miércoles, 5 de diciembre de 2012

eco


El eco: la voz devuelta. La voz que alguna vez fue robada. La voz que robó la montaña.

martes, 14 de agosto de 2012

la paja en el ojo ajeno


Se leía en la luneta trasera de una camioneta notablemente descuidada. Alguien lo escribió ahí, con el mismo dedo con el que seguramente señaló la dirección que seguirían las ondas de su risa socarrona. Alguien con una implacable agudeza para identificar los patetismos ajenos. Dueño flamante de una feroz mordacidad.
"Labame susio", trazó su índice sobre los meses de polvo acumulado y, con la simple sentencia, desnudó la desidia y la bajeza de la naturaleza humana.

jueves, 2 de agosto de 2012

delorean


El gimnasio al que voy queda en los años 80. Pude haberlo notado a poco de entrar, cuando me tumbé trabajosamente para hacer la primera serie de abdominales junto a la gotera aquella que cae del techo, atrás del tubo de neón. O entre un ejercicio y otro, al descansar mirando el póster de la pareja de fisicoculturistas: él con una sonrisa de 56 dientes, y ella con una vincha de tenista y shorts de tiro alto.
Debí darme cuenta con los primeros acordes de The final countdown, mientras el muchachito del jogging adidas con tres rayas verticales en cada pierna cargaba el decimocuarto disco de mil kilos en la barra de pectorales. O al ver el bigote caído del señor que, a dos bancos de distancia, bufaba como un ñu en celo con cada levantamiento de mancuerna.
Sin embargo, permanecí ciego a todos los indicios, como atolondrado, hasta que en el televisor que está frente a la cinta de trote aparecieron Michael Knight y una rubia azorada lanzándose al mar a bordo del inigualable Kitt. El interior de la cabina, perfectamente aislada del agua, se iluminaba con comandos y pantallas especiales submarinas, y Michael y la rubia comprobaban una vez más, con alivio, que Kitt era un auto verdaderamente fantástico.
Todo me cerró de golpe entonces: cada vez que voy al gimnasio entro en una especie de nebulosa analéptica; un agujero de gusano que me lleva directamente al centro de los años 80. El Muro de Berlín todavía no ha caído (mi compañera de colegio no nos mostró aún el pedazo de hormigón que de allí trajo su hermano), faltan varios años para las Olimpiadas de Barcelona, y Arnold Schwarzenegger está lejos de gobernar California: es apenas Terminator.
Lo más incómodo de todo el asunto es que tengo que esconderme entre las pesas cada vez que me veo venir, no sea cosa que me encuentre, caiga en una de esas espantosas paradojas temporales, y no haya condensador de flujo que me saque de ahí.

lunes, 30 de julio de 2012

stalingrado


Anoche estuve en Rusia. No sé cómo llegaba, ni qué propósito tenía mi estancia en ese hotel algo anticuado. Entre mesas con manteles blancos sobre manteles borravinos, preguntaba por la Plaza Roja: de golpe me había percatado de que podría conocerla. Me sacaría fotos en ella, y tendría algo extravagante que contar (¿cuántos de ustedes conocen la Plaza Roja?).
"No estamos en Moscú", me corrigió, sin severidad pero fríamente, un señor con bigotes.
- ¿Dónde estamos... San Petersburgo?
- Sí.
Quedé unos instantes pensativo y, con inseguridad, seguí:
- ¿Stalingrado?
"¡No!", gritaron casi al unísono el señor de bigotes y otro que acababa de aparecer a su lado. Uno de los dos -no recuerdo cuál- me rodeó el cuello con el brazo y, obligándome a flexionar la cintura, frotó juguetonamente sus nudillos sobre mi cuero cabelludo. Se reían. Los tres reímos, pero por las dudas no pregunté nada más.

martes, 24 de julio de 2012

kodak



Lo recuerdo perfectamente. La música que anunciaba su entrada al plató me entusiasmaba. Era uno de mis preferidos. Repetíamos sus frases en el patio del colegio durante el resto de la semana. Nadie podía hablar sin decir nada con tanta convicción.
Esos años tienen ahora colores gastados. Son años de fotos impresas. Años Kodak. En el fondo, casi en sordina, estaba la política. Mi viejo escuchando entusiasmado algún discurso de Fidel Castro. El CDS de Adolfo Suárez. Felipe González y Alfonso Guerra (tan caricaturizable). Manuel Fraga Iribarne, el incombustible. Era el tiempo de los “¡Otan  no!” gritados en las paredes… Ecos. Acordes de bajo, rescatados desde la conciencia adulta. En ese momento, mi mundo se llamaba Cibeles, Mike Donovan o Mikasa. Pero sobretodo Cibeles. Y Un, dos, tres… el chollo, los sufridores, las tacañonas.
Mayra Gómez Kemp presentaba el programa en ese entonces. Como si no estuviese rigurosamente guionado, interrumpía alguna frase al escuchar la musiquita, y entraba él, desde algún rincón lateral, o bajando la escalera, disfrazado de explorador, de director de cine, de bardo… Los infaltables anteojos y la cara redonda. Serio, con ridícula afectación. En esa afectación radicaba la gracia. Se deleitaba en la incoherencia: la del discurso, sí (hasta el farfullo incomprensible), pero también –sobretodo- en la que escindía la pose aristocrática de los giros populares, torpes, reconocibles… Entrañables.
Antonio Ozores dominaba a la perfección el arte de ridiculizarse evidenciando, de paso, los gestos más ridículos de toda una sociedad. Invitaba a reírse de ellos, aceptándolos y queriéndolos. Como era un gran humorista, lo lograba sin proponérselo. Su trabajo era, claro está, eminentemente político. No en vano terminaba sus delirantes monólogos con afirmaciones grandilocuentes como: “Eso no se hace… ¡Caca!”, o “Porque Gibraltar siempre será… ¡un peñón!”.
Si hay uno de esos monólogos que resulta hoy significativo, es aquel en el que aparece Ozores con una calavera en la mano, caracterizando a Hamlet. Debe ser de principios del año 86 (“¡Otan no sí!”). El sketch no difiere sustancialmente de cualquiera de los de entonces, pero es tremendamente sugestivo que el actor recurriera a una tragedia shakespeariana para terminar clamando: “¡Y ahora, al fin, ya somos europeos!”. Como si supiera lo que iba a venir. Como si entendiera lo que nadie quiso terminar de entender entonces: que el ingreso a la Unión Europea, la pertenencia a la OTAN, la apuesta neoliberal, implicaría –como en estas latitudes- una transformación económica, política y cultural irreversible. Que no se puede comprar el oro sin vender la dignidad. Y que hay ciertos caminos, como los de las tragedias, que no llevan a ningún final feliz.

lunes, 16 de julio de 2012

acentos

¡Oh, l'amour, l'amour!
il sole
in this cold winter
y el calorcito tuyo
cosa linda
que me partís el mate.

viernes, 30 de marzo de 2012

peón cuatro rey


Hace algunos años viví con un amigo fanático del ajedrez. Los dos éramos fanáticos del ajedrez. Después de comer nos trenzábamos en sanguinarias partidas que por lo general no duraban más de veinte minutos. Jugábamos tres o cuatro seguidas. Teníamos estilos muy distintos: mientras yo trataba de elaborar una estrategia, un sistema de juego, él asesinaba sin vueltas lo que se le pusiera a tiro, rompía mis filas, sacrificaba sus piezas en ataques desaforados y sumamente destructivos. Sus caballos eran una pesadilla. Yo me pretendía ordenado y paciente. Él era espontáneo e ingeniosamente pragmático. Por supuesto, yo perdía casi siempre.
Un día entendí mi error. Mientras yo trataba de ocultar mis intenciones más inmediatas, de resultar enigmático, él se lanzaba escandalosamente a acorralar a mi dama, o a preparar un mate en dos jugadas. Con descaro. Sin maquillaje. No desperdiciaba movimientos tratando de disimular que su objetivo último era ganar la partida. No intentaba disfrazar la condición del juego. Puede que sea una obviedad, pero para mí en ese momento fue una revelación.
Tuvieron que pasar varios años más para que descubriera, ahora, que lo mismo vale para pensar la narración. Si, como se ha dicho por ahí, la escritura literaria es un ejercicio de enmascaramiento (y lo es, estoy seguro), lo que debe enmascararse no es, de ningún modo, la voluntad de narrar. Es una pérdida de tiempo. Entenderlo no sólo modifica un estilo: modifica, sobretodo, una forma de mirar.

martes, 17 de enero de 2012

fragmentos de un inexistente diario de viajes (VI)

23/4/2008

Tres bolas de billar como la sonrisa de un payaso.
¿Por qué los ojos en los ojos? ¿Por qué no otra forma?
Una cortina de agua. Una lluvia de fuego. La contorsión y la pausa. De pronto, la pausa.
Ojos metidos en un cierto tiempo. Sin el tiempo necesario no habrá ojos; no esos ojos.
Sin esos ojos, el tiempo es sólo tiempo. Y después, intervalo. El sonido es otro; el fuego que llueve es otro; la lluvia que quema es otra. Todo es, a su modo, intervalo.

fragmentos de un inexistente diario de viajes (V)

7/2/2008

Cosas que vimos de camino a Machu Picchu: una oveja con parche, una rueda sobre la ruta, un micro sin rueda,  un árbol cargado de regalos, un cadáver, un árbol talado con guirnaldas esparcidas, vacas sueltas cruzando el pavimento...

miércoles, 11 de enero de 2012

los electrocutados

Por acá nomás se puede leer la reseña que escribí sobre "Los electrocutados", de J. P. Zooey, para la revista Ñ. Linda novela.

jueves, 5 de enero de 2012