lunes, 10 de septiembre de 2007

Las conquistas de Valentino IV: Segunda tentación.

Viene de acá.


En los domingos sucesivos, no volví a ver a aquella mujer por la parroquia. Los sábados por la noche dormía intranquilo, y buscaba la calma tratando de prever mis movimientos del día siguiente: si la gorda me mira, finjo serenidad; si me habla, le pregunto su nombre y le doy, naturalmente, la bienvenida a nuestra pequeña familia; si me toca, la arrastro hacia un rincón oscuro y la poseo con vehemencia, sin mayor solemnidad. Llegado a este punto volvía a sentirme inquieto, pero pensaba luego en lo improbable de un contacto en la primera aproximación; ya habría tiempo para eso. Aún así, la gorda no apareció durante varias semanas.
Llegué yo a retomar el control sobre lo que sucedía en la misa, y al poco tiempo las miradas de Nélida volvieron a tener el candor y la reverencia que habían perdido después del, para ella, extraño episodio. Nunca se animó a mencionarlo, sin embargo, y se limitaba a mostrarse esquiva y esconder los ojos durante nuestras cortas reuniones para decidir qué pasajes de la Biblia leería.
Habrán pasado cuatro o cinco semanas hasta que la obesa mujer volvió a derrumbar mi trabajosa tranquilidad.
Había terminado ya el oficio, y quedé durante un rato conversando con el pobre Arturo, que acostumbraba a agradecerme “mis luminosas oraciones” al final de cada misa. Recibí, como siempre, sus cumplidos con una prudente distancia; no tanto por temor a lo engañoso de sus empalagosas palabras, como por la repugnancia que su aliento, de productos lácteos mal procesados, me provocaba. Era un buen hombre, con un deficiente sistema digestivo.
Se había ido, por fin, y me ocupaba yo de recoger mi cuaderno y otras cosas para llevarlas al cuartito del fondo, cuando una voz cristalina, mágica, me hizo girar rápidamente. Ahí estaba ella, más blanca aún que la primera vez, apenas a dos metros de mí, ahora, y tomando entre sus rechonchas manos un minúsculo bolso de cuero, tan ridículo, en contraste con ella, que resultaba candoroso. “Padre”, me había dicho, y había quedado esa palabra flotando en las ondas de mi cerebro aturdido, imposibilitado yo de mirar otra cosa que no fuera su boca de labios carnosos, rojos como el fuego que sentía en las entrañas. “Padre”, repitió, mirándome ahora de frente. “Quiero confesarme”.

3 comentarios:

Graciela dijo...

Valentino y sus historias se convierten poco a poco en un vicio incontralable. Quiero más!!

Trescaídas dijo...

Habrá más, Graciela, habrá más...

María dijo...

uffff!!!...voy al que sigue...