domingo, 3 de febrero de 2008

honestidad



Leo a Santiago Rocangliolo: "Soy un mercenario de las palabras. Escribir es lo único que sé hacer, y quiero sacar provecho de ello".

Es parte de la introducción a "La cuarta espada", un trabajo periodístico del escritor peruano, acerca del líder de Sendero Luminoso, Abimael Guzmán. En la misma introducción, Rocangliolo se refiere a su interés por vender la nota, por "hacerse un lugar" en el mundillo del periodismo, antes que cualquier otro interés (la historia de Abimael Guzmán, o de Sendero Luminoso, o la posibilidad de explorar un tema en el que poco se ha profundizado en algunos espacios... por ejemplo).

Tengo que confesar que suelen gustarme los intentos de quebrar la imagen del escritor "puro", y ponen en escena al escritor "de oficio", al que busca ganarse el pan con su trabajo, y no sólo entrar en el parnaso de los intelectuales o las voces inolvidables.

Tampoco quiero yo ponerme en el púlpito de la moral y las buenas costumbres, a levantar el dedo índice y escribir sobre lo que debería ser y no es... Pero las palabras de Rocangliolo me quedaron picando en la cabeza, y me hicieron preguntarme algunas cosas: ¿es un acto de honestidad revelar las propias trampas? ¿Es más honesto quién avisa que el trabajo que se está a punto de leer sólo pretende ser vendido? O, en todo caso, ¿dónde reside la honestidad de un escritor?.

3 comentarios:

depending de dibuj dijo...

Quién sabe si la sinceridad debiera ser un aspecto a tener entre los ojos a la hora de manotear una hoja y ponerse a escribir. O, sin más, a la hora de ponerse a leer.
Más palabras, menos certezas: hay otra manera de escribir? Primero hagamos la revolución, después pensemos en ella. Y después, al final, el que tengas fuerzas que haga de la posibilidad de la sinceridad una pregunta.
Me gustan mucho sus preocupaciones, amigo. Aquí he atinado un camino.
Lo invito a dibujadero, allí están ocurriendo algunas nuevas cosas.

Luis Alejandro Ordóñez dijo...

Creo que la sinceridad está en que lo escrito tenga exactamente el número de palabras que se pueden contar en el papel o en la pantalla. Los escritores que hablan demasiado sobre lo ya escrito, que develan los detalles que el lector no pudo ver, son los más vulnerables a terminar de farsantes. Un gran saludo

Trescaídas dijo...

Eso, Dibuj, hagamos la revolución de las palabras... pero ¿cómo? ¿vendiendo sólo mercancía? ¿valorando las palabras a peso? La revolución, ¿precede o sucede al pensamiento?
A mí también me gustan sus preocupaciones, y los caminos que atina. He pasado por Dibujadero, y ví las nuevas cosas. Métale, nomás. Un abrazo.
Amigo Pulga, estoy de acuerdo en este caso; aunque confieso que soy un poco "cholulo" y me gusta leer los "detrás de escena" de algunos escritores... pero sí, sí, nunca hay que creerles demasiado. Un abrazo.