viernes, 12 de octubre de 2007

perspectivas


Desde esta perspectiva lo más cercano son sus pies descalzos. En las uñas, desparejas, olvidadas, un continente de tierra, un sinfín de caminos pedregosos y áridos. Entre los dedos la sangre ya está seca. Los tendones dibujan su relieve tenso, como el eco mudo de un sufrimiento sostenido.
Las rodillas están levemente flexionadas, y los muslos velludos encuentran su vértice en un circunciso sexo retraído. También éste se viste de sangre seca, bajo el pubis ensortijado y sucio.
Más arriba, la musculatura abdominal se estira, apenas doblada hacia la izquierda. Sobre las costillas, cubiertas por una delgada capa de piel blanquecina, la hendidura rojiza gritó borbotones de sangre, y tiembla ahora levemente.
La barba negra y abundante oculta el hombro izquierdo sobre el que duerme la mandíbula ya muerta. Desde aquí abajo observo los ojos opacos, que no ven las imágenes de los últimos minutos. Allí adivino, sin embargo, el rencor de saberse prescindible aún en la hora de la muerte.
Los pómulos pronunciados; los labios, entreabiertos, mostrando una oscuridad sin aliento; un rostro lívido y final.
Se llueve el cabello castaño hacia la tierra, sobrepasando un poco el axila izquierda. Desde ahí se estira, delgado, surcado de arterias vacías, el brazo siniestro por el que fuera prendido. Los dedos se cierran sobre su palma, como asiéndose a la cabeza del clavo ardiente. Uno sólo, el índice, mantiene, casi imperceptible, la dignidad de su función, concentrado en él un acto último de voluntad significante; como si la incomprensible frase que imprimió el doloroso rictus en la cara del muerto hubiese tenido un destinatario concreto; como si aún quisiera hablarle a ese otro crucificado, al extremo del dedo, que, coronado de espinos, se dijo rey de los judíos.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Me parecio perfecto este post. saludos, Quique

Trescaídas dijo...

Gracias Quique. Un abrazo.