de 2007

lo inefable


El terror habita, como en pocos lugares, en la figura del Mystery Man que Robert Blake compuso para "Carretera perdida", de David Lynch. Un terror que no se puede explicar; un terror de rastro imposible (un terror que pregunta, que abre abismos, y no da respuestas).
El cuervo que come intestinos en "Las aventuras de Arthur Gordon Pym", de Edgar Allan Poe, también tiene lo suyo.