sábado, 26 de julio de 2008

negro sur

El Ruso paró el auto, sin apagar el motor. Miró sobre el hombro al Mudo y le hizo un gesto vago con la cabeza. Después subió el volumen de la radio y se bajó, dejando las luces prendidas.
Bajé y me entretuve un minuto mirando el cielo estrellado. El Ruso y el Mudo sacaban al gringo del baúl, con las respiraciones agitadas. Eran buenos en su trabajo. El primero, pequeño y eléctrico, fumaba sin parar y conocía más insultos de los que yo podía imaginar. El otro tenía el cuello de un toro. Nunca lo escuché hablar. Ese era peligroso.
Sacaron al gringo y lo tiraron al pasto húmedo. Los quejidos del yanqui se escuchaban amortiguados por la tela que le cubría la cabeza. Tenía las manos atadas atrás de la espalda y ya no se resistía como cuando lo agarramos, en el bar del puerto. Ahí se había puesto arisco, y se le dio por patear y tirar trompadas. Se armó más bulla de la que teníamos prevista, pero el Mudo, aunque no hable, sabe ser convincente, y el gringo terminó mansito en el baúl.
Lo arrastraron hasta la parte de adelante del auto. Las luces caían sobre los tres cuerpos, destacándolos sobre el fondo de campo negro como si fuera una puesta en escena. El Ruso y el Mudo quedaron parados, esperando. El Ruso prendió un cigarrillo, a dos pasos del cuerpo caído. Me acerqué.
- Sáquenle la capucha.
El Mudo se agachó y de un tirón le descubrió la cabeza. Estaba colorado, con la cara empapada de sudor y sangre. El vapor se desprendía de su cuerpo caliente. Las luces del auto le daban de lleno en los ojos, y él se esforzó para vernos. Bramaba cosas en inglés aunque le costara respirar. Intuía mi presencia detrás de las luces que lo cegaban y movía la cabeza queriendo confirmar su sospecha.
Desde algún lugar, no muy alejado, llegaban los espaciados mugidos de algún grupo de vacas. El sonido de los grillos. El motor del auto y el tango que sonaba en la radio me parecieron ruidos intrusos en la noche del campo.
Me tomé tiempo para volver a verlo, resguardado en la oscuridad de mi posición. Su rostro era casi el mismo, si no fuera porque el sudor y la sangre, esta vez, lo bañaban a él y no a mí.
Cinco años siguiéndome el rastro, viajando, esperando con paciencia el momento que pensaba inevitable. Cinco años. Me pregunté qué tipo de furia animaba su persecución.
Dejó de buscar mis ojos en la oscuridad después de unos minutos, y comenzó a murmurar algo incomprensible mirando hacia el barro debajo de sus rodillas. No me pareció que tuviese miedo, estaba más bien contrariado.
El Ruso se movía, impaciente. Fumaba. El sí tenía miedo. Volví a mirar al gringo y comprendí. No era furia lo que lo impulsaba tras mis pasos: era alguna clase enfermiza de orgullo. El tipo no dejaría de seguirme hasta terminar el trabajo que no había podido terminar aquella vez, lejos de ese campo frío y oscuro.
Durante un momento sentí admiración por él. Eso fue todo. Luego, el disparo del Mudo cortó, como un latigazo, la noche.

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