domingo, 16 de diciembre de 2007

inca: la nada y no


Como lo exigía la tradición, recorrió en línea recta el trayecto de regreso. No podía desviarse, y no lo hizo.
Descendió por quebradas, escaló cerros, nadó ríos. A pie durante días, semanas. Sin dudar, sin apartarse.
Llegó, por fin, exhausto. Casi muerto.
Al volver la vista atrás, sobre la tierra había un camino.

miércoles, 28 de noviembre de 2007

existencialismo asfáltico



Después de un par de horas, todo empieza a parecer distinto; a asumir otros sentidos. Se dirá que es el efecto del sol sobre la cabeza... y puede ser, no digo que no. Pero hay algo más, no sé.

Cuando se hace dedo, la ruta se transforma en una especia de anfiteatro, y uno en actor de un drama extrañamente dinámico y breve. Los autos pasan a toda velocidad, y en tres o cuatro segundos, como mucho, uno tiene que hacer su pequeño acto de seducción, tiene que parecer convincente: no soy chorro, no soy loco, no estoy sucio... no importa si todas esas categorías son pertinentes, o no, si son verdaderas o no lo son, si nos gustan o no: son las categorías que importan, y uno termina pensándose en función de ellas.
Y ahí aparece el matiz moral del dedo. Hacer dedo es, podría pensarse, someterse a una ametralladora de juicios morales. Es, en fin, algo parecido al infierno de Sartre.

jueves, 22 de noviembre de 2007

sutileza

"Esta sección está en preparación. Sepa disimular las molestias ocasionadas".

Leído en el Museo Antropológico de Salta. Casi se me escapa una injuria, pero pude contenerme a tiempo, y creo que nadie lo notó.

sábado, 3 de noviembre de 2007

on the way



Bueno, parece que arrancamos, nomás. La vía es larga y no es cosa de pensar mucho los durmientes antes de atravesarlos. Por delante, entonces, el camino es incógnita.

En el viaje esperamos encontrar paisajes, colores, voces, historias diferentes. Mi intención es contar algunas de ellas.

Arranca hoy; no sabemos cuándo termina. Tampoco sabemos cuáles serán las curvas de los rieles. Buscar - escribió alguna vez Alejandra Pizarnik- no es un verbo: buscar es vértigo. Algo de ese vértigo tenemos por delante.

No sé con qué frecuencia podré actualizar este blog en los próximos tiempos. Intentaré subir algo de vez en cuando. Los que quieran, pueden seguir las peripecias del viaje en otro blog, que armamos con ese fin: Viajando por América Latína.

En cualquiera de los dos sitios, nos seguimos leyendo.

domingo, 28 de octubre de 2007

brocha gorda


Sepan disculpar la demora en las actualizaciones del blog, pero con María estamos pintando el departamento... En la foto sobre estas líneas, nos tomábamos un descanso. A mí no me terminaba de convencer el sombrero que se hizo con el potus y una servilleta; pero, ¡es tan habilidosa!

martes, 16 de octubre de 2007

mil batallas



Hay teoría en las esquinas. Para todos los gustos. Brillantes, exóticas, contundentes, insustanciales... insólitas. Insólitas.

En diálogo de espera vacía, como al pasar:

- Tan bravos los mosquitos, ¿eh?

- Sí... terribles. Y creo que este verano va a ser tremendo...

- ¡Sí! Tremendo va a ser. Y viste que ahora los matás así nomás, con la mano... pero al final del verano ya están más cancheros, no los agarrás ni de broma.

Y ahí quedo yo, preguntándome en qué fogones, al promediar la temporada, los mosquitos experimentados aleccionarán a los novatos.

viernes, 12 de octubre de 2007

perspectivas


Desde esta perspectiva lo más cercano son sus pies descalzos. En las uñas, desparejas, olvidadas, un continente de tierra, un sinfín de caminos pedregosos y áridos. Entre los dedos la sangre ya está seca. Los tendones dibujan su relieve tenso, como el eco mudo de un sufrimiento sostenido.
Las rodillas están levemente flexionadas, y los muslos velludos encuentran su vértice en un circunciso sexo retraído. También éste se viste de sangre seca, bajo el pubis ensortijado y sucio.
Más arriba, la musculatura abdominal se estira, apenas doblada hacia la izquierda. Sobre las costillas, cubiertas por una delgada capa de piel blanquecina, la hendidura rojiza gritó borbotones de sangre, y tiembla ahora levemente.
La barba negra y abundante oculta el hombro izquierdo sobre el que duerme la mandíbula ya muerta. Desde aquí abajo observo los ojos opacos, que no ven las imágenes de los últimos minutos. Allí adivino, sin embargo, el rencor de saberse prescindible aún en la hora de la muerte.
Los pómulos pronunciados; los labios, entreabiertos, mostrando una oscuridad sin aliento; un rostro lívido y final.
Se llueve el cabello castaño hacia la tierra, sobrepasando un poco el axila izquierda. Desde ahí se estira, delgado, surcado de arterias vacías, el brazo siniestro por el que fuera prendido. Los dedos se cierran sobre su palma, como asiéndose a la cabeza del clavo ardiente. Uno sólo, el índice, mantiene, casi imperceptible, la dignidad de su función, concentrado en él un acto último de voluntad significante; como si la incomprensible frase que imprimió el doloroso rictus en la cara del muerto hubiese tenido un destinatario concreto; como si aún quisiera hablarle a ese otro crucificado, al extremo del dedo, que, coronado de espinos, se dijo rey de los judíos.

lunes, 8 de octubre de 2007

hombre rueda


Hombre rueda corre tan rápido como puede
pisa fuerte
necesita ese bocado.

Hombre rueda corre tan rápido como puede
funcionó otras veces se dice
siempre al límite, sí
siempre casi muerto, sí
siempre.

Hombre rueda corre tan rápido como puede
sólo hay que creer se dice
boquea
blasfema
y pronto vuelve a estar listo.

Hombre rueda corre tan rápido como puede
en el observatorio
once ratas blancas
se matan de risa.

viernes, 5 de octubre de 2007

herejías

Jugar con las palabras
hacerlas heréticas.

Escribir
me cago en Dios
sin temor a que un rayo me parta.

miércoles, 3 de octubre de 2007

el cuarto poder


- ¿Y ustedes trabajan sólo de esto?
- Bueno, no, yo también soy periodista...
- ¡Periodista! ¡El cuarto poder!
Sonrisa cortés.
- En serio... ustedes son el cuarto poder, ¿no sabías?
- Bueno, eso dicen...
- Cuchá, yo una vez estaba en el tren... - mueve las manos; de repente, alrededor, parece haber un tren- viajaba a Capital, ¿viste?, y veo a un tipo, grande, que me miraba; yo lo miro, ¿viste?, y el tipo nada - cabecea hacia adelante y levanta los dedos amontonados apuntando para arriba- así le hice, y el tipo nada; "¿qué te pasa viejo?", le dije, yo era pendejo y no me importaba nada, ¿viste?, y el tipo saca del bolsillo un papelito, lo mueve así y me grita "¡periodista señor!"...
No sé qué decir. Debo expresar eso con el gesto, porque sigue, satisfecho:
- Pará, pará, que me bajo en la siguiente estación, y el tipo también, y cuando voy caminando por el costado del tren, aparecen dos canas y me llevan preso... ustedes tienen mucho poder, viejo, son el cuarto poder.
La conversación se corta ahí, mi compañera me llama para que levantemos los platos y sirvamos los postres.

lunes, 1 de octubre de 2007

james tate (II): experimentos


Enseñando al mono a escribir poemas

No tuvieron gran dificultad
para enseñar al mono a escribir poemas:
primero lo amarraron a una silla,
luego ataron el lápiz a su mano
(el papel ya había sido dispuesto).
Entonces el Dr. Bluespire se inclinó sobre su hombro
y le susurró al oído:
“Pareces un dios ahí sentado.
¿Por qué no tratas de escribir algo?”.



De Absences (1972). Recogida en James Tate. Selected poems, Wesleyan University press. University press of New England, Hanover and London.

viernes, 28 de septiembre de 2007

james tate: profanador de tumbas




Querido lector

Estoy intentando forzar tu ataúd
con este ardiente montón de nieve.

Resignaré mi sueño por ti.
Esta helada nevisca sigue cayendo
y apenas puedo ver.

Si el truco funciona, podremos frotar nuestras manos, tal vez

hacer un pequeño fuego con nuestros documentos.
No lo sé, pero sigo trabajando, trabajando

a medias odiándote,
a medias devorado por la luna.






De The Oblivion ha-ha (1970). Recogida en James Tate. Selected poems, Wesleyan University press. University press of New England, Hanover and London.

otros blogs (II): los días del tipo

"Tranquilo el tipo"

Pintado en negro sobre fondo amarillo, en la parte de atrás de un carro de cartonero. Se pudo leer en las inmediaciones del Parque San Martín de La Plata.

jueves, 27 de septiembre de 2007

Las conquistas de Valentino VI: El viaje del héroe


Viene de acá.

La noche en que comencé la persecución llovía y tronaba como si se tratara del Apocalipsis. Para darme valor, me puse tres vasos de la sangre de Cristo entre el pecho y la espalda, me abrigué con la tricota que me había tejido la buena de Zulma – antes de perder la mano izquierda en un confuso episodio acaecido en un canil de dogos-, calcé el impermeable amarillo de ir a Mar Chiquita, y me lancé a la calle con una resolución que casi había olvidado, entre cirios y coronas de espino.
Caminé hacia las afueras de la ciudad, guiado por una intuición inexplicable, y por el aroma salobre del puerto. Llegué, después de andar durante un par de horas, hasta un barrio de callejuelas estrechas y casas de chapa pintadas a mano. El aguacero no me permitía ver a más de tres metros, pero distinguí una luz amarillenta y el murmullo de una musiquita zumbona que atrajeron mi marcha como si no hubiese tenido otro destino.
Abrí la puerta del antro y los agudos de la cumbia entraron por mis oídos, electrificándome el cuerpo. El lugar estaba en penumbras, y dos o tres luces blancas caían sobre la escasa ropa de las señoritas, que constituían así enigmáticos bultos parcialmente iluminados. Caminaban cansinamente entre la barra y las mesas.
Bajo mis pies se había comenzado a formar un charco, llovido desde el impermeable. Tenía los zapatos mojados, y los dedos fríos. Desde el extremo de la barra, aún sin distinguir sus rasgos, me di cuenta de que una de las señoritas había acusado mi entrada. Se incorporó y caminó hacia mí, balanceándose como una leona veterana. Me quedé inmóvil, como un cervatillo desgraciado. Llegó hasta donde yo estaba y estiró su mano de uñas postizas para recorrer con ellas el costado de mi cuello. Una media sonrisa perversa, de evidente inspiración diabólica, prometía lacerantes placeres que distaban, sin embargo, de resultarme tentadores: una sola cosa tenía yo en mente.
- Busco a Aura, dije, sorprendido de mi propia determinación. Mis palabras se articularon solas, como si fueran conscientes, en su autonomía, de que aquella mujer conocía a Aura, y podría informarme de su paradero.
Ya estaba ella levantando sus hombros y una ceja, en inconfundible gesto de “quién es Aura”, cuando un manotazo la corrió de mi campo visual y, precedido de una indiscreta exclamación (“¡Padre!”), hizo su aparición el dueño de la brusca mano. Conocía yo bien su cara, pero más conocía su fétido aliento: ante mis ojos, brazos en cruz y gesto campechano, Arturo me ofrecía su abrazo, evidentemente afectado por una excesiva ingesta de Baileys.

jueves, 13 de septiembre de 2007

Las conquistas de Valentino V: Pequod

Viene de acá.


- ¿Cuál es tu nombre, hija mía?
- Aura
Aura. Mi dulce Aura. Mi enigmática, resplandeciente Aura. Luz cegadora que irrumpió, extrañamente etérea, en las sombras de mi cavernosa soledad. Hermosa gorda mía. Quise acariciarla en el instante, sin mayor espera. Creí entender que sus ojos me animaban a hacerlo, y latieron mis dedos en arrebatado impulso. Pero me contuve: mis deslices habían buscado hasta entonces contextos alejados de la parroquia.
La penumbra y el aroma del barniz, dentro ya del confesionario, llevaron paz a mi espíritu. Todavía era posible.
- Ave María purísima...
Breve calidez de tu aliento, Aura hermosa.
- Sin pecado concebida.
- Confieso que he pecado, Padre.
Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra... gorda pía, el pecado en tu boca es el cáliz de mis venas henchidas. – Te escucho, hija.
- No sé cómo...
No te calles ahora, manzana del demonio, ahora que veo tras el dibujo de esta madera inoportuna tu blanca piel temblando, agitándose, exudando el perfume dulce de la presa acechada.
– Como puedas, hija, no temas.
- He deseado...
Habla, perra, habla de una buena vez, rasga tus vestiduras de rodillas a los pies de mi poderosa y palpitante cruz, clava mis manos al madero y lanza dentelladas a mi anhelante costado, animal de boca sangrante y almibarado vientre.
– En cierto modo, hija mía, todos....
- No como todos, Padre, he deseado... en exceso...
No, no, no, no. Sé lo que viene. Conozco la tensión de la frente, los rojos labios contraídos. No es el momento, no respires tan profundo. No todavía, no aquí dentro. No llores, aún, mi arpón no llega tan lejos.
– Hija...
- Discúlpeme, Padre.
La entera estructura de madera se conmovió cuando Aura, la blanca Aura, se puso de pie y, sin darme tiempo a reaccionar, salió atropelladamente del confesionario. Sus pasos cortos pero veloces atravesaron la capilla antes de que terminara yo de incorporarme, e intentara detenerla. “Hija mía”, la llamé. “Aura”, casi en un grito. Sólo su estela quedaba.
Tuve que sostenerme en uno de los bancos y, tambaleante, casi ebrio, me derrumbé sobre mis rodillas, cerrando los ojos y buscando entender. Por qué. Qué sentido tenía la angélica presencia de Aura en mi parroquia, si iba a desaparecer tan misteriosamente como había llegado. Era evidente que allí había una misión. Si ella no venía a mi Pequod, tendría yo que salir a cazarla.

miércoles, 12 de septiembre de 2007

superposiciones


¿Es Deprisa, deprisa de Carlos Saura la Pizza, birra, faso del cine español postfranquista?

lunes, 10 de septiembre de 2007

las hormas del éxito


Son singulares, a veces, las hormas del éxito. Como los zapatos, cada hombre calza la suya.
Conocí una vez a un hombre feliz. Era feliz porque, según su horma, era exitoso. Diría que era escritor, pero en rigor no vivía de eso. Digo, entonces, que le gustaba escribir. Escribía. Alguna vez leí sus textos, y admito que no los entendí. No sé si eran buenos o malos, si lindos o feos; eran largos y, sobretodo, densos... pesados. Eso era, para él, lo importante: el sentido era un detalle, pero los textos debían ser pesados.Llegó, exaltado, un día a mi casa. "¡Soy un genio!", gritaba sin vergüenza; "¡soy un genio!". Entendí el motivo de su alegría cuando, con el rostro del triunfo irrefutable, dejó caer sobre mi mesa su último cuento, de diez kilos.

Las conquistas de Valentino IV: Segunda tentación.

Viene de acá.


En los domingos sucesivos, no volví a ver a aquella mujer por la parroquia. Los sábados por la noche dormía intranquilo, y buscaba la calma tratando de prever mis movimientos del día siguiente: si la gorda me mira, finjo serenidad; si me habla, le pregunto su nombre y le doy, naturalmente, la bienvenida a nuestra pequeña familia; si me toca, la arrastro hacia un rincón oscuro y la poseo con vehemencia, sin mayor solemnidad. Llegado a este punto volvía a sentirme inquieto, pero pensaba luego en lo improbable de un contacto en la primera aproximación; ya habría tiempo para eso. Aún así, la gorda no apareció durante varias semanas.
Llegué yo a retomar el control sobre lo que sucedía en la misa, y al poco tiempo las miradas de Nélida volvieron a tener el candor y la reverencia que habían perdido después del, para ella, extraño episodio. Nunca se animó a mencionarlo, sin embargo, y se limitaba a mostrarse esquiva y esconder los ojos durante nuestras cortas reuniones para decidir qué pasajes de la Biblia leería.
Habrán pasado cuatro o cinco semanas hasta que la obesa mujer volvió a derrumbar mi trabajosa tranquilidad.
Había terminado ya el oficio, y quedé durante un rato conversando con el pobre Arturo, que acostumbraba a agradecerme “mis luminosas oraciones” al final de cada misa. Recibí, como siempre, sus cumplidos con una prudente distancia; no tanto por temor a lo engañoso de sus empalagosas palabras, como por la repugnancia que su aliento, de productos lácteos mal procesados, me provocaba. Era un buen hombre, con un deficiente sistema digestivo.
Se había ido, por fin, y me ocupaba yo de recoger mi cuaderno y otras cosas para llevarlas al cuartito del fondo, cuando una voz cristalina, mágica, me hizo girar rápidamente. Ahí estaba ella, más blanca aún que la primera vez, apenas a dos metros de mí, ahora, y tomando entre sus rechonchas manos un minúsculo bolso de cuero, tan ridículo, en contraste con ella, que resultaba candoroso. “Padre”, me había dicho, y había quedado esa palabra flotando en las ondas de mi cerebro aturdido, imposibilitado yo de mirar otra cosa que no fuera su boca de labios carnosos, rojos como el fuego que sentía en las entrañas. “Padre”, repitió, mirándome ahora de frente. “Quiero confesarme”.

viernes, 7 de septiembre de 2007

Las conquistas de Valentino III: El libro de Job

Viene de acá.


Aquel día terminé el oficio temblando.
Cuando se acercó Nélida a la tarima, con su pequeña Biblia encuadernada, me aparté yo torpemente, golpeando con el antebrazo el pie del micrófono y enredándome luego con el cable. Cada movimiento para salir del embrollo me llevaba a una nueva complicación, y terminé tirando el micrófono al piso. Al agacharme para recogerlo golpeé con mi frente el atril, que comenzó a tambalearse y se habría caído de no ser por Nélida, cuya pequeña pero firme mano estabilizó primero la estructura, y se tendió luego hacia mí, auxiliando mi incorporación.
Sin levantar la vista, pero sabiéndome observado, fui hasta donde estaban preparados el cáliz y las hostias, y permanecí apoyado allí, de espaldas al salón, mientras escuchaba la aguda voz de Nélida, leyendo el pasaje seleccionado del libro de Job.
“Llegome calladamente un hablar; mis orejas percibieron sólo un murmullo...”, había comenzado la piadosa, la servicial, la esperpéntica Nélida. Agitado, sentía yo sobre mi nuca la mirada de aquella nueva gorda. ¿Quién es?, me preguntaba. ¿Qué hace aquí? ¿Por qué no deja de mirarme? Un calor sofocante me inundaba el cuerpo y me obligaba a secar con el pañuelo la frente y el labio superior. No era vergüenza por mi evidente torpeza. Era otro calor; ya lo conocía.
“¿Podrá el hombre presentarse como justo ante Dios?”, continuaba la perra de Nélida. “¿Será puro el varón ante su Hacedor?”.
- Suficiente, alcancé a murmurar mientras le arrebataba el libro de las manos, cerrándolo enérgicamente. La mujercita me miraba sin comprender: apenas había leído dos párrafos, con lo que a ella le gustaba sufrir.
- Levantarse, dije, subrayando la orden con una mano mientras con la otra desplazaba a Nélida, que se resistía a abandonar la tarima. Noté la confusión entre la concurrencia, que sin embargo me obedeció sin chistar. Dije apuradamente todo aquello de las alabanzas y los agradecimientos, un par de amenes y los mandé a sus casas, a vivir la vida.
Quería estar solo. Necesitaba el húmedo silencio de mi pequeña parroquia. Escuché sin ver el movimiento de bancos y los pesados tacones de domingo sobre las baldosas. Resistí, haciendo fuerza para no mirar. Dejé pasar un rato. Cuando, finalmente, pude girarme y alzar la vista hacia el salón, no quedaba nadie. Ni rastro de la blanca gorda.

jueves, 6 de septiembre de 2007

Las conquistas de Valentino II: Aquella gorda

Viene de acá.



A la mujer que cambió todo la vi por primera vez en la iglesia. Llegó tarde al oficio de aquel domingo, y se acomodó ruidosamente en la anteúltima fila de bancos. Jessica y Doris tuvieron que ponerse de pie para permitirle el paso, porque la inmensidad de aquella mujer ocupaba la totalidad del estrecho pasillo.
Su llegada no había pasado desapercibida, y todos en el salón se dieron vuelta para verla. No la conocíamos; nunca se había mostrado entre la feligresía.
Yo quedé inmediatamente prendado. Su entrada, en mitad de una frase del sermón, me ganó por completo. No pude ver, oir o pensar en otra cosa.
Un vestido blanco cubría livianamente una piel no menos blanca. Los hombros, redondeados, se mostraban sin vergüenza sobrepasando los delgados breteles, y hacia abajo nacían dos brazos rollizos, que se descolgaban en pliegues hasta hundirse, a la altura del codo, como si estuviese la piel cosida por un botón invisible. Bajo un delicado escote de encaje, el pecho enorme, descomunal, glorioso. Era deliciosa; una campana sagrada en la más hermosa de las catedrales.
Tomó finalmente asiento, ocupando medio banco. Jessica y Doris no atinaban a sentarse, debiendo ahora entrar las dos en el espacio que antes había ocupado sólo una.
La blanca mujer, como si no se hubiera percatado de su posición en aquella escena, alzó un mentón redondo y pequeño, como una magdalena, y me miró directamente a los ojos. Súbitamente, volviendo al motivo que allí nos convocaba, sorprendidos tal vez por el silencio que, de golpe, se volvió pesado, evidente, todos los presentes se giraron hacia el púlpito y me miraron, expectantes. Al fin y al cabo, yo era el capitán de aquel barco, el faro en la noche cerrada de sus conciencias, el buen pastor de aquel manso rebaño.

miércoles, 5 de septiembre de 2007

otros blogs (I): vida de RARB

"Cojí una bolita de 10
de cara es refea en la cama es una máquina
hace poco me cojí una rubia
no merecía pagar un helado por ella
Divina pero coje un desastre
Bueno chicos
los dejo me bajo en Alpargatas

RARB 2006

Cojan a full
a pleno"

Escrito en el respaldo de un asiento, en un micro de la línea Plaza.
Yendo de La Plata a Buenos Aires (5 de septiembre de 2007).

Nota: la inscripción iba acompañada de un dibujo que por cuestiones técnicas no se reproduce aquí.

nocturna

Hay historias que se cuentan por la noche. Que nacen del negro; del insomnio. Son historias de personas solas, y en algún momento hay un disparo. Siempre, o casi siempre.
Será que la noche magnifica, que el sueño agrava. Lo cierto es que la piel de los personajes de estas historias suele estar cubierta de una capa de sudor. Y se pega la liviana tela de la camisa al cuerpo. Y tal vez haya el humo de un cigarrillo, claro.
No hay luz, hay claridad, penumbra. Hay persianas americanas que tarde o temprano serán estrujadas por una mano que cae. Quizás después de todo, cuando esté por terminar.
Antes hay una espera. Una espera consciente. No es lo mismo morir cuando se sabe que es inevitable. Cuando se sabe cuándo. No es lo mismo morir si hay, por ejemplo, una cuenta regresiva. La cadencia del tiempo es otra.
Hay, entonces, un cuarto con persianas americanas. Por algún motivo, tiene que ser un cuarto de hotel – seguramente porque los hoteles tienen sábanas blancas, y heladeritas con refrescos y chocolates: ilusiones de una vida distinta que podría haber sido, o hasta podría llegar a ser, si ahora no estuviera tan cerca el final.
Pensemos, pues, en una habitación par, de un hotel de diez pisos. Alto, pero no tanto como para no distinguir que ahí están, que ya llegaron, que bajan – todos menos uno- del auto, y silenciosos e implacables caminan hasta desaparecer por la entrada. Lo suficientemente alto, sí, para apurar el cigarrillo, mientras se escucha cómo el ascensor se pone en marcha y comienza a subir lenta, fríamente. Bastante alto, para tener tiempo de acercarse una vez más a la cama revuelta, y volver a mirar esas fotos, tiradas en desorden.
Las puertas del ascensor se deslizan, y los pasos se acercan, apagados, sobre la alfombra roja del pasillo. Como en una coreografía repetida, dos de ellos se colocan junto a la puerta y el tercero la abre con una patada. Como en una coreografía repetida, el revolver apunta hacia la ventana y hace fuego. Es el momento de la mano aferrando la cortina, y luego un charco de sangre que se expande.
De nuevo los pasos apagados. De nuevo las puertas del ascensor. De nuevo diez pisos: lo necesario para una última pitada aquí, en la habitación impar, sabiendo que al lado alguien ha muerto, en el final de una de esas historias que se cuentan por la noche.

martes, 4 de septiembre de 2007

Las conquistas de Valentino I: Gordas

Viene de acá.


Me gustan las gordas. No digo pulposas, o rellenitas, digo gordas. Arriba de cien kilos. Gordas, gordas.
Me gusta sentirme chiquito entre sus brazos, perderme a los pies de una montaña, asfixiarme bajo el peso de una mole galopante. Que cada salto de la muchacha me sacuda todos los huesos, me estire las coyunturas, amenace con soltarme los tendones y hacer de mí una marioneta sin uso. Me gusta, al fin y al cabo, salir ileso.
Pero mi predilección por las gordas no es sólo física – no especialmente- : encuentro un placer inmenso, cercano a la locura, en verlas llorar.
Cuando una mujer de ciento veintitrés kilos, embutida en un vestido de lycra, imagino, de un fucsia encendido, comienza a arrugar los labios y las cejas, y a emitir un particular silbidito pectoral, agudo, casi imperceptible, sé que se aproxima un momento sublime. Pronto una lágrima corre por los cachetes rozagantes, sortea las combadas comisuras de payaso triste, y se descuelga desde la curva de la primera papada hacia el oscuro, infinito canal que se forma entre los pechos enormes.
Cuando eso sucede, cuando la primera lágrima ha terminado su recorrido, las que vienen detrás son incontenibles, y sé entonces que esa mujer es mía. Que podré, si es mi deseo, decirle unas palabras de consuelo – tal vez tocarla con un dedo-, y recomponer un mundo que ella creerá igual al que segundos antes parecía perdido, pero del que ahora seré el centro, el único sostén. Después de eso, seré libre para irme cuando quiera. Porque abandonar gordas, deben saberlo, me causa tanto placer como conquistarlas.

domingo, 2 de septiembre de 2007

cosa de mujeres




A través del blog de Funes, llego a una nota de Fogwill sobre ciertos conceptos alrededor de la actividad de leer.
Dice en uno de los pasajes: "El siglo XIX, del cual es tributario el mito de la cultura letrada, concibe la lectura tal como la representa el afiche de Grasset: una actividad nocturna, burguesa, urbana, doméstica, pasiva y femenina..." .
La mención de Fogwill me recuerda un breve diálogo con un amigo, que me llamó la atención entonces, y ahora entiendo por qué. Hablábamos sobre las reseñas que recién comenzaba yo a escribir para un suplemento cultural.
- Te gusta leer novelas, ¿no?, me preguntó.
- Sí, me gusta.
- Yo nunca les di mucha bola, siempre me parecieron cosa de mujeres.
Desde luego, su intención no era ofenderme.

sábado, 1 de septiembre de 2007

el azar y la escritura (II)


En una entrada anterior de este blog, se hablaba de la habilidad de ciertos autores para introducir el (aparente) azar en la escritura. En un comentario a esa entrada aparecía Jim Jarmusch mencionado como uno de ellos.
Para profundizar en el asunto, pueden leer esta nota de Paul Auster, revelando un costado poco conocido de Jarmusch.
"Aunque sus diálogos tienen una cualidad espontánea e improvisada (a la manera de la escuela de los poetas de Nueva York), de hecho están elaboradamente escritos, con gran sensibilidad a los matices de la oralidad, obra de un verdadero escritor", dice Auster.
La cursiva es mía, pero la presto.

viernes, 31 de agosto de 2007

respuesta


"¿Quién soy?", le habían oído murmurar. "¿Soy quien soy, o quien pregunta quién soy?".
Después dijeron suicidio, pero no fue más que un desesperado intento de entender.

jueves, 30 de agosto de 2007

una historia sencilla



Hay historias que emocionan, que convocan a las lágrimas al tiempo que invitan a aferrarse a la vida.
Julio Bazán, una vez más, nos cuenta una de ellas.

martes, 28 de agosto de 2007

morir en una cornisa


Tenía sentido decirlo de inmediato, buscar la honestidad de lo espontáneo. Pero no pudo ser: la red no encontró no sé qué cosa de Proxy. Desde hoy que no la encuentra. Pagar, pagué. Vaya uno a saber.
Una y veintisiete en la computadora. Un poco menos en el mundo real; en la noche-silencio del mundo real: la computadora está adelantada.
María duerme en la otra habitación. Miles Davis toca en el living – lo siento, me gustaría ser menos cliché, pero faltaría a la verdad-. Don Ramón no volvió hoy. Salió herido y no volvió. Debe estar en algún techo. Estuve durante todo el día pensando en la escena de “Gitano”. La del final: él tiene una hendidura sangrante en el costado, y muere despacio. Buscó su muerte. Quiso romper el círculo, y lo mejor que tenía para ofrecer era la vida. Murió sobre una máquina ruidosa. Algo muy fabril, que no para nunca. Después, la ruta de noche.
Me pregunto si Don Ramón ha ido a buscar su muerte como el gitano. Si el universo de los gatos guarda algún lugar para historias de sangre y de revancha. Si García Lorca tendría algo que decir sobre los gatos que se matan en los techos, bajo una luna a la que lo mismo le debe importar cualquier muerte.
¿Habrá agonizado, Ramón? ¿Habrá buscado, tambaleante, un lugar para morir? ¿Habrá tenido un instante de soledad, de última soledad? ¿De paz? ¿Volverá mañana? No pensé que podía sentirme tan solo sin el gato. Así me sentí esta tarde. Solo.

we're on the road


Noviembre espera.

lunes, 20 de agosto de 2007

seis rounds

El muchacho está sentado sobre una camilla, en un cuarto húmedo y frío. Los azulejos blancos llegan hasta la mitad de la pared, lamidos por la condensación del ambiente cerrado. En el cuarto no hay ventanas. Una enorme mancha de humedad decora el ángulo superior de la pared, descascarando el yeso.
El muchacho está sólo. Apoya las manos aún vendadas junto a los flecos brillantes de las bermudas. Los pies no le llegan al piso; cuelgan de la camilla con la sola oscilación que les infunden los reflejos del cuerpo cansado. Los cordones desatados de las botas rojas se llueven hacia las baldosas de la habitación.
El torso fibroso todavía suda y se agita sobre la respiración acelerada. El mira sin ver sus pies. Las gotas de transpiración bajan por el rostro anguloso. Recorren, desde el nacimiento del cabello, la frente, la nariz, y mueren en el labio superior, cubierto de un bigote apenas crecido, casi adolescente. La ceja derecha está cortada en el extremo; ya no sangra. Es un corte profundo y largo. La hemorragia ha evitado que el ojo se inflame. Varias tiras de esparadrapo mantienen la herida cerrada.
Una toalla sucia cubre los hombros morenos. Los músculos se recortan, nítidos, en los brazos. Son brazos delgados, presumiblemente rápidos. Los dorsales se abren del tronco doblado hacia delante. En el vientre, la piel se amontona en pliegues sobre los abdominales hundidos. La cabeza cae, clavándose el mentón en el pecho.
Respira hondo. Cierra, fuerte, los párpados y se inclina un poco más. Un foco sin pantalla deja caer su cono débil de luz sobre el cuerpo del muchacho.
En la camilla, junto al muchacho, una bata roja y negra. El nombre escrito en la espalda se retuerce sobre las arrugas de la tela. En el piso, un bolso deportivo abierto, con ropa en el interior. Asoma un guante de cuero negro, húmedo.
Desde afuera entra un murmullo constante, incomprensible. Risas, voces extrañas. Llegan al muchacho como a través de una cortina de acero, como un zumbido.
La puerta se abre y deja entrar, más claro, el murmullo. Se distinguen ahora palabras, frases cortadas. El muchacho levanta apenas la cara y mira hacia allá. La cabeza de un hombre calvo se asoma por el quicio de la puerta.
- ¿Aún así, chico? Apúrate, no' vamo'.
El muchacho mira al hombre calvo, sin decir nada.
- Vamo', vamo', no vamo' a estar aquí toa la noche.
El hombre mira un instante más al muchacho, luego desaparece tras la puerta, que comienza a cerrarse.
- ¡Tito!, llama el muchacho
El hombre vuelve a asomar la cabeza, con las cejas levantadas.
- Esta fue la última, brother.

sábado, 18 de agosto de 2007

viernes, 17 de agosto de 2007

frentokis

Con prosa concisa y contundente, Leonardo Oyola, adaptó a forma de relato el séptimo capítulo de su novela Chamamé, recién publicada en España por la editorial Salto de página. Lo tituló Frentokis. Se lee en El interpretador.
Pequeña crónica de una iniciación, consigue combinar una mirada infantil con otra, brutal, de vida hecha a los golpes.
Espero que la novela se distribuya pronto en Argentina; suena bien la voz de Oyola.

el azar y la escritura


Espiando blogs (enlace forzado, para justificar la foto elegida...), encontré una buena reflexión sobre el azar y la escritura. Miguel U., autor de la entrada, se pregunta cómo superar al gran guionista del mundo. "Hay una perfección inalcanzable en el azar", escribe, después de introducir con la perfecta descripción de un diálogo al que asistió como testigo mudo. Es difícil no sentir cierta impotencia al momento de sentarse a escribir, pretendiendo transmitir en la escritura las sensaciones, la secuencia, la forma exacta en que una situación real se desplegó frente a quien escribe. Hasta no hace mucho tiempo, trabajé en una librería; viví allí algunas de las situaciones y diálogos más extraños de toda mi vida. Y mi vida, afortunadamente, está llena de situaciones y diálogos extraños. Escuché durante veinte minutos de reloj las teorías de un señor que decía ser piramidólogo (me reveló secretos notables); afronté estoicamente la retahila de insultos y amenazas que una señorita tuvo la necesidad de arrojarme por haberme "encamado" con Elena. No conozco a Elena; no conocía a la señorita, y el personal de seguridad de la embajada que, anunció, vendría a encargarse de escarmentarme, aún no ha llegado. Tuve diálogos con taxistas y con la esposa de un guardacostas, mientras intentaba yo robar descaradamente la banderita de "prohibido bañarse", encaramado al mastil que la sostenía. Son diálogos inverosímiles, y me parece que ahí está el asunto: la escritura, incluso - y especialmente- la de ficción, responde al mandato de construir su verosimil, y éste rara vez viene dado por la realidad. El azar juega con ventaja, porque el verosimil lo trae sin cuidado. En ese punto encuentran su genialidad ciertos escritores y guionistas (Tarantino es uno de los mejores ejemplos): colocan elementos inesperados, inapropiados al contexto que han construido, y los hacen verosímiles. Como el diálogo sobre los peces que refiere Miguel U.. Son escritores que captan la cuota necesaria de irrealidad, que la realidad tiene. Los envidio.

viernes, 10 de agosto de 2007

el escritor y su público


Todo aquel que pretenda ser escritor profesional, debe ocuparse de construir su propio público lector. Cualquiera lo sabe. Yo hace años que me ocupo de construir el mío. Mi mamá, mi novia y mi hermana ya están dentro. A mi viejo casi lo tengo.

Nota: si querés ser parte de mi público lector escribí un mail a quierosertupublicolector@quierosertupublicolector.com.ar. No te lo pierdas, a partir del mes que viene se sortean bicicletas...

jueves, 9 de agosto de 2007

diario cero


diario.

y un día abrí los ojos

entonces escuché una voz que decía:

si las palabras ya no explotan

entonces...

que explote el hombre


De Julián Axat, en "médium (poética belli)", editado por Paradiso.

diario uno



diario ii.

al cerrar los ojos

escuché la voz:

... y los pedazos del poeta

repartidos

para alimentar niños

con fusiles en la boca

También de Julián Axat, en "médium (poética belli)", editado por Paradiso.

viernes, 3 de agosto de 2007

geografías


"Vengo de una enfermedad", me dijo. Hasta entonces nunca había pensado la enfermedad como un lugar.

miércoles, 1 de agosto de 2007

lo inefable


El terror habita, como en pocos lugares, en la figura del Mystery Man que Robert Blake compuso para "Carretera perdida", de David Lynch. Un terror que no se puede explicar; un terror de rastro imposible (un terror que pregunta, que abre abismos, y no da respuestas).
El cuervo que come intestinos en "Las aventuras de Arthur Gordon Pym", de Edgar Allan Poe, también tiene lo suyo.

lunes, 30 de julio de 2007

sonría...



Sr. Autoridad llega al depósito del comercio cuando los muchachos están descubriendo el Google Earth. Como cualquiera sabe, lo peor que se puede hacer al ser sorprendido en flagrante infracción es tratar de ocultarlo... muchachos, pues, siguen acercando el objetivo del Google Earth sobre la ciudad que contiene el comercio que contiene el depósito que los contiene a ellos, ahora bajo la curiosa mirada de Sr. Autoridad. Y es que la mirada de Sr. Autoridad es curiosa, y no inquisitiva, porque Sr. Autoridad es, dentro de todo, un ser bastante simple, y se deja embaucar por los modos serenos y despreocupados de los muchachos.

- ¿Qué ven?- pregunta, y hace ese ruidito desagradable con la boca, como escupiendo pero sin escupir: como si fuera un rifle humano de aire comprimido.

- El negocio...- dice maliciosamente alguno de los muchachos, intentando su tiro de gracia. Lo logra, y Sr. Autoridad se acerca aún más a la computadora, ya partícipe y, por lo tanto, invistiendo la ociosa ocupación de carácter legal.

- ¿Pero no había un filtro sobre la ciudad? - pregunta Sr. Autoridad, mostrando algo de información sobre el asunto.

- Parece que no...- dice otro, subrayando con el tono que se trata de algo obvio, y que la información de Sr. Autoridad no vale un carajo, por lo que mejor sería que no se hiciese el pistola. Todo eso con el tono, porque decir, decir, claro, sólo dice "parece que no".

Y es entonces cuando Sr. Autoridad va y lo hace: con su tono más grave, más inteligente, más perspicaz, comienza la frase... "Si nosotros podemos ver esto.. - se aparta un poco hacia atrás, levanta la vista hacia el techo y entrecierra los párpados con los ojos clavados en el taparrollos de la cortina metálica- ... ellos ya están ahí". Y se queda tan campante.

sábado, 28 de julio de 2007

hombre solo (II)



CANCION
Sólo un hombre errando solo
solo, a solas con Dios
un hombre solo en la calle
errando a solas con Dios.

Leopoldo María Panero (Madrid, 1948).
Desde la década de los setenta ha estado durante largos períodos de tiempo recluido en hospitales psiquiátricos, desde donde ha escrito la que para muchos es una de las obras poéticas españolas más interesantes de los últimos años.
"Poesía completa. 1970 - 2000". L.M.Panero. Colección Visor de Poesía

viernes, 27 de julio de 2007

opciones para un guitarrero en viaje


¿A dónde lleva, guitarrero, tu viaje? El día se bifurca...

Opción uno: guitarrero hacia el poniente.
Dejás la casa con la parra, con la risa, con el agua fresca del pozo. Atrás queda el día. Te vas sereno.

Opción dos: guitarrero hacia el levante.
Dejás la música, la mesa del fondo, el vino derramado sobre la madera. Atrás queda la noche, quedan sus ojos... hasta tu sombra quiere quedarse.

Pueden ver otros dibujos como éste en Dibujadero

jueves, 26 de julio de 2007

aparecer después





fue por primera vez esa mañana
en que alborozado vi caer un manojo de hojas
y comprobé en la calle
y presentí en el aire
y descifré en el apretujado canto de las aves
un reclamo de otoño esa mañana
o fue un reclamo simplemente
mezclándose la naturaleza de las cosas con mis
ganas.
Carlos Aiub (Poema treinta)




Carlos Aiub fue secuestrado por la dictadura el 10 de junio de 1977. Días después del secuestro, su familia encontró, entre los restos de la casa despojada, un cuaderno con treinta poemas manuscritos. Ahora, treinta años más tarde, los hijos de Carlos Aiub publican esos poemas, bajo el título de Versos aparecidos, inaugurando la colección "Los detectives salvajes", de la editorial "Libros de la talita dorada".

lunes, 23 de julio de 2007

hombre solo


Un hombre solo, se dirá. Un hombre solo escribiendo la piedra. La púa lenta entre los dedos, horadando, desgastando... Un hombre solo, erosionando una larga pared de piedra.
Milena, el Mono Corazzi, Itaca – tierra anhelada-, dirán que dice, el hombre solo. Lo ven trabajar, bajo un cielo plomizo, cuando cae la lluvia, cuando nieva. Siempre. Se acercan, lo llaman, lo toman del hombro, pero se sacude el hombre y continúa, solo, escribiendo la piedra.
Años. Se van éstos, y lo ven otros, y ya no lo llaman, no lo tocan. Está solo, dicen, siempre estuvo.
Y así sigue el hombre, hasta el final, cuando ya no hay más nada y queda, ahora sí, solo, sin piedra y sin historia.

Ferdinando Nannetti nació en 1927, en Roma. Abandonado, vivió toda su vida internado en instituciones hospitalarias. En la sección civil del hospital psiquiátrico de Volterra, durante once años (1961-1972), se dedicó a grabar con las hebillas de sus cinturones, sobre los ciento ochenta metros de pared del manicomio, una enigmática historia.
En esos once años, jamás recibió una visita.

domingo, 22 de julio de 2007

zapatos (I): impresión de treblinka, auschwitz, olimpo y otros genocidios


Los zapatos son siempre el último testigo. Con sus grandes bocas eternamente abiertas, gritan las verdades que sus dueños pagaron con la vida. Es por eso que un asesino meticuloso nunca, nunca, debe abandonar a su suerte los zapatos de la víctima.
Imagen extraída de: www.flickr.com