lunes, 20 de agosto de 2007

seis rounds

El muchacho está sentado sobre una camilla, en un cuarto húmedo y frío. Los azulejos blancos llegan hasta la mitad de la pared, lamidos por la condensación del ambiente cerrado. En el cuarto no hay ventanas. Una enorme mancha de humedad decora el ángulo superior de la pared, descascarando el yeso.
El muchacho está sólo. Apoya las manos aún vendadas junto a los flecos brillantes de las bermudas. Los pies no le llegan al piso; cuelgan de la camilla con la sola oscilación que les infunden los reflejos del cuerpo cansado. Los cordones desatados de las botas rojas se llueven hacia las baldosas de la habitación.
El torso fibroso todavía suda y se agita sobre la respiración acelerada. El mira sin ver sus pies. Las gotas de transpiración bajan por el rostro anguloso. Recorren, desde el nacimiento del cabello, la frente, la nariz, y mueren en el labio superior, cubierto de un bigote apenas crecido, casi adolescente. La ceja derecha está cortada en el extremo; ya no sangra. Es un corte profundo y largo. La hemorragia ha evitado que el ojo se inflame. Varias tiras de esparadrapo mantienen la herida cerrada.
Una toalla sucia cubre los hombros morenos. Los músculos se recortan, nítidos, en los brazos. Son brazos delgados, presumiblemente rápidos. Los dorsales se abren del tronco doblado hacia delante. En el vientre, la piel se amontona en pliegues sobre los abdominales hundidos. La cabeza cae, clavándose el mentón en el pecho.
Respira hondo. Cierra, fuerte, los párpados y se inclina un poco más. Un foco sin pantalla deja caer su cono débil de luz sobre el cuerpo del muchacho.
En la camilla, junto al muchacho, una bata roja y negra. El nombre escrito en la espalda se retuerce sobre las arrugas de la tela. En el piso, un bolso deportivo abierto, con ropa en el interior. Asoma un guante de cuero negro, húmedo.
Desde afuera entra un murmullo constante, incomprensible. Risas, voces extrañas. Llegan al muchacho como a través de una cortina de acero, como un zumbido.
La puerta se abre y deja entrar, más claro, el murmullo. Se distinguen ahora palabras, frases cortadas. El muchacho levanta apenas la cara y mira hacia allá. La cabeza de un hombre calvo se asoma por el quicio de la puerta.
- ¿Aún así, chico? Apúrate, no' vamo'.
El muchacho mira al hombre calvo, sin decir nada.
- Vamo', vamo', no vamo' a estar aquí toa la noche.
El hombre mira un instante más al muchacho, luego desaparece tras la puerta, que comienza a cerrarse.
- ¡Tito!, llama el muchacho
El hombre vuelve a asomar la cabeza, con las cejas levantadas.
- Esta fue la última, brother.

2 comentarios:

Hipólito dijo...

huelo el gimnasio, el sudor, la humedad, la mugre. la frustración del que pierde. el placer dela decisión tomada y no volver a ser usado.

Trescaídas dijo...

Qué bueno que el texto le llegue al olfato, Don Hipólito... Los olores que describe... son como un recto en el tabique (la de "cross a la mandíbula" ya está muy usada, vio).