viernes, 7 de noviembre de 2008

Las conquistas de Valentino XI: bajo la cruz, casi un final...

Viene de acá.



El eco de mis pasos ascendió y se multiplicó, rebotando en las concavidades de la bóveda. Fueron pasos lentos; no había apuro.
Allí estaba de nuevo, en la penumbra húmeda de mi refugio. En la seguridad de mi territorio, al que volvía transformado, fortalecido. Había transitado los desfiladeros de la locura, y no podía saber si no había caído en ella. Pero ya no importaba. Ahí no. En esa parroquia, mi poder era absoluto: yo representaba, al extremo del corredor central, sobre los rústicos mosaicos, envuelto en el aroma de la cera derretida, la idea de la divinidad. Yo era dios.
Acaricié al pasar la madera de los bancos. Recuperé su tacto. Incorporé su firmeza.
Las figuras sagradas me veían andar. Sentía sobre mis hombros sus miradas aprobatorias. No temas, Valentino, me decían. Toma lo que es tuyo.
Me detuve frente a él, y me persigné. El Hijo. Su corona de espinos. La hendidura en el costado. El sacrificio. Mi señor, tú que lavas el pecado del mundo...
Bajo la cruz, de espaldas a mí con la cabeza baja, estaba ella. Murmuraba; juraría que estaba rezando. Observé sin prisa sus hombros redondeados, las pecas, sutiles, sobre la piel blanca. El torso se ensanchaba hacia la cintura, y se expandían desde allí unas caderas amplias como un océano.
Adivinaba su tersura bajo la tela del vestido. Este terminaba en una especie de encaje, sobre el hueco que se formaba detrás de las rodillas. Me estremecí: frente a mis ojos estaba la pureza.
Ella permanecía inmóvil. Nunca había podido observarla con tanto detenimiento. Tuve ganas de llorar, pero no lo hice: en ese momento era un guerrero, un cazador, y tenía una misión.
Hablé con autoridad.
- Aura.
Ella levantó apenas la cabeza y, sin volverse, llevó las manos hacia su espalda, bajó el cierre del vestido, desplazó los breteles sobre los hombros, y dejó que cayera la liviana tela. El vestido, amontonado, yació a sus pies.
Fue la luz.

(...)

jueves, 6 de noviembre de 2008

a lo mejor una noche

I

El velador en el piso de la habitación, jugando al insomnio. El mate fuera de hora y las zapatillas al alcance de la mano.
Algo no está bien en esta soledad adolescente.
Algo no está bien.


II

Acá adentro no hay aire
me cierro sobre mi
lamiéndome
oliéndome
palpando
me respiro
y me voy
en una exhalación.

Ya no soy.

oiga, don



"Tan fácil", de Für Elise.

lunes, 3 de noviembre de 2008

gustos son gustos

"Yo soy de lo dulce", dijo uno. "Yo soy más de lo salado", dijo otro.
"Yo soy de la pena de muerte", dijo la señora. Creo que después hasta quiso argumentarlo.

sábado, 1 de noviembre de 2008

la prueba


Una vez quise ser futbolista. Era chico. Había quedado paseando solo, no sé por qué, en un pueblo vecino al mío. Llegué a una cancha de fútbol de once, en la que se entrenaba un grupo de nenes más o menos de mi edad. Se divertían. Era una tarde de sol y temperatura perfecta. El tiempo pasaba en ese lugar con otro ritmo.
Me estaban esperando, pero yo quise ser parte de ese grupo, compartir ese tiempo.
Me acerqué al entrenador y le dije que quería estar en el equipo. No pensé que vivía en otro pueblo, que no sabía si podría entrenar, o ir a los partidos. En unos segundos un montón de caras rubias - en mi recuerdo aparecen sólo caras rubias-, coloradas por el sol y el ejercicio, me habían rodeado y me miraban con curiosidad.
El entrenador me dijo que tenía que probarme. Acepté. Fuimos hacia uno de los arcos; los rubios venían, como un sólo bloque, detrás nuestro. Al que tenía un par de guantes lo mandaron a atajar. El entrenador puso la pelota sobre la línea del área grande, de frente al arco. Entendí que tenía que pegarle: tomé carrera y le pegué de lleno con la punta del pie. Puntinazo. Dando saltitos rápidos, la pelota se acercó hasta las manos del arquero, que la tomó sin problemas. Hubo un murmullo de aprobación.
- Y eso que está con zapatos, escuché que decía uno.
Supuse que el ejercicio consistía en llegar al arco. Me sentí orgulloso. "Lo hago siempre", decía mi cara.
El entrenador, con cierta solemnidad, me dio los días y horarios de entrenamiento. Me fui feliz. Nunca volví.
Con los años empecé a preguntarme si no habrá sido todo una burla. Oigo ahora, cargadas de ironía, las palabras del muchachito a mis espaldas.

elecciones

- Debes elegir, Aquiles...

Y Aquiles eligió la docencia.