viernes, 30 de marzo de 2012

peón cuatro rey


Hace algunos años viví con un amigo fanático del ajedrez. Los dos éramos fanáticos del ajedrez. Después de comer nos trenzábamos en sanguinarias partidas que por lo general no duraban más de veinte minutos. Jugábamos tres o cuatro seguidas. Teníamos estilos muy distintos: mientras yo trataba de elaborar una estrategia, un sistema de juego, él asesinaba sin vueltas lo que se le pusiera a tiro, rompía mis filas, sacrificaba sus piezas en ataques desaforados y sumamente destructivos. Sus caballos eran una pesadilla. Yo me pretendía ordenado y paciente. Él era espontáneo e ingeniosamente pragmático. Por supuesto, yo perdía casi siempre.
Un día entendí mi error. Mientras yo trataba de ocultar mis intenciones más inmediatas, de resultar enigmático, él se lanzaba escandalosamente a acorralar a mi dama, o a preparar un mate en dos jugadas. Con descaro. Sin maquillaje. No desperdiciaba movimientos tratando de disimular que su objetivo último era ganar la partida. No intentaba disfrazar la condición del juego. Puede que sea una obviedad, pero para mí en ese momento fue una revelación.
Tuvieron que pasar varios años más para que descubriera, ahora, que lo mismo vale para pensar la narración. Si, como se ha dicho por ahí, la escritura literaria es un ejercicio de enmascaramiento (y lo es, estoy seguro), lo que debe enmascararse no es, de ningún modo, la voluntad de narrar. Es una pérdida de tiempo. Entenderlo no sólo modifica un estilo: modifica, sobretodo, una forma de mirar.