domingo, 30 de agosto de 2009

trece horas: siete y veinte (VIII, final)

Viene de acá.

La noche oscura. El lamento de la radio. Las góndolas frías. Los pies húmedos y trece horas. Fuego, él es un núcleo de fuego. Los arqueados costados de la balsa.
La mueca triste de las agujas del reloj da las siete y veinte. Falta poco.
Siete y veinte. El arma quema, y los tres chicos entran al local.

sábado, 29 de agosto de 2009

ruido de animales salvajes

 
Rugen las bestias. Se contornean, misteriosamente, caricaturas de sí. La hembra se acerca oscilante, ritual. Dibuja eses y con golpes secos pega sus glúteos a mi pierna. Un orangután se abre paso en la maleza y un grupo de lemures ríe una risa macabra, una y otra vez. Una marmota duerme su sueño eterno abrazada a un daikiri, mientras aquel chimpancé le roba besos a los hipopótamos. La hembra se empeña en deletrear el abecedario: dame una y griega, te doy una y griega, dame una eme, te doy una eme, dame. Ella pide, la manada le da y, mientras, dale que te pego al meneíto zumbón. Aullidos, graznidos, balidos, siseos... 
Bajo mi sombrero blanco, pequeño e indefenso, constato sin sorpresa que he perdido los instintos: la selva me doblega.

viernes, 28 de agosto de 2009

trece horas: seis y once (VII)

Viene de acá.

Las farolas de la calle están encendidas. Un cono de luz cae sobre la entrada del supermercado. Poca gente. Lo bueno del invierno es que el día termina temprano.
El ruido continuado de los autos sobre el agua de la calle tiene algo adormecedor.
Trece horas, dice en voz baja y mira el reloj en su muñeca izquierda. Adentro un empleado acomoda algunas cajas vacías. Desde la fiambrería, al fondo, una radio pequeña que cuelga de un gancho canta canciones en chino. Suenan tristes. Todo lo demás es silencio; un silencio contundente, que subraya la voz aguda y extraña de la radio.

jueves, 27 de agosto de 2009

trece horas: tres y media (VI)

Viene de acá.

Las puntas sucias de las zapatillas presionan alternativamente los dos lados de una baldosa rota. La baldosa escupe su agua renegrida. Una boca. Una boca con los dientes sueltos. Una boca podrida.
La figura encorvada, replegada sobre el cajón de cervezas, es como un núcleo de fuego en el rincón de la puerta. Los ojos se clavan en el piso, en la baldosa, en el agua barrosa, en la boca podrida que balbucea desde abajo, en la garganta oscura que se abre bajo sus pies.

A dónde lleva el pasadizo de tus ojos. Qué vueltas hay que dar para encontrar un brillo, uno, que te explique.
Tiembla tu pulso. Suda la palma de tu mano, que intentás secar sobre el pantalón azul del uniforme. Mirás el piso. No ves el piso. Qué ves. Desde qué laberinto mirás.
Laten las sienes, laten, con un latido hirviente. Te inquieta.
Las manos sudan. Buscan, ávidas, la pelvis de acero. El fierro oscuro de tu pelvis, que seca el sudor de tus manos mejor que el pantalón del uniforme. Y te mecés. Encorvado y silencioso, te mecés. Te hamacás en una danza lenta de balsa a la deriva. Afuera todo es agua. Los pies no son tus pies en el agua salada que mece tu balsa. Deriva tu balsa, sobre un oscuro mar sin fondo. Tus pies desde abajo. Tus pies no son tus pies: los ves desde abajo, desde el fondo de un mar que no tiene fondo. Se acercan los pies, o vos a los pies, que no son tuyos pero están cerca. Vos, desde la deriva de tu balsa no ves que desde abajo ves tus pies, o unos pies, de otro, de quién.
Más rápido, abajo, hacia arriba, hacia los pies. Abajo sólo abismo, oscuro abismo. Te mecés, a la deriva, en la balsa que surca un abismo de agua. Desde abajo los pies parecen inocentes, ajenos a todo. Los ves más cerca; cada vez más cerca. Juegan en el agua fría de lo que para ellos es sólo abismo. Sienten el agua entre los dedos. Sentís, en tu balsa, el agua entre los dedos. Las sienes laten y te inquietan. Te avisan las sienes, qué te avisan.
Desde abajo los pies son inocentes; niños inocentes en las empedradas calles de alguna ciudad gris y lejana. Los pies se mueven dibujando círculos. Los niños juegan, en el extraño idioma de la ciudad gris y lejana. Bajo los pies un abismo frío, azul, oscuro. Sobre los niños grises de la gris ciudad, un cielo gris, frío y gris, oscuro. Bajo los pies tu rostro de afilados ojos. Sobre los niños bombas.
Ya casi llegás, abajo, a los pies que arriba sumergís en el sólo abismo que mece tu balsa. Ya casi los tocás, con los ojos afilados y la boca abierta. Retumban, laten, las sienes. Te avisan. Abajo abismo y bombas. Saltás, sobre tu balsa. La china te mira, qué mira, está caliente, seguro. Tus pies, los tuyos, laten con el mismo latido de las sienes y chorrean abismo junto al cajón de cervezas.

miércoles, 26 de agosto de 2009

trece horas: doce y veintitrés (V)

Viene de acá.

Había habido una lagartija, que había tenido una cola, antes de la navaja. La habías mirado, incrédulo, agitarse de pánico entre los dedos. Incrédulo le habías tocado la cabeza. Atrás los otros se perseguían por el patio. Habías acariciado el lomo pequeño, escamoso, blando. Habías pensado en eso de que la cola les vuelve a crecer después de que uno la corta. Incrédulo esperabas ese momento; esperabas que la nueva cola mostrara su punta verdosa o blancuzca, y fuera siendo cada vez más cola. Atrás los otros gritaban. Si a uno le cortan las piernas después no le crecen más, habías pensado. Pero uno no es verde y blando, habías pensado. Al costado la navaja continuaba abierta, manchada de algo gelatinoso que no era sangre. Atrás los otros te gritaban. Habías mirado esos dos tercios de cuerpo, todavía lagartija, y las patitas corriendo una carrera frenética en el aire. Habías sentido entre los dedos algo que sería el miedo palpitando y convulsionándose. Atrás los otros te llamaban para jugar al fútbol. Habías tenido ganas de estar solo, solo con tu lagartija. Habías pensado que nunca podías estar solo, ni siquiera cuando nadie estaba a tu lado. Atrás insistían. Habías mirado la cabeza pequeña de la lagartija y te habías preguntado si también le volvería a crecer después de cortarla. Entonces miraste la navaja, aún abierta, a tu lado.

La calle está más clara ahora. Está blanca bajo la fría blancura del cielo. Es hora de comer, pero él aún no comerá.
Palpa su arma oculta en la cintura. Primero disparo y después averiguo. Un semáforo le da luz roja desde el alma del embudo. Bip, bip, ordena. El se vuelve hacia la calle y mira, solo mira.

martes, 25 de agosto de 2009

trece horas: diez y cuarenta y uno (IV)

Viene de acá.

Va y viene. Se apoya en el ángulo de la pared, las piernas y los brazos cruzados. Algunos clientes lo saludan; muchos no.
Al fondo las góndolas cargadas, desprolijas. Jabón en polvo, papel higiénico, puré de tomates, marcas, precios. Un universo oscuro y sucio. Una atmósfera fría con luz de neón.
Hacia la puerta se achica el universo; se hace angosto como el cuello de un embudo. Toallitas, desodorantes, queso rallado. En la caja, la china. Bip, bip. Se mueve en un cuarto de vuelta. Bip, bip. Controla el flujo de gente. Gente sangre. La china es un semáforo. La china es un corazón.
Ahora la mira; sólo la mira. Intenta grabar sus gestos en la memoria, quedarse con esos rasgos finos, como de muñequita; retener alguna de las fugaces miradas que de vez en cuando ella deja caer, silenciosa e inexpresiva, sobre su rincón. Ahora sólo la mira; luego recuperará sus movimientos delicados, sus ojos rasgados, su cuerpo etéreo, y se masturbará sin pasión, casi con método, bajo un sudor verdoso de azulejos gastados. Revivirá aquellos gestos, aquella piel, aquel enigma y, como si fueran las piezas de un juego armable, las recompondrá en historias más o menos similares entre sí:

       ...la ponja se lame el labio de arriba mientras con una mano se toca entre las piernas...
                                                                                                                                         ...la ponja me pide que la coja sin parar arriba de la caja registradora...
                                                                                      ...la ponja en cuatro patas entre las góndolas del fondo...
             ...se calienta chinita con el macho argentino que tiene entre las piernas un pedazo de lonja...
                                                                                                                                                       ...a la ponja le gusta la lonja...
                                    ...a la ponja le gusta mi lonja...
                                                                                   ...la ponja me pide más lonja.

domingo, 23 de agosto de 2009

trece horas: diez y cuatro (III)

Viene de acá

Llueve. Mira al cielo. La lluvia no se ve en el cielo; se dibujan sus impactos en el charco de la calle, en las baldosas mojadas de la vereda. Desde la reja verde que está a su lado se descuelgan gotas hacia el piso. Se forman despacio, se van llenando hasta que la parte de abajo es más gruesa que el extremo pegado a la reja, entonces caen. Como paracaidistas. No, como bombas. Sonríe.
Pasa el tiempo. No es igual, el tiempo, ahí adentro. Es empalagoso. Es blando y es empalagoso. Son dos, tres, cuatro tiempos de afuera. Late. Se deja venir despacio, desde tonos graves a tonos agudos. Es como una gota sobre un jarro con agua; cuando parece que el jarro va a rebalsar, otra gota se acerca al infinito. El tiempo son las gotas de la reja. Una sola gota es el tiempo.

Cae la gota, y pica, y moja. Cae la gota, en la vereda, y pica, y moja. Cae la gota, en la vereda, oscura vereda, y pica, y moja. Gota en el jarro, gota en la piedra, gota en la frente, gota en la gota que cae sobre la vereda, y pica, y moja. Cae afuera, la gota, adentro la miro. Es la misma, es otra, la gota que cae, que pica, que moja. Cae sobre mi cuerpo quieto, cae. Pica sobre mi cuerpo inútil, pica. Moja la gota, moja, los músculos tensos sobre el cajón de cervezas, los pica, los moja. La china me mira, pica, la china callada, moja, la gota, la china, pica, y moja. La piedra y mi cuerpo, pica, sentado, moja, y espero la gota, pica, espero la gota, moja, la gota espero, pica, la miro, moja, y pica, espero, y moja, espero, la gota, espero la gota, y espero la gota que pica y que moja.

sábado, 22 de agosto de 2009

trece horas: ocho y veinte (II)

Viene de acá.

La reja verde ya está abierta. Los vidrios del frente cubiertos por carteles con ofertas. Adelante, entre el vidrio y la reja, bolsas de carbón y cajones vacíos. A su lado está él. Camisa blanca y pantalón azul, el uniforme desentona con las zapatillas claras, demasiado grandes.
Se acomoda un poco. Ni siquiera me ponen un banquito como la gente, piensa. Los costados del cajón de cervezas sobre el que se sienta están arqueados. Chinos de mierda, piensa y se lleva la mano a la cintura; es un gesto automático. Bajo el cinturón siente el relieve del arma. Cuidate Negro, recuerda que le dijo el padre cuando se la regaló. Primero disparás y después averiguás, le dijo.
Pasan los autos, a veces los cuenta. Circulan y se detienen periódicamente; se acumulan frente al semáforo de la esquina y luego arrancan  de nuevo. Como el flujo de un latido más grande, pensó alguna vez; como sangre en otra escala.

nada

¿Nadaremos, amor?
En esta nada,
¿nadaremos?

viernes, 21 de agosto de 2009

trece horas: siete y cincuenta y tres (I)

Apoyado contra la reja verde, espera. Las manos, hechas puño, en los bolsillos. Las solapas levantadas cubren la mitad de la cara. El vaho que espira por la boca hace parecer más crudo el frío de la mañana gris. Llueve. Las puntas de las zapatillas están mojadas y siente los pies fríos; mueve los dedos: húmedos y fríos. La vereda y la calzada están completamente mojadas. Es una lluvia tenue pero constante. Ha llovido buena parte de la noche y promete hacerlo todo el día. Trece horas, piensa, y escupe finito un metro delante de su pie. Mueve los dedos. Están fríos y húmedos. Trece horas, dice en voz baja. Hoy llegó temprano. Espera.

jueves, 20 de agosto de 2009

jorge money



Quizás

Quizás
cuando las aguas
regresen,
no se encuentren
sino arbustos
calcinados
y el árido polvo
del miedo
y la derrota...

flotando en el viento.


El hombre nuevo


He salido a buscar al hombre nuevo.
Buscándolo, quizás,
encuentre mi muerte.
No importa.
Lo que importa realmente
es la vida.
Aunque parezca absurdo,
yo moriré por ella.



Jorge Money era periodista. Jorge Money era poeta. Jorge Money fue asesinado por la Triple A el 15 de mayo de 1975.
El libro En la exacta mitad de tu ombligo, de la colección Los detectives salvajes (Libros de la Talita Dorada) reúne trabajos suyos inéditos. Se presenta mañana, a las 19, en el Centro de la Cooperación Floreal Gorini (Corrientes 1543, Capital Federal).

miércoles, 5 de agosto de 2009

desfasajes


Estamos desfasados.
Demasiado pronto, o diez segundos tarde.
Ella llega jadeando, pringosa y morada como un feto sietemesino, o pretenciosa y ridícula como una diva olvidada.
Estamos desfasados.
Yo la condeno de antemano al artificio, o la miro irse tras haberle pisado los talones.
Estamos desfasados.
La respuesta brillante y yo, estamos desfasados.