sábado, 19 de diciembre de 2009

ultramar



Leo en la revista Ñ una entrevista que hizo el amigo Q. a Gustavo Guerrero, editor, ensayista y poeta venezolano en París. Una buena entrevista, con varias líneas interesantes planteadas por Guerrero para pensar la relación siempre problemática -en un sentido amplio- entre la literatura latinoamericana y el viejo continente.
Termino de leer la entrevista y me pongo zonzo, y se me da por imaginar escenas locas, dignas de la ficción especulativa más desaforada: escritores franceses desvelados, rompiéndose los sesos para ver cómo logran ser publicados en Colombia; críticos e investigadores preguntándose cómo ha evolucionado la imagen del escritor europeo en latinoamérica, y sospechando que difícilmente se recuperen viejos destellos por estas tierras; jóvenes españoles enviando sus primeras novelas a los miles de concursos internacionales de Lima, Santiago o Buenos Aires, soñando secretamente con dar el gran salto, y que un editor magnánimo los llame un día por teléfono diciendo: "¿Sabés qué, pichón? Te sacaste la grande: te vamos a publicar la novela y con la plata del adelanto te vas a pegar la gran vida, escribiendo y recorriendo la bohemia de nuestras capitales; hacé las valijas, y poné varias camisas, que tenés algunas presentaciones...".
Zonceras, ya lo dije.

lunes, 12 de octubre de 2009

doce minutos



Esta página salió en el número especial por el tercer aniversario de la revista Fierro. Los dibujos son de Iñaki. El guión, de un servidor.

viernes, 9 de octubre de 2009

fierrazo al mentón



Por ahí, abajito, prendidito de la estela, anda uno que yo me sé... y todavía no sabe con qué pata saltar primero. 

viernes, 25 de septiembre de 2009

jugando con las palabras...



Claramente, la movida fue organizada por algún grupo de publicistas o políticos de pura cepa. La estrategia es conocida, y no por ello menos pérfida: una voltereta lingüística construye una realidad que nadie podría negar. Se trabaja para que la victoria retórica sustituya patéticas derrotas en el terreno de lo concreto.
El juego con las palabras parece ser nuestra última oportunidad, o tendremos, al menos, la conquista del pronóstico.
Chillen señores, pero el hecho es irrefutable... el 30 de septiembre, pase lo que pase, Argentina - Ghana.

jueves, 17 de septiembre de 2009

derechos

"Tengo derecho a no tener un centro de estudiantes".

Escrito con tiza en un pizarrón del colegio Illia, en Mar del Plata.

martes, 15 de septiembre de 2009

lapsus

Estamos en un hotel de primera línea, en el que ella es jefa. Me saluda acariciándome una mejilla mientras me da un beso en la otra. Luego me hace pasar a un gabinete con una camilla, toallas, almohadas especiales y olor a cítricos. De eso habla en seguida: de aromas. Después de frutas, de terapias, de piedras tibias sobre los nudos  y los chacras. Habla relajada, como si fuésemos amigos, pero mira de reojo el grabador, con su lucecita roja. Más tarde me pedirá que lo apague para hacerme una confidencia, aunque ya le expliqué que el registro es sólo para no tener que anotar todo lo que se diga.
Ella es natural, y espiritual, y comprensiva, y práctica, y seria. Ella es seria: eso es lo más importante -me cuenta-, ser serio en lo que uno hace. No importan las diferencias. "Fijate que para mí -dice-, ya no hay... ya no hay... me sale 'razas sociales', pero no es eso... ¡clases sociales!". Es un lapsus, claro.

domingo, 30 de agosto de 2009

trece horas: siete y veinte (VIII, final)

Viene de acá.

La noche oscura. El lamento de la radio. Las góndolas frías. Los pies húmedos y trece horas. Fuego, él es un núcleo de fuego. Los arqueados costados de la balsa.
La mueca triste de las agujas del reloj da las siete y veinte. Falta poco.
Siete y veinte. El arma quema, y los tres chicos entran al local.

sábado, 29 de agosto de 2009

ruido de animales salvajes

 
Rugen las bestias. Se contornean, misteriosamente, caricaturas de sí. La hembra se acerca oscilante, ritual. Dibuja eses y con golpes secos pega sus glúteos a mi pierna. Un orangután se abre paso en la maleza y un grupo de lemures ríe una risa macabra, una y otra vez. Una marmota duerme su sueño eterno abrazada a un daikiri, mientras aquel chimpancé le roba besos a los hipopótamos. La hembra se empeña en deletrear el abecedario: dame una y griega, te doy una y griega, dame una eme, te doy una eme, dame. Ella pide, la manada le da y, mientras, dale que te pego al meneíto zumbón. Aullidos, graznidos, balidos, siseos... 
Bajo mi sombrero blanco, pequeño e indefenso, constato sin sorpresa que he perdido los instintos: la selva me doblega.

viernes, 28 de agosto de 2009

trece horas: seis y once (VII)

Viene de acá.

Las farolas de la calle están encendidas. Un cono de luz cae sobre la entrada del supermercado. Poca gente. Lo bueno del invierno es que el día termina temprano.
El ruido continuado de los autos sobre el agua de la calle tiene algo adormecedor.
Trece horas, dice en voz baja y mira el reloj en su muñeca izquierda. Adentro un empleado acomoda algunas cajas vacías. Desde la fiambrería, al fondo, una radio pequeña que cuelga de un gancho canta canciones en chino. Suenan tristes. Todo lo demás es silencio; un silencio contundente, que subraya la voz aguda y extraña de la radio.

jueves, 27 de agosto de 2009

trece horas: tres y media (VI)

Viene de acá.

Las puntas sucias de las zapatillas presionan alternativamente los dos lados de una baldosa rota. La baldosa escupe su agua renegrida. Una boca. Una boca con los dientes sueltos. Una boca podrida.
La figura encorvada, replegada sobre el cajón de cervezas, es como un núcleo de fuego en el rincón de la puerta. Los ojos se clavan en el piso, en la baldosa, en el agua barrosa, en la boca podrida que balbucea desde abajo, en la garganta oscura que se abre bajo sus pies.

A dónde lleva el pasadizo de tus ojos. Qué vueltas hay que dar para encontrar un brillo, uno, que te explique.
Tiembla tu pulso. Suda la palma de tu mano, que intentás secar sobre el pantalón azul del uniforme. Mirás el piso. No ves el piso. Qué ves. Desde qué laberinto mirás.
Laten las sienes, laten, con un latido hirviente. Te inquieta.
Las manos sudan. Buscan, ávidas, la pelvis de acero. El fierro oscuro de tu pelvis, que seca el sudor de tus manos mejor que el pantalón del uniforme. Y te mecés. Encorvado y silencioso, te mecés. Te hamacás en una danza lenta de balsa a la deriva. Afuera todo es agua. Los pies no son tus pies en el agua salada que mece tu balsa. Deriva tu balsa, sobre un oscuro mar sin fondo. Tus pies desde abajo. Tus pies no son tus pies: los ves desde abajo, desde el fondo de un mar que no tiene fondo. Se acercan los pies, o vos a los pies, que no son tuyos pero están cerca. Vos, desde la deriva de tu balsa no ves que desde abajo ves tus pies, o unos pies, de otro, de quién.
Más rápido, abajo, hacia arriba, hacia los pies. Abajo sólo abismo, oscuro abismo. Te mecés, a la deriva, en la balsa que surca un abismo de agua. Desde abajo los pies parecen inocentes, ajenos a todo. Los ves más cerca; cada vez más cerca. Juegan en el agua fría de lo que para ellos es sólo abismo. Sienten el agua entre los dedos. Sentís, en tu balsa, el agua entre los dedos. Las sienes laten y te inquietan. Te avisan las sienes, qué te avisan.
Desde abajo los pies son inocentes; niños inocentes en las empedradas calles de alguna ciudad gris y lejana. Los pies se mueven dibujando círculos. Los niños juegan, en el extraño idioma de la ciudad gris y lejana. Bajo los pies un abismo frío, azul, oscuro. Sobre los niños grises de la gris ciudad, un cielo gris, frío y gris, oscuro. Bajo los pies tu rostro de afilados ojos. Sobre los niños bombas.
Ya casi llegás, abajo, a los pies que arriba sumergís en el sólo abismo que mece tu balsa. Ya casi los tocás, con los ojos afilados y la boca abierta. Retumban, laten, las sienes. Te avisan. Abajo abismo y bombas. Saltás, sobre tu balsa. La china te mira, qué mira, está caliente, seguro. Tus pies, los tuyos, laten con el mismo latido de las sienes y chorrean abismo junto al cajón de cervezas.

miércoles, 26 de agosto de 2009

trece horas: doce y veintitrés (V)

Viene de acá.

Había habido una lagartija, que había tenido una cola, antes de la navaja. La habías mirado, incrédulo, agitarse de pánico entre los dedos. Incrédulo le habías tocado la cabeza. Atrás los otros se perseguían por el patio. Habías acariciado el lomo pequeño, escamoso, blando. Habías pensado en eso de que la cola les vuelve a crecer después de que uno la corta. Incrédulo esperabas ese momento; esperabas que la nueva cola mostrara su punta verdosa o blancuzca, y fuera siendo cada vez más cola. Atrás los otros gritaban. Si a uno le cortan las piernas después no le crecen más, habías pensado. Pero uno no es verde y blando, habías pensado. Al costado la navaja continuaba abierta, manchada de algo gelatinoso que no era sangre. Atrás los otros te gritaban. Habías mirado esos dos tercios de cuerpo, todavía lagartija, y las patitas corriendo una carrera frenética en el aire. Habías sentido entre los dedos algo que sería el miedo palpitando y convulsionándose. Atrás los otros te llamaban para jugar al fútbol. Habías tenido ganas de estar solo, solo con tu lagartija. Habías pensado que nunca podías estar solo, ni siquiera cuando nadie estaba a tu lado. Atrás insistían. Habías mirado la cabeza pequeña de la lagartija y te habías preguntado si también le volvería a crecer después de cortarla. Entonces miraste la navaja, aún abierta, a tu lado.

La calle está más clara ahora. Está blanca bajo la fría blancura del cielo. Es hora de comer, pero él aún no comerá.
Palpa su arma oculta en la cintura. Primero disparo y después averiguo. Un semáforo le da luz roja desde el alma del embudo. Bip, bip, ordena. El se vuelve hacia la calle y mira, solo mira.

martes, 25 de agosto de 2009

trece horas: diez y cuarenta y uno (IV)

Viene de acá.

Va y viene. Se apoya en el ángulo de la pared, las piernas y los brazos cruzados. Algunos clientes lo saludan; muchos no.
Al fondo las góndolas cargadas, desprolijas. Jabón en polvo, papel higiénico, puré de tomates, marcas, precios. Un universo oscuro y sucio. Una atmósfera fría con luz de neón.
Hacia la puerta se achica el universo; se hace angosto como el cuello de un embudo. Toallitas, desodorantes, queso rallado. En la caja, la china. Bip, bip. Se mueve en un cuarto de vuelta. Bip, bip. Controla el flujo de gente. Gente sangre. La china es un semáforo. La china es un corazón.
Ahora la mira; sólo la mira. Intenta grabar sus gestos en la memoria, quedarse con esos rasgos finos, como de muñequita; retener alguna de las fugaces miradas que de vez en cuando ella deja caer, silenciosa e inexpresiva, sobre su rincón. Ahora sólo la mira; luego recuperará sus movimientos delicados, sus ojos rasgados, su cuerpo etéreo, y se masturbará sin pasión, casi con método, bajo un sudor verdoso de azulejos gastados. Revivirá aquellos gestos, aquella piel, aquel enigma y, como si fueran las piezas de un juego armable, las recompondrá en historias más o menos similares entre sí:

       ...la ponja se lame el labio de arriba mientras con una mano se toca entre las piernas...
                                                                                                                                         ...la ponja me pide que la coja sin parar arriba de la caja registradora...
                                                                                      ...la ponja en cuatro patas entre las góndolas del fondo...
             ...se calienta chinita con el macho argentino que tiene entre las piernas un pedazo de lonja...
                                                                                                                                                       ...a la ponja le gusta la lonja...
                                    ...a la ponja le gusta mi lonja...
                                                                                   ...la ponja me pide más lonja.

domingo, 23 de agosto de 2009

trece horas: diez y cuatro (III)

Viene de acá

Llueve. Mira al cielo. La lluvia no se ve en el cielo; se dibujan sus impactos en el charco de la calle, en las baldosas mojadas de la vereda. Desde la reja verde que está a su lado se descuelgan gotas hacia el piso. Se forman despacio, se van llenando hasta que la parte de abajo es más gruesa que el extremo pegado a la reja, entonces caen. Como paracaidistas. No, como bombas. Sonríe.
Pasa el tiempo. No es igual, el tiempo, ahí adentro. Es empalagoso. Es blando y es empalagoso. Son dos, tres, cuatro tiempos de afuera. Late. Se deja venir despacio, desde tonos graves a tonos agudos. Es como una gota sobre un jarro con agua; cuando parece que el jarro va a rebalsar, otra gota se acerca al infinito. El tiempo son las gotas de la reja. Una sola gota es el tiempo.

Cae la gota, y pica, y moja. Cae la gota, en la vereda, y pica, y moja. Cae la gota, en la vereda, oscura vereda, y pica, y moja. Gota en el jarro, gota en la piedra, gota en la frente, gota en la gota que cae sobre la vereda, y pica, y moja. Cae afuera, la gota, adentro la miro. Es la misma, es otra, la gota que cae, que pica, que moja. Cae sobre mi cuerpo quieto, cae. Pica sobre mi cuerpo inútil, pica. Moja la gota, moja, los músculos tensos sobre el cajón de cervezas, los pica, los moja. La china me mira, pica, la china callada, moja, la gota, la china, pica, y moja. La piedra y mi cuerpo, pica, sentado, moja, y espero la gota, pica, espero la gota, moja, la gota espero, pica, la miro, moja, y pica, espero, y moja, espero, la gota, espero la gota, y espero la gota que pica y que moja.

sábado, 22 de agosto de 2009

trece horas: ocho y veinte (II)

Viene de acá.

La reja verde ya está abierta. Los vidrios del frente cubiertos por carteles con ofertas. Adelante, entre el vidrio y la reja, bolsas de carbón y cajones vacíos. A su lado está él. Camisa blanca y pantalón azul, el uniforme desentona con las zapatillas claras, demasiado grandes.
Se acomoda un poco. Ni siquiera me ponen un banquito como la gente, piensa. Los costados del cajón de cervezas sobre el que se sienta están arqueados. Chinos de mierda, piensa y se lleva la mano a la cintura; es un gesto automático. Bajo el cinturón siente el relieve del arma. Cuidate Negro, recuerda que le dijo el padre cuando se la regaló. Primero disparás y después averiguás, le dijo.
Pasan los autos, a veces los cuenta. Circulan y se detienen periódicamente; se acumulan frente al semáforo de la esquina y luego arrancan  de nuevo. Como el flujo de un latido más grande, pensó alguna vez; como sangre en otra escala.

nada

¿Nadaremos, amor?
En esta nada,
¿nadaremos?

viernes, 21 de agosto de 2009

trece horas: siete y cincuenta y tres (I)

Apoyado contra la reja verde, espera. Las manos, hechas puño, en los bolsillos. Las solapas levantadas cubren la mitad de la cara. El vaho que espira por la boca hace parecer más crudo el frío de la mañana gris. Llueve. Las puntas de las zapatillas están mojadas y siente los pies fríos; mueve los dedos: húmedos y fríos. La vereda y la calzada están completamente mojadas. Es una lluvia tenue pero constante. Ha llovido buena parte de la noche y promete hacerlo todo el día. Trece horas, piensa, y escupe finito un metro delante de su pie. Mueve los dedos. Están fríos y húmedos. Trece horas, dice en voz baja. Hoy llegó temprano. Espera.

jueves, 20 de agosto de 2009

jorge money



Quizás

Quizás
cuando las aguas
regresen,
no se encuentren
sino arbustos
calcinados
y el árido polvo
del miedo
y la derrota...

flotando en el viento.


El hombre nuevo


He salido a buscar al hombre nuevo.
Buscándolo, quizás,
encuentre mi muerte.
No importa.
Lo que importa realmente
es la vida.
Aunque parezca absurdo,
yo moriré por ella.



Jorge Money era periodista. Jorge Money era poeta. Jorge Money fue asesinado por la Triple A el 15 de mayo de 1975.
El libro En la exacta mitad de tu ombligo, de la colección Los detectives salvajes (Libros de la Talita Dorada) reúne trabajos suyos inéditos. Se presenta mañana, a las 19, en el Centro de la Cooperación Floreal Gorini (Corrientes 1543, Capital Federal).

miércoles, 5 de agosto de 2009

desfasajes


Estamos desfasados.
Demasiado pronto, o diez segundos tarde.
Ella llega jadeando, pringosa y morada como un feto sietemesino, o pretenciosa y ridícula como una diva olvidada.
Estamos desfasados.
Yo la condeno de antemano al artificio, o la miro irse tras haberle pisado los talones.
Estamos desfasados.
La respuesta brillante y yo, estamos desfasados.

miércoles, 1 de julio de 2009

los otros de la región

Parte I


Parte II


Parte III
Hoy Juan Carlos Onetti cumpliría cien años. Me he estado preguntando por aquella región brumosa cuando encuentro estos videos.

Parte IV
"... mientras pensaba admirado en la facilidad de los hombres para espantarse de la muerte, para odiarla, para creer en escamoteos, para vivir sin ella". Los adioses (1954)

catarsis VI: la región del hombre

II
Me siento a los pies de la cama. Mi madre teje, del otro lado.
El murmura. Cosas incomprensibles. Gira la cabeza un poco, y habla a alguien detrás suyo. Asiente, sonriendo.
Clava los ojos en el techo, y se queda un rato así, mirando. Viendo. Después se duerme. Despierta, y vuelve a dormirse. A veces abre los ojos retomando un diálogo que acaso siguió desarrollándose.
Lo observo, tal vez pensando en la vejez. Por primera vez en mi vida, seriamente, pensando en la vejez. Preguntándome por la región en la que un hombre, un buen hombre, conversa al mismo tiempo con sus vivos y sus muertos.
Desde allí me mira, súbitamente. Le sonrío. Me sonríe y me guiña un ojo, apenas, rápidamente.
Mi madre, al lado, teje. No le digo nada.

catarsis V: el hombre.

I
El viejo charla con sus muertos. Llama a sus hermanos, a su mujer. Pide amablemente que lo lleven a su casa. Ya está en su casa.
Ríe, el viejo, con su risa de siempre. Se admira de lo verde que está el campo; habla de los toros. Recuerda alguna canción en vasco, y la canta hablándola, bajito. Su voz sale como un río de piedritas, trabajosamente. La canta como si fuera un niño, hasta el final. Hasta el centro de su memoria.
- Evidentemente me estoy infantilizando-, dijo hace unos días. Deliraba. Creo.

miércoles, 24 de junio de 2009

no se lo pierda, señora, habrá pochoclos...

El jueves 25 de junio de 2009, la revista Métrica -que ha tenido la disparatada idea de publicar algunas colaboraciones de quien suscribe- se presentará en el Centro Cultural de España en Buenos Aires (CCEBA, Paraná 1159), a las 19. Habrá cuetes y matracas, pochoclos y un puestito de globos. La chica de la tapa firmará autógrafos. Lindo, lindo va a estar.

"¡Tres pulgares arriba!". Chernobyl Review.

"Un punto de inflexión en la historia de la cultura occidental". Tokyo Books Magazine.

"No los conozco, no sé de qué me están hablando, ¡fuera de mi canon!". Harold Bloom.



Mencionando esta invitación, una palmadita y media sonrisa.

lunes, 27 de abril de 2009

chistar

Chistar no es fácil. Hagan la prueba. Parece fácil... pero no. Y mucho menos si se quieren hacer filigranas, qué sé yo, pequeños lujitos. Para rizar el rizo, como quien dice.
Yo, por ejemplo, últimamente ando chistando en otras notas, y la cosa no camina: chisto y chisto en do mayor -pongalé- y no hay nadie que se ría.

domingo, 19 de abril de 2009

el señor rouse quiere vivir en un pueblo tranquilo

Yo buscaba otra cosa... bah, no empecé buscando lo que de hecho apareció: buscaba una música, un cantante, un clima. Encontré todo, no fue difícil. Pero había más, y aún mejor... Todo eso ocurriendo en mi pueblo.

sábado, 18 de abril de 2009

catarsis IV: ojos

Hay dos ojos. Dos ojos de los que uno no puede apartarse. Levanto una mano: los ojos observan, impasibles. Flexiono las rodillas: los ojos me siguen, implacables. Salto como un chimpancé: ahí están, juzgando.

Dos ojos. Como los de las estatuas que abren los párpados y congelan, y matan. Como los de la cobra que sisea, enrollada sobre su propia cola. Como los de. Dos ojos.

De repente pienso: pero…, y si…, a lo mejor soy yo… Y al momento son eso: dos ojos.

domingo, 12 de abril de 2009

catarsis III: ciudades

Son casi las seis de la mañana. A lo lejos suena la bocina de un tren. Es apenas diferente al resto de los sonidos de la noche: una exhalación; como el quejido de un viejo moribundo.

Toda ciudad debe tener un tren que suene a lo lejos, más allá de oscuridades y vahos, cruzando calles y avenidas desiertas. Le recuerda a uno dónde está la estación, dónde la salida. Permanecer, entonces, quedarse, puede ser una elección, y no una circunstancia o una fatalidad.

Algunos diálogos, ciertas conversaciones, son a veces comparables con pequeñas ciudades. Tienen una estructura, una arquitectura propias. Tienen anchas avenidas por las que circulan los grandes conceptos, las ideas contundentes, y callejuelas adoquinadas, que se abren perpendiculares, y en las que hay que moverse más despacio. Aquí puede uno perderse, si es medio forastero… Pero imaginemos el caso de un hombre –un hombre solo, de mediana edad, sin señas particulares destacables- que por algún motivo debe quedarse en la ciudad. Quiere irse, pero no puede. Una condena, por ejemplo. El tipo tiene que recorrer la ciudad eternamente, buscando la forma de salir. Supongamos que es siempre de noche. Supongamos que es la única persona del lugar.

Caminaría, el hombre, cada calle, cada avenida, sin descanso. Al principio, seguramente, con cierta ansiedad, casi desesperación. Y nada. Después con un plan, en el que persistiría un tiempo… y nada. Finalmente, no le quedaría más remedio que tomarlo con calma: optaría por las callejuelas y sus adoquines. Descubriría allí un mundo, un universo de infinitos matices. Olvidaría momentáneamente su objetivo original, y se entretendría en la textura pequeña de la pequeña ciudad. Entraría en las casas deshabitadas -¿abandonadas?, ¿sencillamente vacías?-, hurgaría en los muebles, robaría alimentos, se probaría zapatos de otros. Así durante semanas, meses, hasta conocerlo todo. Hasta aburrirse. Recordaría entonces que alguna vez quiso salir, y se lanzaría a las calles con renovada energía.

Imaginemos que oye, entonces, la lejana bocina de un tren. Recuerda la estación en la que alguna vez estuvo, y corre hacia allí. Tropieza con los adoquines irregulares, se cae, se levanta, corre. Salta tapias, charcos, veredas, con los zapatos de otro. Corre. Un poco más cerca, la bocina del tren. Dobla esquinas, cruza avenidas, bulevares, plazas. Corre hacia la estación, que ya puede ver, casi cerca, cuando vuelve a escuchar la bocina del tren. La tercera. La vencida. El tren se va. Lo ve irse, inalcanzable. Ultimo.

Se derrumba y llora. Se desploma en la solitaria estación y solloza como un chico. Está así un día, o dos. Finalmente se levanta y, con paso cansino, vuelve hacia la pequeña ciudad. Se pierde, caminando resignado, por sus laberínticas calles. Regresa, como un paria, a la conversación de siempre –ahora sí: una fatalidad-, alguna vez surcada por una lejana bocina de tren.

miércoles, 8 de abril de 2009

acorazado


Algunos días me siento un poco a la defensiva...

catarsis II: espiral hacia el fondo.

La locura no está tan lejos como para no temerle.


Imagino con alguna frecuencia que destrozo mi casa. Frente a los ojos atónitos, temerosos, de mi familia, destrozo objetos y estructuras de la casa. De un modo incontenible: derribo mesas, lanzo electrodomésticos contra los vidrios, rompo con los puños pedazos de pared, pateo la madera de las puertas, partiéndola en pedazos.
Mi madre grita. Mi hermana llora. Mi padre, impotente, observa.
Claro: después me llevan, agotado y ya indefenso -probablemente rendido, tal vez convencido- a un hospital psiquiátrico. Me drogan. Me atontan.
Quedo durante un tiempo internado, y vienen a verme con frecuencia, cargados de angustia e irrenunciable amor. Mi madre, abnegada, está ahí todos los días. Yo, en general, los recibo en paz: estoy dopado y, seguramente, arrepentido. Alguna vez, puede ser, los espero con desprecio, con fingida indiferencia... quiero destrozar -con igual violencia- su corazón. Pero no quedan rastros de ése por la mañana. En general, soy un interno pacífico y amable. No soy divertido. No podré volver a serlo. Eso apena mucho a mi hermana, con quien jamás volveré a tener la relación de antes. Su confianza ha muerto para siempre.
Mi padre se vuelve mucho más blando. Acepta mi locura como un designio, o algo así. Permite más, ahora, su propia ternura. Tal vez todos se sienten más unidos.
Mis amigos. Algunos de mis amigos a lo mejor vuelven a hablarme, alguna vez. Pero muchos no me buscan más. Mencionan mi nombre en algunos de sus encuentros, al principio con cierta carga de empatía, o nostalgia de quien alguna vez fui. Luego con mayor distancia. Finalmente, pasados unos años, hacen chistes ingeniosos, divertidos, sobre mí.
Salgo de la internación mucho más parco. A veces sonrío, pero tímida y fugazmente. A lo mejor con el tiempo me acercaré un poco a éste que ahora escribe. Pero en el fondo de los ojos, en el último tramo de la espiral de las pupilas, una opacidad dará cuenta de una noche, una lejana noche, de liberada violencia.

catarsis I: la no apología.

La furia es un animal caliente. Es la sangre caliente de un animal agazapado.
Furia agazapada, hambrienta de destrucción. Una destrucción purificadora: un arranque de violencia que atraviese los músculos, los huesos, las arterias, y deje tras de sí un cuerpo nuevo, un hombre nuevo, tiritando, lleno, entonces, de paz.
Violencia que, atravesando un cuerpo, construya un nuevo hombre y un mundo nuevo.

Pertinente aclaración: el texto que precede estas líneas no fue escrito con ninguna intención propositiva ni glorificadora... Es, en todo caso, la expresión -más o menos afortunada- de un impulso (o insomnio) que su autor puede reconocer y lo inquieta. Ninguna idea de Hombre Nuevo, hecho de violenta masilla, seduce al escritor de aquellas palabras, a quien sí le gusta, en cambio, hablar de sí mismo en tercera persona, como los grandes futbolistas.

martes, 3 de febrero de 2009

humo alemán


el humo alemán asciende
lejos
detrás del vidrio la noche oscura
en intermitencias de damero
allí una cocina con silueta
allá un baño con brazo extendido
cuerpo muerto de aguja penetrante
cuerpo muerto de angustia
de tristeza
de huida
a la mentira dulce
cuerpo muerto entre azulejos.

El calor
los pies hinchados
el calor
y un arbolito de azules
rojos
verdes...
el calor y eso
allá, en la soledad.