lunes, 15 de diciembre de 2008

Las conquistas de Valentino XII: el hundimiento. (Último capítulo)

ADVERTENCIA: Viene de acá. El inicio de la serie acá.


Los cuerpos desnudos sobre las baldosas frías de la parroquia, aún agitados, todavía sudorosos, eran el correlato burdo - sucio- de un estado espiritual sublime. La enésima comprobación de que para ascender a la liviana pureza hay que someterse antes a la bajeza, pesada, del barro. Y eso es violencia. Porque lo que allí había acontecido, amigos, amigas, era una lucha: dos espíritus en pugna, dos inteligencias acechándose, esperando el momento de golpear y, cuando llegó, procediendo sin dudar.
Domino ese juego, y contaba con la ventaja de la sorpesa. No era mi primera vez, aunque mi contrincante no lo supiera. Pobre criatura: tan indefensa, tan entregada, al final del recorrido. Tan funcional a mi deseo...
Vaciar de voluntad un cuerpo: de eso se trata, al fin y al cabo. Devorar su voluntad, alimentarse de ella. Después de la tercera, cada nueva víctima se ajusta mansamente al guión. Tarde o temprano. No negaré que esta vez demandó un esfuerzo extra, no, pero tampoco fue algo extraordinario.
El espacio penumbroso, húmedo de la parroquia era perfecto. Los gemidos se elevaban como una oración. Sentía, con cada acometida, que mi propia imagen ascendía hasta el nivel de las figuras sagradas: los santos, las vírgenes, el propio Jesús, viéndolo todo desde su madero último. Quedaba yo a su lado, en igual posición, habiendo consumado mi propio sacrificio. Ja. Bien mirado, tiene gracia.
Y después el éxtasis. El ridículo cuerpo acurrucado, como el de un feto. Nada más patético y tierno al mismo tiempo. La mirada de desconcierto cuando me levanté y comencé a recoger mis cosas, a vestirme. Los ojos, anhelando una orden, incapaces ya de la menor dignidad. Esperé un segundo, gozando anticipadamente lo que sabía que iba a suceder: el rostro contrayéndose lentamente, el temblor en el mentón, la anegación de las lágrimas... Yo era, una vez más, el centro del universo. Ya podía irme, plenamente satisfecha, porque abandonar curas, deben saberlo, me causa tanto placer como conquistarlos.

Fin

domingo, 14 de diciembre de 2008

acróbata



Juan Villarino es marplatense, pero desde hace unos años ésa es sólo una referencia de origen: lleva gastados varios pares de botas caminando, literalmente, el mundo. Viaja, haciendo dedo, por lugares que solemos conocer - o desconocer- a través de los noticieros.
De su paso por Medio Oriente ha escrito un libro titulado "Vagabundeando en el Eje del Mal: redescubriendo Irak, Irán y Afganistán a dedo". Es un buen libro, cuya lectura recomiendo.
La escritura y la fotografía no sólo son sus instrumentos para contar el mundo que conoce, sino también "productos culturales" cuya venta financia la continuidad de su paso...
Este martes 16 de diciembre, en el Centro Cultural Mu (Hipólito Yirigoyen 1440), de Capital Federal, habrá una proyección de fotografías tomadas entre el 2005 y el 2007, entre Irlanda del Norte y Tailandia. La entrada será libre y gratuita.

viernes, 5 de diciembre de 2008

we're back...


... surcando el aire platense, y la red global acá nomás, todos los jueves, de 23 a 24 hs, nos empeñamos en martirizar sensibilidades con un poco de jazz y algunos complementos. Anoche lanzamos la segunda temporada, que viene con corresponsalías, giras mágicas y encendidas polémicas entre el Dundy y el impresentable Don Viturbio. Por suerte, Flor, la reina del éter, pone un poco de dulzura femenina en todo este desaguisado.
Si así y todo sucumben, aguijoneados por la curiosidad, están a un click del asunto (o un par, bah).

Nota: para entender un poco más de qué se trata todo esto, el blog de la temporada pasada.

viernes, 7 de noviembre de 2008

Las conquistas de Valentino XI: bajo la cruz, casi un final...

Viene de acá.



El eco de mis pasos ascendió y se multiplicó, rebotando en las concavidades de la bóveda. Fueron pasos lentos; no había apuro.
Allí estaba de nuevo, en la penumbra húmeda de mi refugio. En la seguridad de mi territorio, al que volvía transformado, fortalecido. Había transitado los desfiladeros de la locura, y no podía saber si no había caído en ella. Pero ya no importaba. Ahí no. En esa parroquia, mi poder era absoluto: yo representaba, al extremo del corredor central, sobre los rústicos mosaicos, envuelto en el aroma de la cera derretida, la idea de la divinidad. Yo era dios.
Acaricié al pasar la madera de los bancos. Recuperé su tacto. Incorporé su firmeza.
Las figuras sagradas me veían andar. Sentía sobre mis hombros sus miradas aprobatorias. No temas, Valentino, me decían. Toma lo que es tuyo.
Me detuve frente a él, y me persigné. El Hijo. Su corona de espinos. La hendidura en el costado. El sacrificio. Mi señor, tú que lavas el pecado del mundo...
Bajo la cruz, de espaldas a mí con la cabeza baja, estaba ella. Murmuraba; juraría que estaba rezando. Observé sin prisa sus hombros redondeados, las pecas, sutiles, sobre la piel blanca. El torso se ensanchaba hacia la cintura, y se expandían desde allí unas caderas amplias como un océano.
Adivinaba su tersura bajo la tela del vestido. Este terminaba en una especie de encaje, sobre el hueco que se formaba detrás de las rodillas. Me estremecí: frente a mis ojos estaba la pureza.
Ella permanecía inmóvil. Nunca había podido observarla con tanto detenimiento. Tuve ganas de llorar, pero no lo hice: en ese momento era un guerrero, un cazador, y tenía una misión.
Hablé con autoridad.
- Aura.
Ella levantó apenas la cabeza y, sin volverse, llevó las manos hacia su espalda, bajó el cierre del vestido, desplazó los breteles sobre los hombros, y dejó que cayera la liviana tela. El vestido, amontonado, yació a sus pies.
Fue la luz.

(...)

jueves, 6 de noviembre de 2008

a lo mejor una noche

I

El velador en el piso de la habitación, jugando al insomnio. El mate fuera de hora y las zapatillas al alcance de la mano.
Algo no está bien en esta soledad adolescente.
Algo no está bien.


II

Acá adentro no hay aire
me cierro sobre mi
lamiéndome
oliéndome
palpando
me respiro
y me voy
en una exhalación.

Ya no soy.

oiga, don



"Tan fácil", de Für Elise.

lunes, 3 de noviembre de 2008

gustos son gustos

"Yo soy de lo dulce", dijo uno. "Yo soy más de lo salado", dijo otro.
"Yo soy de la pena de muerte", dijo la señora. Creo que después hasta quiso argumentarlo.

sábado, 1 de noviembre de 2008

la prueba


Una vez quise ser futbolista. Era chico. Había quedado paseando solo, no sé por qué, en un pueblo vecino al mío. Llegué a una cancha de fútbol de once, en la que se entrenaba un grupo de nenes más o menos de mi edad. Se divertían. Era una tarde de sol y temperatura perfecta. El tiempo pasaba en ese lugar con otro ritmo.
Me estaban esperando, pero yo quise ser parte de ese grupo, compartir ese tiempo.
Me acerqué al entrenador y le dije que quería estar en el equipo. No pensé que vivía en otro pueblo, que no sabía si podría entrenar, o ir a los partidos. En unos segundos un montón de caras rubias - en mi recuerdo aparecen sólo caras rubias-, coloradas por el sol y el ejercicio, me habían rodeado y me miraban con curiosidad.
El entrenador me dijo que tenía que probarme. Acepté. Fuimos hacia uno de los arcos; los rubios venían, como un sólo bloque, detrás nuestro. Al que tenía un par de guantes lo mandaron a atajar. El entrenador puso la pelota sobre la línea del área grande, de frente al arco. Entendí que tenía que pegarle: tomé carrera y le pegué de lleno con la punta del pie. Puntinazo. Dando saltitos rápidos, la pelota se acercó hasta las manos del arquero, que la tomó sin problemas. Hubo un murmullo de aprobación.
- Y eso que está con zapatos, escuché que decía uno.
Supuse que el ejercicio consistía en llegar al arco. Me sentí orgulloso. "Lo hago siempre", decía mi cara.
El entrenador, con cierta solemnidad, me dio los días y horarios de entrenamiento. Me fui feliz. Nunca volví.
Con los años empecé a preguntarme si no habrá sido todo una burla. Oigo ahora, cargadas de ironía, las palabras del muchachito a mis espaldas.

elecciones

- Debes elegir, Aquiles...

Y Aquiles eligió la docencia.

domingo, 26 de octubre de 2008

Las conquistas de Valentino X: la cacería.

Este breve capítulo está dedicado a Leo, que persevera más allá de la prudencia.

Viene de acá. Toda la serie (excesiva, sin dudas) acá.




Cerré los ojos. Me sentí intrépido, y un extraño orgullo llenó mi pecho. Me concentré en el aire salobre. Estaba renaciendo. Los maderos crujían con los golpes del casco sobre el mar. Un silencio de tumba pesaba en la embarcación. Los semblantes de mis hombres - porque estaban ahí, lo juro- permanecían tensos y temibles. Manos recias sosteniendo cabos. Miradas oscuras siguiendo una estela. Paladas profundas, mecánicas.
- ¡Remad, hijos del Diablo!, tuve ganas de gritar. Grité.
El taxista me miró desde el espejo retrovisor. A dos coches de distancia, el taxi de Aura avanzaba a toda velocidad. Mi timonel no le perdía el paso.
Desde mi posición podía distinguir los hombros y la nuca de mi blanca gorda. Imaginaba los dedos redondos entrelazados sobre su regazo. Adivinaba sus mejillas bañadas por las lágrimas.
No escaparía esta vez. Ya había estado en el infierno, y ahora, ante la nueva oportunidad, me sentía fuerte. Invencible.
Nos acercábamos a la presa. Ya estaba casi a tiro.
- Bien hecho, muchacho - murmuré-, bien hecho.
- Son seis con cincuenta, maestro.
Había frenado. Miré adelante y alcancé a ver el vestido de Aura bajando de su taxi y sumergiéndose en las oscuras profundidades del oceano. Vi, entonces, dónde estábamos. No pude reprimir una sonrisa.
Pagué y bajé del auto. Acomodé mis ropas. Respiré profundo y me encaminé con paso seguro hacia el interior de mi pequeña parroquia.

lunes, 20 de octubre de 2008

dialoguitos transpirados (I)


En el gimnasio, un muchacho tirando a fornido le da consejos a otro, evidentemente novato.
- Sí, pero vos tenés cuerpo - responde el principiante, largando las palabras como si las llorara-; yo no tengo cuerpo, y tengo panza.
"Cerrá el ombligo", daban ganas de decirle.

jueves, 2 de octubre de 2008

las vidas de los otros


La mujer relata al hombre de traje el problema con su marido. Estuvo en un psiquiátrico y se escapó. No quisieron aceptarlo de vuelta, y desde entonces no sabe qué hacer con él.
El hombre de traje asiente. Sostiene una carpeta por la que asoman algunos papeles. Al principio pienso que es un abogado, a quien la mujer consulta para presentar alguna demanda. Pero al poco tiempo una chica sale del ascensor y se acerca a donde la mujer y el hombre hablan.
- Ella es la hija- dice la mujer-. El es el doctor, el psiquiatra.
Se dan la mano. La chica se queda parada un momento, mirando el piso. Titubea y después desaparece por el pasillo.
- Bueno, ahora ya tengo la orden judicial, pero igual tengo miedo de que, cuando él esté mejor físicamente, no lo quieran aceptar en el hospital.
El hombre asiente, y dice algo que no llego a oir. Parece tranquilizar a la mujer.
Una enfermera me hace señas desde lejos. El piso ya está seco. Vuelvo a la habitación. En la camilla, la respiración continúa, profunda.
En la calle, cuatro pisos abajo, se amontonan los autos en doble fila, suenan bocinas, los conductores frenan y luego vuelven a avanzar. Peatones cruzan en mitad de la cuadra, caminan por la calzada, entran y salen del edificio. Nadie levanta la cabeza. Nadie mira hacia la habitación contigua desde la que, estoy seguro, la chica observa las vidas de los otros.

ánimos

El cinismo pertenece a un estadío avanzado de la desilusión.

viernes, 5 de septiembre de 2008

los círculos imperceptibles

Dos fotos. Entre ambas, más de veinte años. Las fotos están ahí, en álbumes separados, en esferas aisladas durante un montón de tiempo, hasta que alguien las conecta. Viendo una, recuerda la otra. La busca, la encuentra, las pone juntas. Las fotos son casi iguales, o demasiado parecidas: las mismas dos personas, en el mismo lugar, en similares posiciones... pero con veinte años de diferencia.
Como si un pequeño círculo se hubiese cerrado. Un pequeño, imperceptible círculo, que sólo la casualidad hace visible, pero que seguiría siendo un círculo aún si no lo hubiésemos visto.
Se me ocurre que nuestras vidas están llenas de esos círculos. Bailamos la precisa coreografía del azar.

libro abierto/libro cerrado


El local es chico, con los libros amontonados en los estantes, llenando cada espacio. Junto al mostrador, sobre el piso, un par de cajas abiertas con libros adentro.
Pregunté al hombre del mostrador sobre libros de radio. Mmm, hace. Está fumando. Con el cigarrillo en los labios mueve los libros de un estante cercano. Sigue haciendo mmm.
- Tengo éste, nomás.
Me alcanza un libro envuelto. Dos tiras de cinta scotch cierran el pliegue del nylon. El sigue buscando. Menciona uno sobre televisión mientras yo leo la contratapa; de radio, sólo ése, dice. Parece interesante.
- ¿Puedo abrirlo?, pregunto.
- No, está cerrado, responde suavemente. El cigarrillo se mueve en los labios cuando habla. Sigue recorriendo los libros del estante.
Vuelvo unos segundos sobre la contratapa. Me siento un poco descolocado por la suavidad de la respuesta. Y por su sinsentido: pregunté si podía desenvolver el libro porque sabía que estaba cerrado. La respuesta, entonces, no explica nada. Sólo niega. Pero con suavidad.
- Si no sé lo que hay adentro no sé si me interesa comprarlo, digo, sin abandonar la cortesía en la que nuestro diálogo está instalado.
- Sí, pero está cerrado.
Pienso en lo rotundo que puede resultar un libro cerrado. En lo infranqueable del celofán.
- Bueno, muchas gracias -digo, y le vuelvo a entregar el libro envuelto-, que tenga suerte.
- Gracias, viejo, hasta luego.
Salgo de la librería preguntándome cómo le estará yendo en el negocio.

ignition

"¿Cómo reacciona la ciudad ante la inminencia de un hecho trágico transmitido en directo? ¿Qué caminos eligen tomar los encargados de contarlo?Arranca la función real del circo urbano completo. Nadie quiere estar ausente. Terminó una cuenta regresiva. Le sigue una peor. A partir de ahora -con cuatro capítulos por semana- empieza la historia online del morbo".

Así invita Don Aon a sumergirse en su relato. El primer capítulo ya está acá, y promete acción.

martes, 2 de septiembre de 2008

periodismos

Hace unos días, Luís publicaba, en Pulga de libertad, este post a partir de una renuncia en el Chicago Sun-Times. Yo ya venía medio obsesionado pensando acerca del estado del periodismo gráfico, y atento - sobretodo- a lo que otros piensan sobre el tema. En estos días siguió el asunto dando vueltas en mi cabeza.
Hoy leo esta nota y pienso que viene al caso.
Me sugiere varias cosas: la primera es que la nota misma resulta un excelente ejemplo de lo pedorro que está siendo el periodismo gráfico en todos lados; como la famosa teoría del batir de las alas de las mariposas: una figura vendedora se sopla los mocos en Monterrey, y un ciclón llega a las redacciones madrileñas.
Otra, es que con eso de "escribir sale del alma, los otros medios son aparatos, son máquinas", el Gabo se fue al pasto.
La tercera: a pesar de lo anterior -o precisamente por eso- el asunto sigue vigente.

miércoles, 27 de agosto de 2008

estafeta postal



Los pasos, sobre el ripio, cada vez más espaciados. El edificio parece abandonado. Eso al principio lo desconcierta, pero después entiende que no podría ser de otro modo.
Da una mirada más al papel amarillento, de bordes rotos. Alguna mano lo arrancó de una porción de papel mayor. Alguna mano, la misma, escribió con trazos inclinados y caligrafía anticuada, el nombre del pueblo, la estafeta postal, el número de casilla.
Atrás, el tren vuelve por la vía que lo trajo. Sólo él bajó. El roce de aceros se ha ido apagando, y ahora quedó solo con el silencio.
Sube el cuello de la campera, y camina hasta la entrada del edificio. En el bolsillo, el puño apreta el pedazo de papel. El viento sobre la espalda parece empujarlo hacia dentro. Todo lo empuja hacia allí últimamente, piensa. Sus piernas no son más sus piernas, piensa.
Podría creerse que recibió el sobre sin remitente un par de días atrás, en la mañana posterior al sueño. Pero sería más acertado decir que él llegó hasta el sobre. Cerrado, doblado por la mitad, cortando el espacio entre su nombre y su apellido, tan amarillento como el pequeño papel que contenía, parecía haber estado en el piso del departamento durante años, esperando.
Vincular el sueño -la pregunta inquietante del final, la angustia de despertar antes de tiempo- con la aparición del sobre, era casi una obviedad. Lo aceptó como se aceptan las evidencias.
Dos días después, camina lentamente hacia la puerta de madera podrida. Dentro del cuarto, un escritorio destartalado y una humedad de siglos. La cal que alguna vez estuvo en las paredes, se reparte ahora por el piso de la sala. Al fondo, dos marcos sin puertas: uno hacia cada lado del edificio. Atraviesa el de la izquierda.
Detrás de un mostrador, una veintena de casilleros con manchas de óxido. No necesita volver a mirar el papel para recordar el número. 5051. Lo encuentra abajo, a la derecha; tiene que agacharse para verlo. Está cerrado con llave.
En el lado interno del mostrador, junto a un cenicero lleno de polvo y un marco de anteojos con un solo vidrio, un manojo de llaves. Busca su número.
Abre la casilla. Tantea con la mano adentro. Toca lo que esperaba encontrar. Saca una hoja doblada dos veces. Acerca el pequeño papel del sobre a un ángulo incompleto de la hoja. Los bordes coinciden.
Con igual caligrafía, está escrita su respuesta.

viernes, 22 de agosto de 2008

si yo fuera detective privado


Si yo fuera detective privado habría sabido qué hacer con esa información de apariencia insignificante.
El llavero estaba ahí, sobre la mesa. 5051, decía, y abajo "Solcito". Después vino un compañero y le pidió permiso para usar su clave. 5051, le dijo ella.
Una clave y un nombre. Si yo fuera detective privado, o hacker, o un muchachito ingenioso y transgresor, habría sabido qué hacer con esa información.

domingo, 10 de agosto de 2008

cajón


Hay algo raro cuando se carga el cajón de un muerto. Hay algo raro en la gestualidad ritual de cargarlo.
Camino la entrada a la capilla sosteniendo una de las manijas. Me duele el metal en los huesos de la mano, y pienso que deberían hacer manijas distintas, más cómodas.
Tomé el cajón porque entre todos los hombres que asistimos a la ceremonia, apenas llegamos a seis.
Dos hombres de traje han dirigido nuestros movimientos. Dan sus indicaciones con una sutileza notable, con gestos rutinarios, pensados para resultar efectivos y distantes.
Al entrar a la capilla veo de costado varios cables amontonados, y alguna herramienta; como si hubiésemos llegado en mal momento, pienso. Noto que, sordamente, puede percibirse un olor desagradable. Alguna rejilla tapada, algo así.
Mientras caminamos hacia el frente del altar, el cura reza un padrenuestro. Escucho a mi viejo, adelante, seguir el rezo del cura. Creo que es la primera vez que lo escucho rezar. Trato de recordar otras veces, pero no encuentro ninguna.
El cura nos invita a sentarnos en los bancos. Hace dos minutos ha preguntado el nombre del fallecido (así dijo, fallecido); ha pedido permiso para referirse a él por su nombre de pila.
Desde mi lugar, en la segunda fila, se ve el ataúd mal cerrado en uno de sus costados. El breve velatorio se hizo con la tapa cerrada porque, dijeron, el cadáver estaba hinchado y despedía líquidos.
Lo depositaron en una sala pequeña, con sillones de cuero claro, entre dos candelabros y bajo un crucifijo con luces azules de neón. El hermano se acercó y acarició la madera durante unos minutos. Creo que no hablaban desde hacía años. El hijo lloró, sentado a los pies del cajón. Lo hizo con dignidad, sin escándalo. Luego salieron todos de la sala y entraron los dos hombres de traje. Nos invitaron a formar el cortejo fúnebre con nuestros autos particulares.
Sentado en la capilla, ahora, veo la tapa mal cerrada, forzada. Imagino la cara del cadáver aplastándose contra la madera desde dentro.
El cura habla sus palabras de siempre. Son, evidentemente, sus palabras de siempre, aunque intente decirlas con un tono espontáneo, titubeante, como los malos actores cuando quieren parecer naturales. Lo veo sin la sotana, vendiendo lapiceras mágicas en los trenes del conurbano.
Dice que no venimos a despedir a un hombre. Lo llama por su nombre de pila. Dice que venimos a acompañarlo. Que su vida no ha terminado; que ha cambiado de forma. Ahora está en un viaje hacia dios, con quien se reunirá. Miro a mi padre y me pregunto en qué está pensando.
Detrás del cura hay dos velas. La llama de la vela izquierda tiembla, se mueve. La de la vela derecha permanece quieta. También hay un ventanal por el que se ve el parque, con palmeras. No hay cipreses.
En las dos o tres filas detrás de la mía hay algunas personas más. Un hombre mayor que no conozco permanece de pie, en la última fila del costado opuesto. No lo he visto hablar desde que llegó a la funeraria. Entre todos, no ocupamos más de cuatro hileras de bancos.
El cura habla del dolor, del esfuerzo que hay que hacer para continuar, de la misión de los que quedamos de este lado. Nos invita a quedarnos a la misa que comenzará en unos minutos, aunque nos disculpa si no lo hacemos: "el dolor cansa", dice.
Volvemos a tomar el cajón. Lo cargamos hasta el auto fúnebre.
Por un camino angosto, lleno de piedras, caminamos hasta la sala de cremación. El auto fúnebre ha ido por otro lugar, y llegó antes que nosotros. Los hombres de traje descargan el cajón sin pedirnos ayuda. Lo introducen en una sala y nos invitan a decir nuestro último adiós.
Algunos se acercan para preguntar al chofer del auto fúnebre por el camino de vuelta. Lo imagino sonriendo y diciendo, entre siniestro y torcido, que sólo sabe de caminos de ida.
Detrás, el ataúd permanece en la sala, solo. Se me hace pequeño: el hombre que ahora está dentro era corpulento.
La explicación del chofer no es clara. Un empleado del cementerio intenta ayudarlo, pero él habla más fuerte y el otro se retira.
Saludamos a los familiares del muerto. El hombre callado responde a desgano, con cierta antipatía en la mirada.
Mientras nos vamos, ya en la ruta, pienso en el cajón, en su tapa forzada y en un segundo entiendo de dónde salía el mal olor.

abriendo la ventana

Oh, al fin un poco de aire fresco...


viernes, 8 de agosto de 2008

no tan lejos, se ve Urania

Corren las ratas sobre la pared sucia del callejón. Es fría la noche, y los dos hombres se encogen bajo el peso de las mantas raídas. Expiran el vaho hacia la oscuridad, y fijan la vista sobre el piso barroso, más allá de sus pies.
Uno de ellos, el más viejo, levanta su cara de barba rala hacia el cielo y observa. Está un rato observando.
El otro comienza a jugar, automáticamente, con una ramita sobre el piso de tierra. Dibuja círculos que luego borra con la misma rama. La rama sale desde debajo de la manta, sin mostrar la mano que la sostiene.
- Tengo hambre.
El primero apenas lo mira de costado, y vuelve su vista hacia el cielo, tratando de ver las estrellas que no están. Permanecen un rato en silencio.
- Tengo frío.
La voz del primero suena grave, extraña. - En algún lugar deben estar... -murmura. Su compañero lo mira-. Creo que alguna vez las vi.
Sostiene su mirada en alto; la manta ha caído hacia su nuca, dejando al descubierto la cabeza, con círculos sin pelo, y mechones irregulares. Su respiración es serena, y entrecierra los párpados, sin que el crudo frío lo afecte en apariencia.
- Ya ni me acuerdo -el otro vuelve a la ramita sobre la tierra-. Sí me acuerdo de lo que contaban –sigue-. De las historias de guerreros y heroínas... Había un viejo que las conocía todas, y nosotros lo escuchábamos. Hablaba de gente que había vivido acá mucho tiempo antes... siglos... no sé. Gente que se había matado. Que la tierra estaba regada de su sangre, decía, y que todavía nos manchaba los pies. Eso me daba miedo. Yo era un chico.




Los días de Urania, parece, están por llegar.

jueves, 31 de julio de 2008

la tiranía del erudito

Así se falsea un texto clásico para que sirva de chicana política. Así se miente, explotando la imagen -prolijamente trabajada- de erudito y equilibrado intelectual. Así reviste de prestigio, el señor Aguinis, su diátriba contra el gobierno, incapaz de encontrar recursos más honestos.
Peculiar lectura, la que hace de Edipo Rey.

miércoles, 30 de julio de 2008

ella dice

De lo que se está escribiendo en estos tiempos, por acá se encuentra lo que más me gusta.

si yo fuera ghost writer



Si yo fuera ghost writer me la pasaría atravesando paredes de concreto, asustando niños, apoderándome de los cuerpos de bonitas mediums.
Si yo fuera ghost writer tendría que comenzar a fumar; tabaco negro de ser posible.
Si yo fuera ghost writer haría terribles esfuerzos para que me gustase el whisky.
Si yo fuera ghost writer escribiría, en largas noches de calor y ojos enrojecidos, una novela corrosiva y brillante, que nadie leería hasta después de mi muerte. Anagrama compraría entonces los derechos, y editaría libros carísimos, en los que gastarían la mitad del sueldo otros ghost writers, soñando que tal vez, imaginando que algún día.
Si yo fuera ghost writer me ocuparía de ajustarme, prolijamente, al cliché correspondiente.

sábado, 26 de julio de 2008

integridad

Excelente.

negro sur

El Ruso paró el auto, sin apagar el motor. Miró sobre el hombro al Mudo y le hizo un gesto vago con la cabeza. Después subió el volumen de la radio y se bajó, dejando las luces prendidas.
Bajé y me entretuve un minuto mirando el cielo estrellado. El Ruso y el Mudo sacaban al gringo del baúl, con las respiraciones agitadas. Eran buenos en su trabajo. El primero, pequeño y eléctrico, fumaba sin parar y conocía más insultos de los que yo podía imaginar. El otro tenía el cuello de un toro. Nunca lo escuché hablar. Ese era peligroso.
Sacaron al gringo y lo tiraron al pasto húmedo. Los quejidos del yanqui se escuchaban amortiguados por la tela que le cubría la cabeza. Tenía las manos atadas atrás de la espalda y ya no se resistía como cuando lo agarramos, en el bar del puerto. Ahí se había puesto arisco, y se le dio por patear y tirar trompadas. Se armó más bulla de la que teníamos prevista, pero el Mudo, aunque no hable, sabe ser convincente, y el gringo terminó mansito en el baúl.
Lo arrastraron hasta la parte de adelante del auto. Las luces caían sobre los tres cuerpos, destacándolos sobre el fondo de campo negro como si fuera una puesta en escena. El Ruso y el Mudo quedaron parados, esperando. El Ruso prendió un cigarrillo, a dos pasos del cuerpo caído. Me acerqué.
- Sáquenle la capucha.
El Mudo se agachó y de un tirón le descubrió la cabeza. Estaba colorado, con la cara empapada de sudor y sangre. El vapor se desprendía de su cuerpo caliente. Las luces del auto le daban de lleno en los ojos, y él se esforzó para vernos. Bramaba cosas en inglés aunque le costara respirar. Intuía mi presencia detrás de las luces que lo cegaban y movía la cabeza queriendo confirmar su sospecha.
Desde algún lugar, no muy alejado, llegaban los espaciados mugidos de algún grupo de vacas. El sonido de los grillos. El motor del auto y el tango que sonaba en la radio me parecieron ruidos intrusos en la noche del campo.
Me tomé tiempo para volver a verlo, resguardado en la oscuridad de mi posición. Su rostro era casi el mismo, si no fuera porque el sudor y la sangre, esta vez, lo bañaban a él y no a mí.
Cinco años siguiéndome el rastro, viajando, esperando con paciencia el momento que pensaba inevitable. Cinco años. Me pregunté qué tipo de furia animaba su persecución.
Dejó de buscar mis ojos en la oscuridad después de unos minutos, y comenzó a murmurar algo incomprensible mirando hacia el barro debajo de sus rodillas. No me pareció que tuviese miedo, estaba más bien contrariado.
El Ruso se movía, impaciente. Fumaba. El sí tenía miedo. Volví a mirar al gringo y comprendí. No era furia lo que lo impulsaba tras mis pasos: era alguna clase enfermiza de orgullo. El tipo no dejaría de seguirme hasta terminar el trabajo que no había podido terminar aquella vez, lejos de ese campo frío y oscuro.
Durante un momento sentí admiración por él. Eso fue todo. Luego, el disparo del Mudo cortó, como un latigazo, la noche.

boca




boca de gusanos
ciempiés
lombrices
boca de hombre
esperma rancio

viernes, 25 de julio de 2008

alpiste

Este señor escribe con placer. Se nota. Y escribe bien, además.
De su blog sólo recuerdo haber leído un anécdota de cuando era chico y lo llevaron a jugar al rugby. Me divirtió mucho. Me reí en voz alta, hacia fuera, y estaba sólo. Eso siempre es buena señal. Después, no sé por qué, no volví a visitarlo.
Hoy leo Orsai de nuevo, y me doy cuenta de eso: Hernán Casciari escribe con placer, y por el placer de escribir. No soy ningún adivino, lo dice él. Pero otros también lo dicen y no les creo. A él sí le creo.
Y lo bueno de encontrar gente que escribe sólo por el placer de escribir - por el placer de hacerlo bien-, y que entiende ese placer desde un lugar lúdico, es que contagia. Uno lee los textos de esa gente y siente ganas de escribir. De divertirse escribiendo.
Ya está en las librerías argentinas su último libro, "España, decí alpiste", de Sudamericana.

miércoles, 23 de julio de 2008

james tate (III): la libertad



El hombre pata de palo escapa de prisión.

El hombre pata de palo escapa de prisión. Es atrapado.
Le quitan su pata de palo. Cada día
cruza una larga colina y nada un ancho río
para llegar al campo en el que debe trabajar toda la jornada
con una pierna. Es así durante un año. En la fiesta de Navidad
le devuelven su pata. Ya no la quiere. Su escape está planeado.
Requiere una sola pierna.

De Absences (1972). Recogida en Selected poems, Wesleyan University press. University press of New England, Hanover and London.

lunes, 7 de julio de 2008

y un bar


La mujer escupe sobre el piso del bar. Se inclina un poco sobre un costado y deja caer un escupitajo espumoso, sordo.
El hombre sentado a la misma mesa mira de lado. Tiene ojos lacrimosos, enrojecidos. Los párpados pesados. Varios envases de cerveza se amontonan entre los dos.
Ella llama al mesero, que se acerca con una sonrisa estúpida y pega la pelvis a su hombro; la observa con los ojos entrecerrados. Ella juega con las llaves que cuelgan del cuello del mesero. El sólo sonríe y se hincha, como si los gordos dedos estuviesen acariciando sus genitales.
Luego se agachará, le dirá cosas al oído, tratará de besarla. Le llevará más cervezas de las que va a marcar junto al nombre de la mujer – Sabrina- en un pizarrón blanco.
El otro los mira. Durante un momento me parece que tiene algo que decir, pero enseguida se lleva una botella a los labios y bebe. Sólo eso.

jueves, 19 de junio de 2008

el miedo

La abeja había sobrevolado nuestras cabezas durante un rato. Todos estábamos atentos a su vuelo, y Araceli, la maestra, había tenido que interrumpir la clase.
Hoy la recuerdo de proporciones enormes, aunque a lo mejor era sólo una abeja, sobredimensionada por mi percepción infantil.
Había pasado dos o tres veces cerca de la mesa que compartía con tres compañeros; la más próxima a la ventana por la que había entrado al aula. La vi acercarse. Comenzó a revolotear alrededor de mi cara. Cerré los ojos. Se hizo un silencio - de esos que hacen los chicos frente a las cosas importantes-, y durante unos segundos sólo hubo el calor del sol sobre la piel, y las patitas recorriendo la frente, la nariz.
"Si no hago nada no me va a picar". Me lo había explicado mi viejo alguna vez. Y no hice nada.
Un momento después la abeja volvió a zumbar las alas, y salió directamente hacia la ventana abierta. Mis compañeros y compañeras volvieron a alborotarse, y lanzaban exclamaciones de admiración. Araceli me dijo que era el niño más valiente que conocía. Yo estaba perdidamente enamorado de Araceli.
Ahora entiendo que muchas de las cosas que hice en mi vida tuvieron el secreto fin de invocar aquellas palabras; de volver a tener esa extraña y dulce sensación.

fragmentos de un inexistente diario de viaje


27/5


Nada que decir. Solamente un desconcierto.

Hoy me pareció reconocer una cara. No la de alguien conocido; me refiero al reconocimiento de algo en una cara. Seguramente lo que estaba buscando.

Es gracioso que llegue ahora, casi al final, y tan fugazmente que apenas me animo a asegurarlo.

Probablemente aquella cara sólo me ayudó a reconocer una carencia. A sospecharla.

No era un rostro particular - y que conste que escribo "rostro" sólo porque ya hubo varias "caras"...-. Un chico, casi un adolescente, viajaba en el mismo colectivo que nosotros, en un asiento orientado hacia atrás.

Supe que no vería a alguien así en mi lugar. Supe que el muchacho era genuinamente extraño a mi universo. Y lo era naturalmente, sin exceso; fuera de lo previsible.

A su lado viajaba también un viejo. Lo había visto antes, cuidando coches en el pueblo, junto a la playa. Siempre con una gorra dada vuelta sobre la cabeza, apenas calzada. Estando tan cerca pude distinguir dos escarbadientes apretados bajo la tela de la gorra, uno en cada sien. Un tercer palillo se movía de un lado a otro de la boca.

Después de notar lo genuino del muchacho, se me hizo evidente también lo real en el viejo. Lo real en el conductor del colectivo, en los otros pasajeros, en el pueblo que ya aparecía atrás de una curva. Todo empezó a resultarme evidentemente ajeno. Todo volvió a interesarme desde ese lugar.

sábado, 10 de mayo de 2008

paradise


Por la tarde, Sal me cuenta sus historias.

Me cuenta a mí. Habla conmigo, aunque por momentos entorne los ojos y viaje hacia imágenes de Dean, de Dénver, de la temerosa Rita.

Un rato así, por la tarde.

Por la noche me encuentro de repente trabajando en un bar. Lavo vasos, tazas; trapeo el piso. Una señora que salió con su hija me mira con insistencia mientras le sirvo cerveza. Me dice chistes que no tienen gracia. Amablemente, sonrío.
Luego pensaré en enormes carteles de neón que ya no existen. En ambientes de humo y madera pegoteada; borrachines dormitando en una barra, y así. Todos estereotipos. Durante un rato juego a sentirme como Sal, o como otro Sal.
Después, con menos épica y algo de terror - lo admito- casi puedo escuchar a Phil diciendo: "Sam, también los hay aquí". Y se rompe el encanto.

miércoles, 7 de mayo de 2008

papel


Si yo escribiese ahora sobre la gata que descansa en el techo del lavadero, si escribiera sobre su actitud contemplativa, o su desdén imperturbable - a unos centímetros de la chimenea de chapa-, los ojos que leyesen esa imagen dentro de un tiempo probablemente construirían en el vacío un lavadero más alto, o un patio más amplio, o una gata menos entrada en carnes...

El caso es que, con seguridad, la escena no tendría el espesor cotidiano, pequeño, tangible que ahora le encuentro. El desperezo del animal, o su inclinación curiosa hacia el ruido de agua en la pileta, serían fríos, distantes. Literarios.

No podría dejar de ser, condenada, una gata de papel.

domingo, 27 de abril de 2008

Las conquistas de Valentino IX: la caída

Viene de acá.

El aire frío de la calle besó mis mejillas quemantes. Una fiebre que había comenzado a tomarme el cuerpo un par de días atrás, se manifestaba ahora con violencia, y me estremecía en oleadas bajo la tricota de gruesa lana.
Un sentimiento ambiguo me acechaba y enturbiaba mis pensamientos. Me debatía entre la impresión causada por la belleza inerte que acababa de acariciar, y el alivio de saber que aquella masa no era la gorda que imantaba mis pasos.
Pero pronto una idea se me hizo evidente e insoportable: Aura, mi mastodóntica y rotunda Aura, se había esfumado como una pluma arrastrada por el viento. De ella no me había quedado más que una llaga y una sed desesperantes.
Aún cuando el rastro que había seguido me llenaba de pesar y temores, al menos creía tener un rastro que seguir. Y ahora nada.
Me sumí en el más profundo de los pesimismos.
- Gorda maldita, me dije, primero en baja voz. Gorda maldita, gorda maldita, gorda maldita. Mi voz, liberada, había comenzado a aumentar en volumen, y no podía dejar de repetir aquellas palabras, casi como un mantra diabólico. ¡Gorda maldita!, gritaba, intentando contener con las manos una presión que amenazaba con estallar mis sienes desde dentro.
- No puedes vivir con ellas... - me apuntó la voz cascada de un mendigo barbado- pero sin ellas tampoco. Y una risa llena de sorna me abofeteó la cara. No pude más; vomité un líquidio bilioso, carente de sustancia... hacía dos días que no comía.
Entonces caminé. Caminé sin rumbo, con los ojos de a ratos cerrados, siguiendo la inercia de mis piernas, lejos de la geografía que transitaba. Caminé.
Pasaron los días, y yo había perdido por completo el norte. Sólo guiado por una idea difusa de Aura, sobresaltándome cuando veía una mujer de más de ochenta kilos, creyendo encontrar a mi cetáceo en cada puesto de comida callejera, en cada fitito blanco, recorrí las calles de la inmensa ciudad. Dormí cuando no tenía más fuerza para dar un paso. Comí cuando encontré restos de algo masticable en las bolsas de la basura. Lloré cuando aquel rostro angélico vino, caprichoso, a mi memoria.
No sé cuántas jornadas me habrán encontrado en aquella penosa situación. Sin duda habrán pasado varios oficios sin mi presencia, y puedo imaginar a Nélida, Doris, Jéssica y las demás mojigatas organizando cuadrillas de búsqueda por los barrios, pegando oscuras fotocopias con mi rostro en los postes de luz, asistiendo a las radios de cumbia que transmiten mensajes de los oyentes.
Mi barba creció; mi cara se puso enjuta y cenicienta. Estaba dispuesto a morir, y creo haberlo pedido más de una vez por aquel entonces, en oraciones apasionadas, sin estructura ni contemplaciones formales.
Pero si algo sé, si algo me empeño en repetir a quien quiera oírlo, es que Dios aprieta, pero no ahorca. No sé bien si era de día o de noche, si todavía hacía frío o ya había estallado la primavera florida, pero un día la vi. A diferencia de mis espejismos anteriores, su redonda figura se me presentó inconfundible ante los ojos. Me observaba con un dejo de angustia desde el otro lado de una calle transitada. Creo aún recordar una lágrima cayendo cadenciosa desde su mejilla. Sé que mencioné su nombre. Sé que lo grité. Luego me lancé sin esperar hacia la calzada, buscando su vereda. Pero, como un cervatillo alertado por el ruido de la rama partida, mi Aura ya se había introducido con sorprendente ligereza en un taxi y comenzaba a alejarse una vez más de mí.
No estaba dispuesto a aceptarlo de nuevo. Me zambullí en el interior del siguiente coche de la parada y dije lo que nunca pensé que llegaría a decir en mi vida:
- Siga a ese taxi.

viernes, 18 de abril de 2008

perdido

Se me pierde la voz. Dejo de escucharme. A veces mucho ruido alrededor; a veces no es eso.
Busco un parque, uno abierto, en el que pueda sentirme pequeño y, extrañamente, trascendente.
Sé que no todo está en los libros. No todas las voces. Pero insisto demasiado en esa búsqueda.
Podría acercarme a aquel hombre que come en silencio. Hablarle de cualquier cosa. Volver a sentir que tiene algo que decir. A veces soy capaz de hacerlo. A veces lo hago, pero últimamente me vengo perdiendo un poco.


Dejé de oir mi voz cuando más la buscaba.
Levanto la vista y el hombre ya no está.

jueves, 6 de marzo de 2008

Las conquistas de Valentino VIII: El cuerpo

Viene de acá.

El ambiente intentaba parecer higiénico. Los pisos estaban lustrosos, el metal de las infinitas estanterías con cajones reflejaba a su modo las siluetas de quienes estábamos allí. El olor de los productos desinfectantes, sin embargo, no consegía ocultar los efectos de la descomposición en la carne muerta.
La sala, que había imaginado penumbrosa, brillaba en cambio bajo los tubos de neón.
Mis piernas temblaban frente a la compuerta veintitres. Hasta allí me había acompañado un joven parco, que apenas había atendido a mis explicaciones para ver el cuerpo.
Maquinalmente, casi con desdén, tiró del cajón y lo dejó deslizarse hacia fuera. La tabla se combó y pensé que iba a quebrarse, pero no sucedió, y el muchacho ni siquiera pareció inquietarse.
Una bolsa opaca cubría un bulto enorme, en el que costaba reconocer a un cuerpo humano.
Sin pausas, sin dramatismo, el muchacho corrió el cierre de la bolsa, y se retiró dos pasos. Una punzada me atravesó el vientre y tuve que apoyarme sobre la tabla para no caer. Una ola blanca recorrió el cuerpo inerte desde el ombligo hacia los extremos. La carne fláccida se desparramaba sobre la tabla, sólo contenida por la tela de la bolsa. Me persigné varias veces, en un acto reflejo.
Tomé fuerzas y comencé a seguir con la vista el cuerpo desnudo: los anchos tobillos, las rodillas como magdalenas, el pubis cubierto por delicados vellos rojizos. Estiré mi mano, aún trémula, y acaricié con las yemas la piel lechosa del abdomen, el esternón desde el que se desprendían, hacia ambos lados, dos pechos inmensos, exquisitos aún sin vida. Sobre el costado, dos hendiduras brutales, de contornos rosados.
- Una animalada: dos arponazos - dijo el muchacho, hasta entonces silencioso.
Los ojos se me llenaron de lágrimas. Con el dorso de la mano continué acariciando el descomunal cadáver. La papada, las mejillas, que habían sido alguna vez rozagantes, y tenían ahora el frío blanco del hielo.
Estaba sin aliento. Era una mujer hermosa. Pero no era mi Aura.

jueves, 28 de febrero de 2008

Las conquistas de Valentino VII: El viejo capitan

Viene de aca.


Aquella noche, ya lejana en mi memoria, comenzaría una espiral de peripecias enloquecedoras, de apariencia onírica, que habría de cambiar la naturaleza de mis días.
Arturo, en cuyo abrazo ebrio habíamos quedado, me arrastró hacia su mesa, sin escuchar siquiera mis súplicas e incoherentes explicaciones. Me hablaba de su sorpresa al encontrarme en aquel lugar, e insistía en guiñarme un ojo y hacer un desagradable chasquido con la lengua, que en su rudimentario sistema de códigos debía significar algo acerca de nuestra estrenada complicidad.
En la mesa de Arturo, oscuro y silencioso, se hallaba sentado un hombre de cuerpo recio, envuelto en un peculiar overall de viejo marino. Una cicatriz surcaba el costado de su cara, haciendo de su ojo derecho apenas un pequeño hueco oscuro y lacrimoso. Arturo no recordaba bien su nombre, y cuando, durante la breve presentación, llegó al momento en que debía decirlo, sólo dejó un espacio vacío, que el hombre llenó con una especie de gruñido. Entendí algo cercano a Ajal.
La voz de Arturo siguió llenando los espacios de la mesa en los que no quedaban botellas vacías. No tardé mucho en darme cuenta de que Ajal tampoco le prestaba atención. El viejo, con su ojo sano, parecía estar estudiándome, mientras exhalaba el espeso humo de su pipa.
- Creo saber lo que busca, padre- dijo de pronto, acentuando burlonamente mi condición sacerdotal. Maldije la indiscreción de Arturo. - Si no me equivoco- continuó- los dos hemos estado buscando lo mismo.
Mi atención, hasta entonces adormecida, se centró en la áspera voz del viejo marino.
- Y, según usted, yo busco...
Una risa estruendosa, llena de aguardiente, explotó detrás de su pipa.
- Me gustan sus rodeos, padre.
Otra vez el acento burlón. Pero me desesperaba por que continuara hablando, era evidente que el hombre sabía algo que yo no sabía... y estaba dispuesto a soportar cualquier adversidad, siempre que el camino terminara en Aura.
- Pero no debería hacerse muchas ilusiones... - continuó- porque a esa mole blanca yo la encontré primero...- creí que se me paraba el corazón- y la envié al lugar que le corresponde.
Salté sobre la mesa, tirando a un lado la decena de botellas y vasos pegajosos, y lo tomé por las solapas del abrigo, tirando de él hacia mí. No me sorprendió saber que le faltaba una pierna... casi lo había imaginado.
- Dígame dónde está!
Otra vez su risa explotó delante de mi cara. La pipa cayó de sus labios y rodó sobre el piso oscuro del burdel. Sus palabras fueron como golpes espaciados pero contundentes.
- Sólo puedo asegurarle que es un lugar del que nunca ha de volver.

sábado, 9 de febrero de 2008

propiedad privada

"La propiedad privada se respeta. La tierra se defiende ¡carajo!".

La pintada, en sugerente rojo, adorna los restos de un muro, cerca de Chincha, en Perú. En ésta y otras localidades de la zona hubo un terremoto, el año pasado, en el que murieron cientos de personas. El muro, probablemente, era parte de una casa... de una propiedad privada.

domingo, 3 de febrero de 2008

prohibiciones

"No se puede portar armas de fuego, ni hablar por celular".

Leído en una sucursal del Banco Nacional del Perú, en Arequipa... La leyenda estaba acompañada por sendos dibujos de un revolver y un teléfono celular cruzados por una línea roja.

Hay ciertos temas sobre los que aclarar no es un exceso.

honestidad



Leo a Santiago Rocangliolo: "Soy un mercenario de las palabras. Escribir es lo único que sé hacer, y quiero sacar provecho de ello".

Es parte de la introducción a "La cuarta espada", un trabajo periodístico del escritor peruano, acerca del líder de Sendero Luminoso, Abimael Guzmán. En la misma introducción, Rocangliolo se refiere a su interés por vender la nota, por "hacerse un lugar" en el mundillo del periodismo, antes que cualquier otro interés (la historia de Abimael Guzmán, o de Sendero Luminoso, o la posibilidad de explorar un tema en el que poco se ha profundizado en algunos espacios... por ejemplo).

Tengo que confesar que suelen gustarme los intentos de quebrar la imagen del escritor "puro", y ponen en escena al escritor "de oficio", al que busca ganarse el pan con su trabajo, y no sólo entrar en el parnaso de los intelectuales o las voces inolvidables.

Tampoco quiero yo ponerme en el púlpito de la moral y las buenas costumbres, a levantar el dedo índice y escribir sobre lo que debería ser y no es... Pero las palabras de Rocangliolo me quedaron picando en la cabeza, y me hicieron preguntarme algunas cosas: ¿es un acto de honestidad revelar las propias trampas? ¿Es más honesto quién avisa que el trabajo que se está a punto de leer sólo pretende ser vendido? O, en todo caso, ¿dónde reside la honestidad de un escritor?.

miércoles, 30 de enero de 2008

primera persona

Alguien, no hace mucho, me hablaba de las diferencias entre la primera y la tercera personas, a la hora de escribir. La tercera persona, decía, es más fácil para quien narra. En la primera, la condición de un buen texto reside en la habilidad del escritor para ridiculizarse...
Entiendo sus razones, y en algún punto comparto su evaluación, pero no estoy tan seguro de su juicio totalizador.
Sé que es un viejo debate, probablemente algo arcaico. Bué. Pero me gustan estas cuestiones.
En cualquier caso, lo que me pregunto es por qué otras opciones suelen quedar fuera de juego... por ejemplo, la segunda persona. Hay algunos ejemplos de relatos en segunda persona que resultan contundentes y quedan pegados a la memoria. Imaginaria, de Rodolfo Walsh, es el primero que me viene a la mente.

lunes, 7 de enero de 2008

estreno


Su nombre es Próspero, y anda chocho estrenando su ano contranatura... Le deseamos un próspero ano nuevo.

sueño



Un sueño que podría haber tenido, y no tuve... ¿me estoy poniendo muy místico?:


Estuve ahorcado. Mi cuerpo pendía, meciéndose los pies, con la cabeza ladeada.

Hubo alguien, un hombre barbado, que tal vez fuese también yo; acercándose hasta casi tocarme, escupió sobre mi cuerpo muerto.

Luego se fue, caminando despacio, hacia el lupanar. Comió, bebió y fornicó hasta caer reventado. Una herida abrió su carne en un costado y los gusanos brotaron como si fuesen su sangre.

No hubo quien se agachase a lamer aquella hendidura, pero todos los presentes corrieron a lavarse las manos.

Una sola mujer lloraba, porque así está escrito que sea.

Recién entonces retiré la soga que laceraba mi cuello, bajé de la estructura de madera, y caminé descalzo hasta perderme en el desierto.