viernes, 23 de agosto de 2013

la baba del sintagma


Dislocar la palabra
como se disloca
un cuerpo
estirar cartílagos
junturas
tirar de los piolines
retorcer las fibras
hurguetear la culpa
la risa
los humores
palpar los bordes
pilosos
            porosos
                         primorosos
lamer el miedo
adentro
             más adentro
tensar el eje
comprimir el verbo
buscar el alma en
la baba del sintagma
y luego
con sorpresa
y ya sin aire
...
quedar allí
                 en suspenso.

llamaradas


Se mueve la entraña
se tuerce
se troca
se retrueca
crece
para abajo
se hunde
en repliegues
gira
se comprime
late
contenida
y salta
finalmente
en llamaradas
biliosas
viciosas
viscosas
que escupiendo
hipando
rengas
te cuentan
un cuentito
y estiran
una rosa.

Escrito con algún objeto punzante en la parte interior de la cáscara de una mandarina. La reconstrucción llevó meses. Terminó anoche, mientras nevaba.

jueves, 22 de agosto de 2013

nombres


Quedate tus misterios
(no los quiero)
el juego dulce y lacerante
del ademán
guardalo
(es tuyo)
quedate la incógnita
el velo
los espejos
los nombres
y nombres
y nombres
tus infinitos nombres
tenelos
quedate los silencios
las elipsis
el verbo porfiado
quedate el trabalenguas
(no lo quiero)
quedate aquellas lágrimas taimadas
los soslayos
quedate los secretos
las luces escondidas
llevate este dolor
(es tuyo)
este resentimiento
y devolvé mi nombre
el mío
el que robaste
traelo
que ando desnudo

y es invierno. 

De un papel doblado cuatro veces y mojado por la lluvia. Sin nombre.

domingo, 11 de agosto de 2013

Charles Bukowski (I): el poeta y el crítico


sobre la lectura de una crítica

es difícil de aceptar
y buscás en la habitación
a la persona de la que están
hablando.

no está ahí
no está acá.
se fue.

cuando llegan a tu libro
ya no sos más
tu libro.
estás en la siguiente página,
el siguiente
libro.

y peor,
ni siquiera entienden bien tus viejos libros.
te dan crédito por cosas que no lo
merecen, por claves que no están
ahí.

la gente se lee a sí misma en los libros, forzando
lo que necesita y descartando lo que
no.

los buenos críticos son tan raros como los buenos
escritores.
y si me hacen una buena crítica o
una mala
no tomo ninguna
seriamente.

estoy en la siguiente página.
el siguiente libro.


De Betting on the muse: poems & stories. Black Sparrow Press, 1996.

martes, 16 de abril de 2013

crónica de un descubrimiento

(Corrían los primeros meses de 2002, y yo los perseguía sin alcanzarlos... esto fue escrito en esa vertiginosa carrera) 



Recuerdo, casi con gracia, que me parecían duros los tiempos de la primera devaluación. Creíamos entonces inadmisible ver reducidas a la mitad de su tamaño las monedas que con esfuerzo habíamos logrado acumular con años de trabajo. Claro, en ese momento no imaginábamos lo que vendría después; si todavía puedo revivir el estupor que sentí cuando, una voz metálica de nadie, anunció por la tele la devaluación del tiempo austral. No era, en apariencia, más que otra devaluación, pero me parecía exageradamente cruel que equipararan la cadencia temporal a las fluctuaciones monetarias, haciendo de una y otras lo que mejor les parecía en favor de sus propios intereses.
Desde luego, era algo injusto: cómo explicarle a la abuela Jacinta, ya sorda y casi ciega, que ahora un segundo valía dos de los de antes, si todavía hablaba de cinco y diez pesos para significar quinientos y mil. Cómo asumir uno mismo, caramba, que se tornaba literal aquella vieja afirmación de que en Europa el tiempo pasaba más rápido.
Fue aquella devaluación la que me empujó a tomar una decisión, y quise poner los puntos sobre las íes. En eso estaba, bolígrafo en mano, marcando gravitantes puntos sobre cada "i" de mis viejos textos, cuando entendí que la lucha, en verdad, estaba en la calle. Me asomé a la ventana y pude verlos: en un rincón un pequeño hombrecito con un moño rojo, y en el otro, el mismísimo Lucifer, con su erguida musculatura enfurecida, del color de un ladrillo, dispuesto a despedazar entre sus fauces al ridículo contrincante. Una enorme narizota gangosa relataba los pormenores de la trifulca a la enfervorizada multitud.
En lo mejor del combate, tocaron el timbre de mi departamento, por lo que a regañadientes me dirigí hasta la puerta: 
- ¿Quién es?
- Sí, de las Niñas Exploradoras del barrio...
- ¿Qué desea?
- Estamos haciendo una colecta, junto al Sindicato de Obreros de la Metalurgia, a fin de reconstruir nuestra sede, que quedó destruida por el huracán Claribel...

Abrí la puerta y allí estaba, graciosamente cuadrada en su uniforme de niña exploradora, una rubiecita de simpáticas trenzas y millones de pecas dibujando un microcosmos en el rubor de su rostro. De su mano derecha se descolgaba una soga no demasiado larga, en cuyo extremo un cerdo de no menos de doscientos kilos eructaba bellotas y trataba en vano de revolcarse en el fango del pasillo. "Debo reprender al encargado", pensé, y luego tiré mi oferta:

- Te doy seiscientos pesos por el cerdo si prometés no decir a nadie que me viste despeinado...
- Vamos, vamos, Gálvez...-, dijo la niña mientras encendía con la boca ladeada un cigarrillo negro, -... usted bien sabe a qué he venido.
- Te envía él, ¿no es cierto?
- "El" es un término un poco fuerte...- sobreactuó- Yo más bien hablaría de "El Señor Presidente".
- Llamalo como quieras, esbirra, pero decile a tu jefe que la última vez le avisé que no volvería a votarlo.
- Palabras, palabras... Gálvez, sabemos exactamente dónde encontrarlo; conocemos todos sus movimientos; controlamos sus sueños y sus delirios; somos el papel higiénico con que se limpia el culo... No quiera jugar al gato y al ratón, porque en ese juego, sépalo, a usted le toca ser el roedor.

Cerré la puerta de un golpe, y casi inmediatamente escuché el timbre de la vecina. "Sí, de las Niñas Exploradoras del barrio...", repitió como un estribillo la dulce vocecita.
Estaba aturdido. Necesitaba una ducha, así es que salí de casa y me dirigí al negocio de repuestos de plomería de la esquina. Tras caminar veinte metros, desde debajo de una baldosa rota saltó un cacerolero exaltado con la firme intención de organizarme un escrache, habiéndome confundido con un ministro de apariencia renovada. Tuve que correr desviándome de mi destino, y fui a parar a un antro oscuro y humeante, en el que me refugié de la violenta turba que se había formado. Me senté en la barra y pedí un güisqui doble. No llegaron a servirme, pues otro grupo de gente hizo su ingreso por la puerta trasera del local, señalándome y repitiendo mi supuesta identidad. "Más turbas", pensé, y comprendiendo que no lograría esclarecer el malentendido me escurrí por una claraboya del bar, tras esquivar el cross de derecha de una octogenaria borracha.
Fui a parar, nuevamente, a la calle. Tenía hambre, así que quise arrancar una ciruela de uno de los árboles que bordeaban la vereda. Cuál fue mi sorpresa al notar que se trataba de plantas artificiales, con frutos de plástico. Fue tal mi desilusión que permanecí llorando desconsoladamente unos buenos cincuenta segundos. Había sido un mal comienzo para ese día, y traté de recordar si al levantarme esa mañana había apoyado primero el pie derecho o, como en verdad sospechaba, el izquierdo. Estuve un rato considerando las probabilidades de cada una de las opciones, teniendo para ello en cuenta la localización de mi cama y las posturas que usualmente asumía mi cuerpo en los momentos previos a la incorporación. No llegué, de cualquier modo, a una conclusión cerrada, pues un rebaño de ovejas, a cargo de un muchachito que vestía como un tirolés, inundó de golpe la calzada y ya comenzaban a trepar por el cordón, en busca de un mísero pasto que llevarse a la boca. Traté de advertirles que esas plantas eran de plástico, y probablemente las matas de hierba que a su pie crecían también lo fueran, pero se limitaron a repetirme a coro un displicente "beeeeee", y, obediente, me fui.
Todo me estaba resultando extraño, aunque no terminaba de percatarme de qué estaba fallando. Descendí por la calle Chile, en busca del Bajo porteño. Lo vi, apenas cruzada la 9 de Julio, a lo lejos, pero en cuanto me divisó se escabulló tras una esquina, con sus cortas piernitas y su sonrisa canchera de lado. Estaba, otra vez, tratando de jugar conmigo, pero me prometí no llevarle el apunte: que estudiara de sus propias notas.
Pensé que tanto sinsentido era consecuencia de la ineptitud de nuestros dirigentes, y no se me ocurrió mejor idea que dirigirme a la Casa Rosada, con el objetivo de exigir explicaciones coherentes a tanta incoherencia. Estaba cerca, pero era tal mi urgencia por llegar, que decidí utilizar el subte. Ingresé en una de las tantas bocas por las que el terrible gusano traga y vomita caudales de gente de todos los tamaños y condiciones. Me sentí canapé. Era una de las horas punta, por lo que el vaho me inundó los pulmones, en sustitución del sano aire silvestre que podía respirar en la superficie. Sentí cómo las órbitas de los ojos me quedaban pequeñas, y pude imaginar el color morado que mi piel debía presentar, pues todos me miraban horrorizados. Pedí que llamaran a Cardio, pero evidentemente me debo haber expresado mal, porque vino un tal Ricardo que decía no conocerme para nada, e ignoraba por qué lo requería. Tras un ineficaz ensayo de explicación por mi parte, con convulsiones y aleteos histéricos incluidos, una enfermera pechugona que viajaba en el extremo del vagón se acercó con la bombona de oxígeno que, casualmente, cargaba en su bolso. Para ese entonces, ya habíamos llegado a la parada en que debía bajarme, así que me dejé arrastrar por la muchedumbre hacia Avenida de Mayo.
Casi mágicamente, todo vestigio de vida humana desapareció de mi lado cuando comencé a caminar hacia la imponente casa de gobierno. De eso no me di cuenta hasta después de unos instantes, en que sin embargo sí noté que algo estaba sucediendo.
Una hoja de periódico arrugada pasó delante de mí arrastrada por el viento tórrido del mediodía. Era la tapa, en la que un señor de rasgos orientales se saludaba con el presidente de los Estados Unidos mientras ambos miraban a los fotógrafos que se adivinaban tras la escena retratada.
Me llamó la atención que ningún agente de la ley impidiera mi acercamiento al portón del histórico edificio. Dudé unos instantes y finalmente estiré mi mano derecha para abrir la enorme madera. Diría que se abría hacia adentro, pero en realidad se abría hacia fuera. Me explico: debí empujar la puerta, pero ésta no se movió hacia adentro de nada, pues como comprobé inmediatamente después, ese fastuoso edificio no era más que una enorme maqueta de papel cartón; un decorado teatral. Todo empezó a encajar vertiginosamente en mi cabeza: mi país era de mentira; era una fachada, una gran fachada mediática organizada por los intereses imperialistas de Taiwán. Debía haberlo imaginado antes. Todo seguía una secuencia lógica: primero inundar el mercado con sus productos a bajo precio; luego aturdir a base de sexo bruto a toda la dirigencia occidental; y finalmente tomar las riendas del poder, el mango de la sartén, para hacer del mundo su propio omelette. Todo esto (las devaluaciones, las turbas, los discursos encendidos de los políticos de turno, las misiones del FMI...) era una maniobra dilatoria, una operación de distracción. Muy bien orquestada, por cierto, pero sin tener en cuenta el brillo intelectual de personas como este cronista.
Después de tal revelación, sentí una inmensa indignación, una bronca casi animal que me llenaba el estómago de ruidos inéditos. No podía quedarme con los brazos cruzados, así que metí las manos en los bolsillos y seguí caminando, en busca de un puesto de panchos.