martes, 25 de agosto de 2009

trece horas: diez y cuarenta y uno (IV)

Viene de acá.

Va y viene. Se apoya en el ángulo de la pared, las piernas y los brazos cruzados. Algunos clientes lo saludan; muchos no.
Al fondo las góndolas cargadas, desprolijas. Jabón en polvo, papel higiénico, puré de tomates, marcas, precios. Un universo oscuro y sucio. Una atmósfera fría con luz de neón.
Hacia la puerta se achica el universo; se hace angosto como el cuello de un embudo. Toallitas, desodorantes, queso rallado. En la caja, la china. Bip, bip. Se mueve en un cuarto de vuelta. Bip, bip. Controla el flujo de gente. Gente sangre. La china es un semáforo. La china es un corazón.
Ahora la mira; sólo la mira. Intenta grabar sus gestos en la memoria, quedarse con esos rasgos finos, como de muñequita; retener alguna de las fugaces miradas que de vez en cuando ella deja caer, silenciosa e inexpresiva, sobre su rincón. Ahora sólo la mira; luego recuperará sus movimientos delicados, sus ojos rasgados, su cuerpo etéreo, y se masturbará sin pasión, casi con método, bajo un sudor verdoso de azulejos gastados. Revivirá aquellos gestos, aquella piel, aquel enigma y, como si fueran las piezas de un juego armable, las recompondrá en historias más o menos similares entre sí:

       ...la ponja se lame el labio de arriba mientras con una mano se toca entre las piernas...
                                                                                                                                         ...la ponja me pide que la coja sin parar arriba de la caja registradora...
                                                                                      ...la ponja en cuatro patas entre las góndolas del fondo...
             ...se calienta chinita con el macho argentino que tiene entre las piernas un pedazo de lonja...
                                                                                                                                                       ...a la ponja le gusta la lonja...
                                    ...a la ponja le gusta mi lonja...
                                                                                   ...la ponja me pide más lonja.

3 comentarios:

Carito dijo...

cómo será el sexo de esos muñecos rellenos de maiz o de semillitas, cuerpo de tela, cabeza de cerámica? siempre de a dos, políticamente correctos, ella y él, ella de rojo, él de azul tirando a negro, los cachetes rosados como si fueran siempre afables o siempre se desearan. Una vez se me rompió un cuarto de cara, de él... quedaba una medialuna vacía y la forma poco sugerente de las piernas. noté que se alejaban en el cajón de lo juguetes, era incómodo jugar con él porque su cara era una zona de peligro, un principio de derrumbamiento.
abrazos señor plomo negro...habrá algún nombre?
saludos.

Trescaídas dijo...

Es natural que ella se alejara: él era un cararrota.
¿Se refiere al nombre de los personajes?

Carito dijo...

ella estaba enamorada de un perro astronauta verde... que era un personaje famoso... y él era un pobre diablo que se la pasaba hablando de su pueblo natal (su pueblo había sido construido sobre una frazada por una diosa inconstante, las casas fluctuaban, desaparecían los ríos). y no, no decía el nombre de los personajes, pero también, los nombres de chinas deben ser bastante musicales, aunque en el texto es fectivo que no diga nombres... me parece.