jueves, 13 de septiembre de 2007

Las conquistas de Valentino V: Pequod

Viene de acá.


- ¿Cuál es tu nombre, hija mía?
- Aura
Aura. Mi dulce Aura. Mi enigmática, resplandeciente Aura. Luz cegadora que irrumpió, extrañamente etérea, en las sombras de mi cavernosa soledad. Hermosa gorda mía. Quise acariciarla en el instante, sin mayor espera. Creí entender que sus ojos me animaban a hacerlo, y latieron mis dedos en arrebatado impulso. Pero me contuve: mis deslices habían buscado hasta entonces contextos alejados de la parroquia.
La penumbra y el aroma del barniz, dentro ya del confesionario, llevaron paz a mi espíritu. Todavía era posible.
- Ave María purísima...
Breve calidez de tu aliento, Aura hermosa.
- Sin pecado concebida.
- Confieso que he pecado, Padre.
Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra... gorda pía, el pecado en tu boca es el cáliz de mis venas henchidas. – Te escucho, hija.
- No sé cómo...
No te calles ahora, manzana del demonio, ahora que veo tras el dibujo de esta madera inoportuna tu blanca piel temblando, agitándose, exudando el perfume dulce de la presa acechada.
– Como puedas, hija, no temas.
- He deseado...
Habla, perra, habla de una buena vez, rasga tus vestiduras de rodillas a los pies de mi poderosa y palpitante cruz, clava mis manos al madero y lanza dentelladas a mi anhelante costado, animal de boca sangrante y almibarado vientre.
– En cierto modo, hija mía, todos....
- No como todos, Padre, he deseado... en exceso...
No, no, no, no. Sé lo que viene. Conozco la tensión de la frente, los rojos labios contraídos. No es el momento, no respires tan profundo. No todavía, no aquí dentro. No llores, aún, mi arpón no llega tan lejos.
– Hija...
- Discúlpeme, Padre.
La entera estructura de madera se conmovió cuando Aura, la blanca Aura, se puso de pie y, sin darme tiempo a reaccionar, salió atropelladamente del confesionario. Sus pasos cortos pero veloces atravesaron la capilla antes de que terminara yo de incorporarme, e intentara detenerla. “Hija mía”, la llamé. “Aura”, casi en un grito. Sólo su estela quedaba.
Tuve que sostenerme en uno de los bancos y, tambaleante, casi ebrio, me derrumbé sobre mis rodillas, cerrando los ojos y buscando entender. Por qué. Qué sentido tenía la angélica presencia de Aura en mi parroquia, si iba a desaparecer tan misteriosamente como había llegado. Era evidente que allí había una misión. Si ella no venía a mi Pequod, tendría yo que salir a cazarla.

1 comentario:

María dijo...

tremendo, inquietante..sigo