sábado, 1 de noviembre de 2008

la prueba


Una vez quise ser futbolista. Era chico. Había quedado paseando solo, no sé por qué, en un pueblo vecino al mío. Llegué a una cancha de fútbol de once, en la que se entrenaba un grupo de nenes más o menos de mi edad. Se divertían. Era una tarde de sol y temperatura perfecta. El tiempo pasaba en ese lugar con otro ritmo.
Me estaban esperando, pero yo quise ser parte de ese grupo, compartir ese tiempo.
Me acerqué al entrenador y le dije que quería estar en el equipo. No pensé que vivía en otro pueblo, que no sabía si podría entrenar, o ir a los partidos. En unos segundos un montón de caras rubias - en mi recuerdo aparecen sólo caras rubias-, coloradas por el sol y el ejercicio, me habían rodeado y me miraban con curiosidad.
El entrenador me dijo que tenía que probarme. Acepté. Fuimos hacia uno de los arcos; los rubios venían, como un sólo bloque, detrás nuestro. Al que tenía un par de guantes lo mandaron a atajar. El entrenador puso la pelota sobre la línea del área grande, de frente al arco. Entendí que tenía que pegarle: tomé carrera y le pegué de lleno con la punta del pie. Puntinazo. Dando saltitos rápidos, la pelota se acercó hasta las manos del arquero, que la tomó sin problemas. Hubo un murmullo de aprobación.
- Y eso que está con zapatos, escuché que decía uno.
Supuse que el ejercicio consistía en llegar al arco. Me sentí orgulloso. "Lo hago siempre", decía mi cara.
El entrenador, con cierta solemnidad, me dio los días y horarios de entrenamiento. Me fui feliz. Nunca volví.
Con los años empecé a preguntarme si no habrá sido todo una burla. Oigo ahora, cargadas de ironía, las palabras del muchachito a mis espaldas.

4 comentarios:

Frank dijo...

"Al que tenía un par de guantes lo mandaron a atajar" Excelente... jaja. Un abrazo

Trescaídas dijo...

Qué otra cosa podía hacer, ¿no?
Un abrazo, Francou.

Siberia dijo...

Oh, este relato me lleva irremediablemente a mis ocho años, cuando sin piedad me arrancaron de mi pueblo, donde nunca había que pedir permiso para jugar - nos conociamos todos - y me trajeron a la ciudad. Yo un día pedí permiso para jugar, se rieron de mí. Jamás volví a pedir permiso, ni siquiera quería salir de casa. Siempre me quedaba en mi cuarto o sentada en la ventana.

Por lo demás me gustó.

- Un beso.

Trescaídas dijo...

Siberia, lamento haber despertado esos recuerdos. Suena triste.
Gracias por pasar.
Un abrazo.